Archive for julio, 2007

Motor . . .

A estas alturas ya conocerán algunos cuál es mi verdadero motor…
Aquello que me alienta y me impulsa a avanzar
y me ayuda a seguir cada día…
Es un gran conjunto de factores, condiciones, casualidades o personas…
Pero quiero recalcar ante todo el siguiente "factor":
 
Me ayuda, ante todo, el hecho de que, tras hablar intensamente con alguien,
o hablar muy poco o simplemente comunicarme, le haga pensar.
Mi objetivo último no es tanto cambiar esta sociedad, que de por sí ya cambia en una especie de
evolución inventada exclusivamente para el ser humano. El hecho de que la sociedad, en mi opinión,
evolucione casi siempre a una forma relativamente mejor y definitivamente más inestable,
es otra cuestión.
Mi objetivo último es, en gran parte, crear en las personas algún tipo de pensamiento,
del tipo que sea, pues con toda seguridad contribuirá a destruir la tendencia social que
cada vez más nos obliga a no pensar…
No persigo una revolución, proceso destructivo y radical que necesita de unas condiciones que
distan mucho de ser reunidas en la actualidad, al menos en España; persigo, en parte, la concienciación.
La concienciación, ¿de qué?
La concienciación global de que el ser humano tiene la OBLIGACIÓN de pensar y opinar
al igual que tiene el DERECHO de recibir una educación o la NECESIDAD de ser aceptado.
Porque, tal como diría Gaunímedes:
Usted ya sabrá que cuando una creencia es compartida por toda una sociedad, tanto por los que se benefician de ella como por los que son desvalijados de su individualidad por ella, pasa de ser una simple creencia para convertirse en una asquerosa y repugnante verdad. Una realidad.
ArVg
viva la criptografía mateur…
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Fragmentos…

A todos aquellos que se esfuerzan en leer
 cuanto surge de mi colapsada mente,
  Gr4c146…
 
 
 
  -Te felicitamos, Caronte -dijo el Ser tras aspirar profundamente, como si fuera la primera vez que lo hiciera desde hacía siglos-. Verdaderamente nos alegra comprobar lo lejos que has llegado, con tan poca ayuda. Pero no comprendemos la razón por la que nos invocas…
  -Necesito comprender algo -contestó el aludido, manteniéndose firme-, acerca de Ella y de el final de la Guerra.
  – ¿Necesitas comprender, tal vez, tu papel dentro de la Guerra? ¿Aún crees que debes ser neutral? La neutralidad no existe como tal, tan sólo nosotros, tal y como es nuestro estado de existencia, nos podemos permitir el lujo de ser neutrales. Pero no estamos obligados a ello. Sin embargo, tú vienes a pedirnos consejo. Consejo que, por supuesto, te será denegado -Caronte trató de interrumpir, pero un ligero movimiento de cabeza del Ser se lo impidió. Él miró a Caronte y Kana a través de la extraña máscara y continuó hablando-. Sin duda alguna, ahora Teniam me pedirá consejo, pero también será denegado. Podemos realmente ayudarte, y mucho, pero a cambio de una ayuda proporcional a Teniam. Tú decides. Además, según sabemos, Teniam ya ha recibido una gran ayuda de manos de un inesperado aliado -dijo mientras giraba la cara hacia Kana, aún tumbada sobre los escalones-. ¿Verdad, Kana?
  – ¿Kana? Cuéntamelo -le pidió Caronte a ella-.
  -No te molestes, Caronte, a ella le costará ordenar su frágil memoria, y más aún en el estado en que se encuentra. Es, de hecho, muy probable que nunca sepa nada, al igual que tú, Caronte. Pero así será mejor, tal vez.
  -Creo que nos arriesgaremos a que ayudes a Teniam. Necesitamos algún consejo urgentemente, a cualquier precio.
  -Entonces, vasta con que os diga que lo mismo que abrió las puertas a la muerte sacará al Sol de su gruta.
  – ¿Cómo? ¿Éso es todo? -preguntó Caronte.
  -Aquí no cuenta la suerte, sino el mérito propio de los que tratan de hacer lo que pueden, aquello para lo que han nacido, que cumplen su destino y miran al frente, sin esperar otra cosa del universo que aquello que ha sido preparado por y para ellos -dijo el Ser-. Ahora, Caronte…
  Caronte, sin dudarlo más, se acerco a Él, agarró con fuerza la máscara, aún de un azul eléctrico y poderoso, surcada de finas líneas grises, y tiró de ella con toda la fuerza de su voluntad, provocando que el cuerpo en que se había manifestado Armonía misma, el espíritu de Ur, convulsionara violentamente. Tras pocos segundos de tensión y ruido proveniente, en apariencia, del templo en sí mismo, todo acabó. Ambas máscaras se separaron, la plateada de Teniam se quedó donde estaba, oultando su siniestra faz, y la dorada de Caronte, en su mano. Al fin, se la puso y se alejó lentamente, de espaldas, hacia su protegida.
  Teniam los miró a ambos, adoptando una postura que difícilmente ocultaba una ira apocalíptica y definitiva.
  -¡Vaya! No alcanzo a descubrir, aún, lo que me has hecho, Caronte, pero sí sé lo que Kana me ha hecho a mí. Me ha humillado, me ha insultado, y esto no quedará así. ¡Si no quieres perder el patético título que ostentas, Caronte, pues es todo cuanto posees, apártate ahora mismo y deja que acabe con el sufrimiento de ésa patética mujer destinada a incordiar a sus superiores! -gritó señalando con la espada a Kana a la vez que se acercaba a ellos lentamente-. Ni siquiera consigo comprender cómo sigue siendo inmortal, tan sólo por surgir del seno de aquella insufrible emperatriz.
  -¿No conoces acaso la precariedad de su inmortalidad? -preguntó Caronte mirando fijamente a Teniam.

   Kana trató de levantarse, pero el dolor la obligó a seguir en el suelo.
   -No tiene esa fuerza por ser inmortal, sino por estar viva y por ser mujer.
   Hubo en el Templo un profundo y frío silencio. Teniam miró con fijeza a Kana, luego al Libro, todavía abierto y reposando sobre el brillante líquido dorado. Por último miró a Caronte.
   -Ha estado hoy aquí y sin duda ha sido su presencia la que ha permitido que sigas viviendo -dijo Teniam a Kana, aunque aún seguía mirando a Caronte. Kana no podía verles los ojos, pero sabía que tras las máscaras ambos ardían de odio-. Mas el Revolucionario no estará ahí siempre -dijo volviéndose a Kana de nuevo y enfundando lentamente su espada-. Recuérdalo.
   Teniam miró por última vez a Caronte, hizo una leve reverencia y salió del Templo. La luz del exterior impidió a Kana seguirle con la mirada. Caronte se dirigió hacia donde estaba Kana a la vez que enfundaba su espada. A Kana le costaba respirar. Retiró la mano del pecho y se la miró. Estaba blanca como la nieve y empapada casi enteramente por sangre espesa y oscura. La vista se le empezó a nublar y dejó de sentir por su abdomen el cálido tacto de la sangre derramada. Por último, vio la dorada máscara de Caronte, quien se arrodillaba junto a ella. Cerró los ojos y se dejó llevar por la suave y reconfortante brisa del tiempo.