Archive for abril, 2008

Las Calles de Citera

¿Querías un capítulo entero, buen señor (Dante)? Pues he aquí algunos fragmentos inconexos del mismo capítulo y, llegado el momento, el link al documento de word con el capítulo terminado, reservado, esta vez sí, a algunas personas. Saludos.
 
  Un manto de opresiva oscuridad ensombreció la plaza, que ahora le daba a  Kana una idea bastante cercana de cómo debió durante la batalla que la asoló hacía ya veinte años. Bajó las escaleras rápidamente, evitando por todos los medios mirar atrás, al vestíbulo del palacio, donde varios catanges luchaban futilmente por su vida. No sabía qué hacer, ni a dónde ir, pero no le importaba; había salido de aquel lugar y cada segundo que pasaba sus pasos la alejaban de allí, y libraba a su consciencia del estado en que había entrado hacía varios segundos, o minutos. Tardó en caer en la cuenta de que la negrura que dominaba la plaza no era una sádica invención de su subconsciente, al igual que no lo era la sangre que manchaba su ropa, sus manos y, como adviritió más tarde, su rostro.
  Se acercaba una tormenta.
  Nada más salir de la plaza, que le pareció sustancialmente más grande que antes, apretó el paso en dirección al Templo de Eiter. No le importaba en ese momento el que pudiera haber sido derruido durante el bobardeo, o que su techo se hubiera desplomado, pues no buscaba guardarse de la lluvia. Cuando la Avenida de la Democracia comenzó a torcerse hacia el norte y los edificios iban agigantándose conforme se acercaban al centro, las primeras gotas repiqueteaban contra el metal deformado o calcinado de los vehículos abandonados.
  Divisó, a varios centenares de metros, un edificio enorme y majestuoso que, rodeado de rascacielos, parecía un simple arbusto en el seno de una jungla de hormigón, acero y cristal laminado. La sola visión del Templo de Eiter, resistiendo heroicamente en el centro de un recinto cuadrado y valldo, le arrebató todo rastro de pánico o miedo, y se acercó a él con la cautelosa admiración con que se acerca un enfermo a la panacea que lo librará de todos los males. Una vez ante la construcción, Kana vio que al otro lado de la avenida, frente al templo, se extendía un parque de proporciones titánicas. Un parque devastado y tétrico. Pero después advirtió que lo creía que eran árboles no eran sino los restos del armazón de hierro de edificios, muchos edificios. En el centro de aquel apocalíptico escenario de desolación, el esqueleto de un buque de condensación de la Confederación acogía en su interior extrañas siluetas oscuras que el mantode lluvia ocultaba a Kana. Más arriba, más allá de las azoteas de los edificios más cercanos al lugar de colisión, un Sol débil y pálido le hizo llegar a través de las omnipresentes nubes un sólo segundo de luz. Kana desvió la mirada del lugar en que, veinte años atrás, más de cinco manzanas quedaron arrasadas por culpa de un buque de condensación que, junto con todos sus tripulantes, quedó reducido a cenizas.
  Kana entró en el templo.
 
 
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Fragmento (Kana en la capital de la EC)

  Kana veía ahora ante sí una gran avenida sembrada de automóviles atravesados caóticamente a lo largo de los seis carriles paralelos. A ambos lados, los grandes álamos transgénicos aguantaban aún, estoicamente, bajo un cielo oscuro surcado por decenas de puentes y vías peatonales que iban de manzana en manzana siguiendo un recorrido completamente distinto al destinado a los automóviles. En esa zona los edificios iban siendo progresivamente más bajos pero solemnes, recubiertos no de cristal sino de planchas metálicas o mármol; en ambos casos las fachadas se conservaban mucho mejor que las de los edificios que había dejado atrás. Kana siguió avanzando por la larguísima avenida, esquivando los cúmulos de vehículos abandonados, durante largo rato. Al fin, llegó a un punto en que el lado derecho de la avenida se abría a una plaza enorme y luminosa, en la que cuatro hileras de árboles enfermizos y lánguidos se alargaban hasta llegar al otro extremo del recinto rectangular, un magnífico palacio cuyas losas de mármol negro, blanco y rojo, destacaban contra el plomizo cielo. Aun desde aquella distancia, Kana pudo divisar la balconada grande y sobria que dominaba la fachada frontal del bajo edificio.
  Avanzó por la Plaza de las Mil Victorias hasta alcanzar la gran fuente situada en su centro, desde la que se alzaba el grandioso Monumento a los Soldados erigido después de la destrucción de Namur en honor a los soldados que allí perecieron debido en gran parte a la fría indiferencia de Herón. Kana permaneció de pie unos instantes, admirando la expresividad de las leales representaciones de los valerosos soldados confederados que luchaban por una causa etérea e incierta. Después se tumbó sin más en el suelo, junto a la fuente, tras apartar la hojarasca que el viento había formado.
  Pese a su fatiga, no logró conciliar el sueño. Cuando creyó que sus músculos habían descansado al menos lo suficiente como para no dolerle más, volvió a levantarse, colgarse el macuto a la espalda y echar a andar hacia el Palacio Real. Por el camino advirtió que las referencias a miles de cadáveres esparcidos por las ruinas de la ciudad eran exageradas, pero no tanto como quisiera. Ya estando cerca de las puertas de roble que daban paso al vestíbulo del palacio, no pudo evitar fijarse en las indefinidas manchas oscuras que conferían al suelo un aspecto en cierto sentido tétrico, acentuado por los harapos y ropajes semienterrados en el sustrato en desarrollo. Las armas y uniformes que entre todos los despojos pudo distinguir le confirmaron que alli tuvo lugar una matanza, pero ningún otro pensamiento le indujo aquel escenario, puesto que al momento vio algo que le llamó aún más la atención. A ambos lados de la puerta, altos pedestales de piedra oscura flanqueban la entrada al palacio, pero sobre ellos no había ninguna estatua. Ninguna quimera o bestia mtológica guardaba aquel lugar. Kana subió las escaleras, miró en derredor, asombrada por la grandiosidad del lugar pese a su patente deterioro, y atravesó las puertas que, tal como se figuraba aun antes de llegar a la Avenida de la Democracia, la esperaban abiertas y receptivas.
 
 
 
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