En el Templo

  Kana se levantó a pesar de que el dolor la inundaba y le nublaba la consciencia. Frente a ella dos ojos inyectados en sangre la amenazaban de muerte desde un rostro pálido pero perfecto. El cabello de Teniam, largo y blanco, enmarcaba una expresión de ira, ira divina incontrolable. Kana, agitada y dolorida, le sostuvo la mirada. A muchos metros sobre ellos, los ejércitos luchaban por la aniquilación en una batalla descomunal y sangrienta, mientras Kana y Teniam se limitaban a postergar la última lucha en que la voluntad de alguno de los dos debía desaparecer por siempre de la faz de la tierra.
  Al fin la mirada de Kana voló hasta el punto en que un desgastado paño de terciopelo ocultaba a medias un objeto metálico. De nuevo, Teniam demostró ser mucho más rápido de lo que Kana quisiera, y de un salto se interpuso entre ella y el Libro, alzando su ahora regenerado cuerpo sobre el sucio suelo de piedra. El manto en que se escondía de la luz ondeó orgulloso como la bandera de un buque de guerra cuando se alabanzó sobre Kana. Esta, desarmada como él pero mucho más debilitada, consiguió, para su sorpresa, evitar que Teniam la tirara al suelo, aunque a cambio uno de los huesos de su brazo derecho crujió y cedió ante la embestida del Señor de los Muertos. Enzarzados como estaban, Teniam no sonrió al ver el sufrimiento de Kana en sus ojos, sino que su ira creció todavía más, y consiguió zafarse de sus brazos con un único movimiento. Durante el precioso instante que Teniam le dejó a Kana, ésta pudo concentrarse en su brazo herido y restaurarlo, sacando esta vez la energía de un sentimiento nuevo, una paz pura e inmensa que le aclaró momentáneamente la voluntad, mostrándole con claridad el camino que ante sí tenía.
  Teniam avanzó de nuevo, pero fue la palma abierta de Kana lo que encontró. Cuando el pecho de Teniam rozó apenas la mano de Kana, el corazón del Danya se paró al instante, liberándolo al fin de su ira ígnea y eterna, dejando en su lugar una ausencia total de sentimiento o razón. Se hizo el silencio y por un momento se pudo escuchar el interminable fuego cruzado que rasgaba el aire y el tejido mismo del tiempo allá en lo alto, sobre la cúpula del Templo; pero Kana solo oía el grave estremecimiento del corazón de Teniam luchando por seguir latiendo, por seguir dando impulso a la sangre, por seguir haciendo la labor que tuvo que abandonar hacía ya miles de años.
  Teniam, que al fin reconoció su error, observó el rostro de Kana detenidamente. Ambos eran conscientes de que bien podrían quedarse en esa posición durante el resto de la eternidad, hasta que el Templo cayera o el universo se desgarrara, y eso era algo que les unía. Ese conocimiento, y sus ojos. Sus miradas se cruzaron y pudieron al fin leer los ojos del enemigo, los ojos que cada cual veía en sus peores pesadillas, y en sus mejores sueños. Los ojos rasgados de Kana se encontraron con los ojos grises de Teniam, y Kana bajó el brazo, y el corazón de Teniam volvió a latir de nuevo. Ahora sabían lo que el otro era capaz de hacer por consumar su destino, y finalmente cayeron en la cuenta, de alguna forma, de que no importaba la guerra que habían desatado, ni las muertes que habían sembrado. De igual manera en que Herón, Jumiko y Dominic se dieron cuenta de que la Guerra Roja no tenía sentido, que uno de los tres, o los tres, debía morir para que la paz regresara al mundo, Kana y Teniam fueron conscientes de que la Humanidad tenía representa en ambos su guerra interna, la lucha más salvaje y descarnada que haya sacudido el universo, la lucha absoluta entre lo que Es y Será, y lo que Ha Sido, entre futuro y memoria, entre Vida y Muerte.
  Allá arriba, en la superficie, algún general de uno u otro bando, decidió que aquella no era una batalla que llevase a algún otro camino que el exterminio de todos los combatientes, y acabó alzándose sobre un cúmulo de deshechos, entre los que tal vez se encontraran numerosos cadáveres dotados de consciencia y voluntad, atrapados por el peso de toneladas de hierro humeante y ceniza. Aquel general, ya estuviera vivo o muerto, seguramente elevó su estentórea voz de líder y con sus palabras llamó la atención de todos los que lo rodearan. Finalmente, por vez primera en muchas horas, el silencio iba cerniéndose sobre los ejércitos, a la vez que las flotas se congelaban en el aire y dejaban de sembrar la llanura de brillantes semillas de muerte. Más tarde, eran las voces de los generales las que anegaban el aire, reparando el daño causado con palabras cargadas de razón y pesar.
 
 
 
 
 
 
   ArVg

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: