Archive for noviembre, 2008

La Insoportable Gravedad del Ser

  El todo se divide, principalmente, segúna la Voluntad del Ente Supremo, en dos niveles de existencia: Uno como potencial, que expresa lo que un ente dado Puede Ser; Otro como existencia en sí misma, que expresa lo que el Ente Es. En el instante en que un Universo es creado, una cantidad finita de Entes Potenciales es seleccionada entre todo el Potencial, por la voluntad del Ente Supremo. Estos Entes Potenciales, se expresan inmediatamente en Instancias físicas que permiten la definición de las leyes físicas que regirán el Universo, la cantidad de Materia que habrá, las formas de la Energía, y la relación entre todo ello. A lo largo de toda la duración del Universo como instancia de la Potencialidad, distintas instancias físicas aparecerán y desaparecerán, saliendo o entrando a la Potencialidad según la voluntad de los Entes que controlen el Universo. Así, por ejemplo, en un Universo que permita la aparición de una forma de vida lo suficientemente poderosa, la manera en que las leyes físicas rigen la realidad estará sometida en parte a esta forma de vida.
  Dentro de la Realidad que se supone física, separada del Potencial y expresada ya como Instancia, se pueden distinguir las existencias sin Conciencia ni Voluntad, las existencias con Conciencia de su medio y de sí mismas pero que no pueden expresar su voluntad, etc. Siempre con una serie de limitaciones mayores o menores que impiden el dominio absoluto del Universo.
  Entre las existencias sin conciencia ni voluntad, seguras y básicas, y el Ente Supremo, se extiende una larga pero limitada cantidad de formas de existencia. La más alta es la que corresponde a los Entes del Multiverso, Instancias individuales y no del todo definidas de la Voluntad del Ente Supremo, que anulan su paradoja y rigen la formación de nuevos Universos. Bajo ellos, se sitúan los Universos mismos, que en la mayoría de los casos corresponden a una simple y única Conciencia/Voluntad, que rige sin problemas su existencia de acuerdo con los principios con los que son creados. En otros casos, la soberanía de un universo se reparte entre este remanente de la Voluntad creadora y las Conciencia/Voluntades de los seres que hayan podido acceder al Universo o hayan nacido en él. Este último punto supone otro problema, cuya paradoja trato así:
  Si un universo dado es creado por la voluntad de un Ente del Multiverso Alpha, la existencia del primero, e incluso su voluntad, se verá ligada a la de Alpha, ligando también a las conciencia/voluntades que pudieran nacer en él. Ello supondría la creación de una estructura como la que podemos contemplar en el Timo Piramidal, originando la esclavitud de toda voluntad por debajo del carácter de Universo. Por tanto, ideo un punto indefinido en el que una conciencia/voluntad originada en el universo, ligada en principio a la voluntad de éste, pasa a generar una conciencia/voluntad libre, independiente y verdaderamene poderosa, tanto más cuanto más se aleje de la Conciencia/Voluntad o Principio que rige el Universo. Es por esto que Amadeus consigue alcanzar una fuente prácticamente infinita de poder al traspasar las barreras del Universo que le vio nacer, viajando a otros lugares en que podía desafiar distintos Principios y liberar su Conciencia/Voluntad.
  Pero para este proceso de liberación, existe un límite al que Amadeus no llega por propia voluntad. Alcanzar una cantidad de poder demasiado elevada, llevaría a cualquier instancia a la paradoja, excediendo los límites preestablecidos inherentes a la naturaleza de Instancia, de existencia Real. Y es que extender las capacidades hacia el infinito acercarían al ser a la categoría de verdadera Entidad, con conciencia y voluntad plenas y absolutas, omnisciente pero sin capacidad alguna de medir las consecuencias de sus acciones. A la categoría de Entidad, alejada ya de la naturaleza Instancia como se ha dicho, sólo se llega cuando el ser desaparece como Instancia, volviendo a su naturaleza de Potencial. Así, la Entidad es un potencial, del que emanan todas las Instancias por la voluntad de los Entes del Multiverso.
 
  Siento que parezca tan pesado. Es mucho más ligero que el ritmo de mis pensamientos. Intentaré en lo sucesivo definir mejor los términos y retocar la estructura, pero en esencia esta es la forma que tengo de ver… Todo.
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Arca [Libro Primero]

  Ahora tan sólo la oscilante luz roja les permitía reconocerse los unos a los otros. Estaban todos. A lo lejos, una sirena aullante y alaridos humanos rompían el silencio.
  -¿Qué hacemos ahora, señor? -preguntó de repente Zuck.
  -No podemos volver. No podemos esperar aquí a recibir nuevas órdenes. Avanzamos -respondió Saúl.
  Se disponían a continuar cuando la puerta al fondo del pasillo, tras ellos, se abrió con un silbido. La débil luz roja no llegaba a aquel punto del pasillo, pero los catanges ya se imaginaban qué había abierto la puerta. Algunos de elloscargaron sus rifles. Tras pocos segundos de silencio y quietud, una serie de extrañas gárgares y ululares; después, un poderoso rugido. Inmediatamente, la bestia echó a correr hacia los catanges, provocando sonidos metálicos a cada zancada, a la vez que los soldadoes hacían lo propio hacia el otro extremo del pasillo, que resultó ser más largo de lo esperado. Antes de que siquiera consiguieran divisar la otra puerta, la bestia les dio alcance.
  Un segundo rugido enmudeció el zumbido de una lanza catange justo antes de caer al suelo. Durante un solo instante se pudo escuchar únicamente el manar de la sangre y el crujir de los huesos del catange, que no tuvo tiempo de articular palabra. Los demás catanges se apresuraron a seguir avanzando, mientras intentaban dañar al predador con sus armas. Pronto, éste volvió a saltar sobre el catange más cercano, dándole muerte al instante.
  Durante varios largos segundos, Saúl no pudo ver nada. Creía que las luces de emergencia también se habían apagado, pero descubrió que era la sanre de la segunda víctima la que le impedía ver, al cubrir completamente su visor. La retiró como pudo y apuntó su arma a la bestia, que ya se disponía a abatir otro catange. Ni las lanzas ni los rifles pudieron evitar que matara a otros dos catanges antes de que los supervivientes llegaran a la ansiada puerta. Ahora quietos, los catanges utilizaron las lanzas para mantener a la criatura lo más alejada posible, mientras Saúl manipulaba los controles de la portilla para abrirla. Pasaron todos ellos y por último Saúl, que en el último momento retiró el dispositivo trampa que había mantenido la puerta abierta. Ésta se cerró de inmediato y la bestia comenzó a arremeter salvajemente contra ella sin ningún resutado.
  Saúl se volvió. Casi se le cortó la respiración al contemplar el escenario que se le presentaba. Ahora bajo el cielo gris y luminoso, se encontraban en un patio que formaba una sección de círculo de unos sesenta grados. En el centro de la enorme instalación, una estructura titánica comenzaba a desplegar un enorme repertorio de torretas automáticas de lanzamisiles, de cañones Gauss y de Impulsos. En el centro de la estructura, una torre se estaba desintegrando y partiendo, dejando que sus diferentes partes se acoplaran perfectamente a los muros metálicos, cambiando la forma del conjunto, que era ahora más bajo y ancho. Una estruendosa sirena oscilante y aterradora casi les reventó los tímpanos a los catanges y no bajó de intensidad en ningún momento.
  Atención, dijo una voz femenina y potente, desde todos los puntos del lugar, Órden de Lanzamiento de Astronave Q16: Secuencia Inicial, activada. Los catanges, anodadados y ensordecidos, se limitaron a apostarse en diferentes puntos del patio, esperando. Saúl se preguntó por qué no le comunicaron nada acerca de aquel lugar, y si acaso no se sabía absolutamente nada de ello ni de la astronave. Una leve vibración en su brazo le llamó la atención. Miró la pequeña pantalla en su brazo. Tras limpiar la sangre que la cubría, vio en ella que un grupo de más de diez soldados de la Confederación se acercaba a ellos. Pulsó un botón para llamarles la atención y comprobó que aceleraban el paso.

Resumen General

  A petición indirecta de la Doncella de las Lágrimas, expondré a continuación el resumen general y absoluto de mi pretenciosa obra magna.
 
  Está dividida en 4 libros, aún sin nombre, en los que se narran los últimos siglos de la Humanidad tal y como la conocemos.
  -Libro Primero:
    Primera Parte: Jumiko y Dominic, científicos (así, genéricamente), son embarcados en una nave cuya principal misión es probar por vez primera el Portal, una grieta natural del espaciotiempo cuya investigación podría ayudar a crear pasillos artificiales. Después de que dicha nave atraviese el Portal y se constate que sigue dentro del Universo conocido, el Portal muta y absorve la nave. Jumiko y Dominic aparecen más tarde en la Tierra, siglos después del accidente, donde rápidamente llaman la atención de las autoridades de la gran única nación, la Alianza Universal Absoluta, liderada por un mítico Patriarca. Con el tiempo, llegan hasta el Patriarca, que en el pasado dirigió la Revolución que cambió el mundo, y que ahora, inmortal, sólo y atormentado, ha comenzado a recuperar la normalidad. Herón, alto administrador de la AUA, traiciona a los suyos para pasar a dirigir las Tribus, conjunto de pueblos que sobreviven fuera de los límites de la AUA. Declara la guerra a la AUA y la gana en poco tiempo, con ayuda de la inmortalidad, que ha conseguido por medio del método utilizado por el Patriarca.
   Segunda y Tercera Parte: Jumiko y Dominic aúnan los pedazos de la AUA y fundan el "Imperio". Inmediatamente, Herón, que ha fundado la Confederación Eurasiática, le declara la guerra. Comienza la Guerra Roja, que se extiende hasta que las dos naciones, desgastadas, se enfrentan en una corta serie de grandes batallas. Herón asesina a Dominic, más tarde, Jumiko a Herón. Con la desaparición de Jumiko culmina la Guerra Roja y las dos naciones se fusionan para repararse mutuamente, fundándose la Federación de la Humanidad. Durante la guerra, además, los científicos de la EC crearon a los Alneidas (Génesis), una raza de seres robóticos independientes y con conciencia. La EC descubre también un entramado de túneles y antiquísimas estructuras, entre los que destacan la Ciudad Dormida y el Templo de Ur. El Imperio, por su parte, sintetiza la Criobinita y coloniza Namur por medio de su estable Portal Masivo Interplanetario Imperial. Namur es más tarde destruido por la corrupción del sistema que controla el PMII.
 
  -Libro Segundo:
    Kana, hija de Jumiko, alcanza la mayoría de edad a la vez que su protector, Beckir (antiguo colaborador de Herón) fallece. Comienza una búsqueda por su parte por encontrar las respuestas que su padre adoptivo no pudo proporcionarle. Encuentra a los catanges, que han sobrevivido a la desaparición de la EC, y que ahora obedecen la voluntad de un General. Varios catanges apostados en el Templo de Ur mueren a manos de uno de los suyos, que ha sido poseído por Amadeus, un ente fantasmagórico y poderoso, que les obliga a abrir el Portal. Con el tiempo, las grietas dimensionales entre el Mundo de los Vivos y de los Muertes crecen. Durante 3 meses, el proceso va fusionando ambos mundos. Con el tercer y último eclipse, comienza oficialmente la 2ª Guerra entre Vivos y Muertos. Los Muertos son liderados por el Danya Teniam, El Neutral. Kana, que recibe de Kar-Unte / Caronte la misión de reescribir el Libro, lo hace en el Templo de Eiter, en la abandonada capital de la EC. Al cabo, deposita el Libro en el Templo de Ur, tras matar a Teniam.
 
  -Libro Tercero:
    Tras la reinstauración de la HF, se funda la Coalición Marcial, que trata de aunar todas las fuerzas militares humanas para ponerlas al servicio de la HF e impedir las luchas. Para dar salida a todo ese potencial (y para dar salida a los instintos humanos básicos de quemar y destruir), la Coalición Marcial instaura las 43 (creo que eran 43) Facciones Marciales, que se hacen con una parte de las fuerzas militares y comienza a colonizar el espacio. Las continuas y masivas guerras entre las Facciones entretienen a los integrantes, no producen ni una sóla pérdida humana, pero destruye mundos y sistemas. Al fin, se encuentra un sistema rebosante de vida. Las batallas cercanas al sistema provocan una respuesta por parte de los alienígenas. Con el tiempo, la situación se va haciendo más tensa, hasta el punto en que se le declara la Guerra Negra al llamado Sector Omega. Los Alneidas, junto con la voluntad de un hombre, Godhi Astar, pretenden acabar con la matanza, pero tras 3 grandes ataques a la Tierra, la Coalición Marcial decide destruir las formas de vida del Sector Omega. Tras la realización de dicha misión, se paraliza la conquista espacial y todas las fuerzas de la Coalición Marcial pasan a acuartelarse en el intacto Marte.
 
  -El Ojo de Ak:
    La conciencia que aunaba las conciencias y voluntades de los alienígenas del Sector Omega surge de la oscuridad y contacta con Amadeus para, a través de él, llegar a los todopoderosos Entes del Multiverso. Hace un trato con ellos y pasa a convertirse en Ak. Se le concede un medio físico en que manifestarse, una gran esfera de roca negra, y un titánico ejército de máquinas sin alma al que controlar, con el único propósito de destruir a la Humanidad. La Coalición Marcial despliega las flotas y reanuda la Conquista Espacial. Comienza la Guerra de los Dioses. Los Entes del Multiverso interesados en la destrucción de la Humanidad, al comprobar que la voluntad de ésta es demasiado poderosa, entran también en el combate, con el propósito de destruir la HF y hacerse con el poder (sustancia, esencia…) de ésta inmensa Voluntad. Al entrar también en el combate los Entes del Multiverso que defienden la pervivencia de la Humanidad, ésta provoca una segunda Fusión de Mundos para hacer frente a la destrucción que se avecina. Ante la inmensa capacidad de las flotas humanas para viajar por el espaciotiempo, Ak crea a Ohm, un ente oscuro encarnado en una máquina gigantesca, cuya negra y férrea voluntad impide que la estructura del espaciotiempo en el universo se altere demasiado, acorralando a las flotas humanas en la Vía Láctea. A medida que la Guerra avanza, el cerco va estrechándose, hasta que los diversos ejércitos (los Alneidas se suman a la guerra, ayudando a frenar al ejército enemigo) rodean la Tierra. Los humanos, agonizantes, consiguen alcanzar al fin su conciencia colectiva, la esencia de la Humanidad, y reúne el suficiente poder para entrar en contacto con Ak. El Libro de Ur pasa a un estado superior de existencia, expulsando una gran cantidad de poder, cedida por la Humanidad, que es dirigida al Sector Omega, donde inmediatamente una nueva forma de vida surge de la oscuridad. Ak, conforme con esto, abandona su encarnación (el Ojo) para ocuparse de la protección y dirección de la nueva forma de vida, abandonando también todo el Ejército puesto a su servicio por los Entes. Este ejército desaparece, junto con todos los Entes, para no volver.
 
  Tal vez demasiado desordenado, pero aquí está lo esencial de la narración. Acaso alguien quiera saber qué hay detrás de muchos aspectos, personajes, detalles, acciones o demás, habrá de esperar.
 
Salut
 
     ArVg

Fragmento (Heron and his mood changes) [Libro Segundo]

  Del plomizo cielo comenzó a caer una lluvia fina y abundante, que pronto empapó todas las transparentes planchas que cubrían los pasillos. Herón aminoró el paso, obligado por la lentitud del gentío. No le importaba. Poco a poco, la multitud avanzaba por la larga vía peatonal, hasta que Herón pudo contemplar la majestuosidad de la Avenida de la Democracia, a gran distancia bajo él, inundada de neblina y un fluido tráfico de vehículos sin color. Por alguna razón inconcreta, los peatones andaban tranquilmente, como afectados por algún tipo de calmanta, avanzando con tan sólo la velocidad suficiente para llegar a sus destinos en menos de un día. Herón adelantó a un denso grupo de ciudadanos y se intentó apartar del resto de la multitud, dando un rodeo que en realidad le ahorraría tiempo, en cuanto llegó al final de la vía. Tras muchos recodos y varios elevadores, llegó a un pasillo particularmente largo, por el que no pasaba nadie en ese momento. El pasillo ascendía suavemente, suspendido entre dos monumentales rascacielos, hasta pasar paralela a la fachada de uno de ellos. Al fondo, se habría una puerta a los pasillos de un nivel y al ascensor.
  Cuando llegó al pasillo integrado en la fachada del edificio, llamó a la cabina del ascensor, entró en ella cuando llegó unos segundos después y lo mandó ir al nivel cientoveintiocho.
  Una joven pareja estaba demostrándose mutuamente su amor, unos metros más allá. El sonido del agua chocando contra los cristales, los lejanos truenos, los leves gemidos de la joven, se mezclaban en su conciencia, nublando sus pensamientos por unos instantes. Herón se volvió en silencio. Ante él, las oscuras nubes avanzaban con lentitud, exprimiedo su esencia sobre la ciudad. Sabía que estaban ahí, que estaban todos dentro. Que ninguno de ellos saldría en las próximas horas. También, en cierta medida, sabía lo que ocurriría si entraba ahí e impedía que nadie excepto él saliese de nuevo, pero de ninguna manera podía preveer lo que ocurriría si diese media vuelta y volviese por donde había venido. Su pensamiento comenzó a recorrer todos los posibles caminos que el azar le pudiese ofrecer tras cualquiera de las dos acciones. No pudo llegar al final de sus reflexiones. Había algo, un obstáculo, una fuerza latente que le impedía concentrarse lo suficiente. En vez de entrar, en vez de regresar a su hogar, se quedó allí, en el interior de un tubo transparente tras una titánica fachada de cristal azulado, contemplando el creciente poder de la tormenta. Un escalofrío le hizo estremecerse. La visión de una torre atravesando una inmensa cueva negra, abriéndose paso a través de una oprimente oscuridad, le surcó la conciencia. La confusión y el miedo hicieron que perdiera el equilibrio. Con una mano apoyada en el curvo ventanal del pasillo y un rostro antinaturalmente pálido, el Presidente de la Confederación Eurasiática se sumió en un profundo trance.
  Tras una nebulosa de oscuridad, se le apareció una masa blanquecina e indefinida, que pronto inundó todo de una luz débil y enfermiza. La voz le llamó desde las tinieblas de su conciencia.
  -Sabes mucho sobre todo lo que te rodea -le dijo la voz, con su textura sedosa y sus palabras arrastradas. Era una voz que no conocía, que había estado oyendo toda su vida-. Sabes demasiado para ser un sólo hombre. ¿Sabes por qué?
  -Porque no soy un hombre normal -contestó Herón tras una corta pausa.
  -No. Es así porque no eres realmente un sólo hombre. Y tú lo sabes.
  -Ni siquiera lo sé ahora. ¿A quién crees que estoy unido? ¿Quién eres exactamente?
  -Calla, necio. Reflexiona y calla. Sabes, mas no recuerdas. Eras uno sólo hasta hace poco tiempo. A medida que te has ido dividiendo, tu poder ha ido creciendo, porque no es el poder de uno sólo.
  -¿Pero quién es el otro?
  -Tú eres el otro.
  Herón calló, tratando, más que asimilar lo que la voz le estaba diciendo, ordenar su mente para poder orientarse en aquel espacio sin dimensiones.
  -Céntrate, necio. No te ha de importar dónde estás. Mira a tu alrededor si lo deseas, pero no intentes aún descifrar lo que veas.
  Herón se vio liberado momentáneamente de la opresiva presencia de la negrura y del ente luminoso, se giró y un mundo golpeó su conciencia con una fuerza enorme. Ante él se extendía otra negrura, pero de otra magnitud. A una distancia incomensurable pero finita, un número igualmente inmenso pero finito de estrellas iluminaban su mente. De repente una titánica mole de metal apareció ante él, cubriendo todo lo que veía. Surgidos de la nada, otros centenares de miles de objetos de diferentes tamaños y formas aparecieron, todos apuntando en la misma dirección. Herón se volvió de nuevo, esperando encontrarse a la fuente de la Voz, pero en su lugar vio la fuente de una pura y argéntea luz, que bañaba toda su visión. Junto a aquella masiva estrella giraban cuatro llamativos planetas, de diferentes colores y tamaños. No sabía cómo podía verlos, si acaso podía verlos realmente, pero sabía que estaban ahí, girando alrededor de dos estrellas hermanas, portando en sus superficies una cantidad ingente de vida. La luz de la estrella creció en intensidad hasta que nada podía rebatirle su soberanía. Cuando todo lo que veía Herón era blancura, luz y pureza, la Voz regresó, ahora con forma de difusa nube negra, suspendida ante él y a la vez en todos los puntos del espacio.
  -No es fácil, te lo puedo asegurar, pero sea la que sea, a buen seguro será la mejor -dijo, ahora con un tono más suave.
  Herón no tuvo tiempo de articular palabra, si acaso quería hacerlo, pues al instante la luz comenzó a disiparse, dejando tras de sí primero un fulgurante vacío, inmenso y vibrante, después la más absoluta de las oscuridades, de nuevo. Herón sintió entonces una profunda sensación de liberación, de paz, de alivio. La oscuridad ahora le regocijaba, le calmaba el pensamiento, ante la vibrante pasión inútil que le suscitaba la luz. Lentamente, un elemento, un vago recuerdo, se le fue escapando de las manos. Intentó desesperadamente evitar su marcha, pero finalmente la oscuridad lo relajó lo suficiente como para aceptar su desaparición. Aquel recuerdo, sensación o lo que fuese, desapareció al fin, dejándolo momentáneamente indefenso, perplejo. Al instante, recobró el ánimo, la conciencia de su propia conciencia y comenzó a alzarse de entre las sombras con que la Voz le había revestido. Pero de alguna manera éstas le acompañaban le seguían arropando y dando su fuerte sensación de seguridad, de fuerza, de helador pero determinado frío. La luz física comenzó a abrirse paso a través de sus párpados. Un sonido a su izquierda lo alertó. Abrió los ojos y se volvió, justo a tiempo de ver cómo la pareja entraba en un piso y la puerta se cerraba tras ella.
  Se sentía ligero, anormalmente grácil, casi ingrávido. A su derecha, sobre los edificios de la "Capital" la tormenta descargaba su furia sobre el gélido viento, que azotaba los ventanales, intentando llegar hasta él. Sin perder más tiempo, se volvió hacia la puerta. En la pulida y brillante superficie metálica, vio su silueta, oscura, recortada contra un fondo gris. La puerta emitió un desgarrador aullido cuando fue arrancada de su quicio, adentrándose con fuerza en el apartamento. La luz de dentro recibió a Herón con agrado y paciencia. A su encuentro también salieron extraños sonidos de maquinaria ligera y dos hombres pálidos y confusos. Los gritos alertaron a más técnicos, que ni siquiera tuvieron que salir de la habitación en que trabajaban para que el poder de Herón acabara con sus vidas. Una amplia sonrisa se apoderó de Herón, cuya voluntad estaba ahora anegada de un odio inefable y una ira descontrolada, que iba imprimiendo a los seres que se cruzaban en su camino. Ahora era la sangre, las pantallas holográficas, los huesos rotos, los cables, los alaridos, los extraños dispositivos, los ojos apunto de salirse de sus órbitas y negras pilas de procesadores los que le recibían y le invitaban a sumarse a la fiesta que se estaba llevando a cabo en la habitación más grande del apartamento. Repentinamente, los sonidos se amortiguaron y callaron, hasta que sólo el provocado por el manar de la sangre y la agonía de los traidores combatían con la honda y seca respiración de Herón, que contemplaba ahora la más grande de las pantallas, que mostraba una interfaz luminosa y compleja, que estudió a fondo durante unos instantes.
  Comenzó a teclear en ella y a navegar por el sistema creador por sus difuntos acompañantes, indagando en la fiabilidad de la idea. Era un proyecto mucho más ambicioso de lo que había imaginado, y más poderoso aún. El Sistema de Espionaje Interno, que los traidores habían desarrollado sin su permiso, se había implantado en toda la "Capital" y gran parte de las mayores ciudades de la Confederación. Estaba tan arraigada en los hogares, oficinas, lugares públicos y demás que nadie notaba absolutamente nada raro, por estar presente en todos los puntos y por estar integrado en los Sistemas de Seguridad o de Ocio de tal forma que era parte de ellos. El sistema tenía tanto poder y alcance que podía observar y analizar todo cuanto un ciudadano cualquiera pudiera hacer a lo largo de un día, de un mes, un año o acaso toda su vida. El único inconveniente que le vio durante su expeditiva investigación fue la escasa capacidad de discernir la información realmente útil de la que no valía en la práctica para nada, pero se veía contrarestada por una base de datos titánica y un procesador aún más potente, que aunaban la potencia de millones de subsistemas de toda la Confederación, aparte de las computadoras centrales del CGAM, por las que pasaba toda la información antes de ser dirigida a aquel terminal.
  No tuvo siquiera posibilidad de pensarlo. Cerró el terminal y salió rápidamente del apartamento. A ambos lados cuatro catanges taponaban el pasillo, impidiendo que los curiosos se acercaran demasiado. Frente a él, el Zur Presidencial esperaba suspendido en el aire. Entre ambos sólo había una densa cortina de lluvia. Fagmentos de cristal se amontonaban en el suelo, evidenciando que el ventanal había reventado. Herón saltó al Zur, cuya escotilla lo esperaba abierta. A los pocos minutos, otro Zur llegó para llevarse a los catanges, justo antes de que los agentes del SSC llegaran al nivel por los ascensores y vehículos. Herón, convencido ya del poder del SVI para controlar la población, no pudo más que sonreir cuando miró la expresión del capitán catange al verle la sangre. Nadie tenía por qué saber lo que había hecho, pero él podía saberlo ahora todo, absolutamente todo.
 
  Elenée suspiró hondamente. Sus uñas se clavaron en el brazo de Herón, pero no ahondaron demasiado y pronto cedieron. Sus ojos se encontraron con los de Herón y les sostuvieron la mirada.
  -Compréndelo, querida -le dijo suave pero fríamente-. Es lo mejor para todos. Cuando acabe, todo será mejor, mejor que nunca hasta entonces.
  -¿Cómo puedes asegurarlo? -consiguió preguntar ella. Una fina traza de sangre bajó de la comisura de su boca hasta el traje de Herón, donde resbaló hasta perderse en la negrura.
  -No necesito asegurarlo. Sé que es así -contestó Herón. La miró fijamente. Al cabo continuó-. ¿Dudas de mí?
  -Ahora no -contestó Elenée, con apenas un hilo de voz, atenazada por un tono ronco y lastimero, pero aún firme-. Ahora no.
  -Entonces no te preocupes. Ni por ti, ni por mí, ni por nadie. Todo marchará como ha de marchar mientras me quede voluntad.
  -Te quiero, Herón -le susurró Elenée, entrecerrando los ojos resecos-. ¿Lo sabes?
  Se hizo el silencio. Herón posó una mano sobre el pecho izquiero de Elenée. A los pocos segundos la atrajo para sí y la abrazó con fuerza. Conteniendo la respiración y con calma, dejó el cuerpo inerte de la mujer sobre el frío suelo de mármol, donde ambos parecieron fusionares. Herón se levantó y la contempló, confuso durante unos instantes. La vaga e indefinida confusión desapareció, al igual que él mismo tras la puerta del apartamento.

Fragmento (Danae) [Libro Segundo]

  Siguió corriendo hasta que sintio que los pulmones se le desgarrarían. Andó lo suficiente como para adentrarse en un pequeño cráter, rodeado de grandes cúmulos de escoria y escombros. Paró para recuperar el aliento mientras decidía a dónde iría desde allí. Entonces reparó en una honda grieta en el costado de su traje. Varios finos cables asomaban por el desgarrado traje. Probó varios botones y configuraciones. Todo el flanco derecho estaba inservible. Miró en derredor en busca de algo que le pudiese servir, esperando que mágicamente se le apareciese un traje intacto. Tuvo esa suerta, pues ante ella, a unos metros, había un soldado de la Federación que portaba un poderoso traje basado en el sistema catange. Estaba quemado y arañado, pero cuando se acercó no vio ningún defecto grave. Sin pensárselo dos veces y para no perder más tiempo, le arrancó el traje al soldado y comenzó a desmontarse el suyo.
  Cuando apenas se había sacado el casco, un ruido tras ella la alertó. Se volvio para encarar una monumental montaña de metal destrozado y humeante, sujetando con firmeza su arma. Allá adelante, una sombra se alzó sobre los esombros, tapando la luz anaranjada proveniente de más allá. La silueta grande y oscura comenzó a descender por la colina maloliente, mostrando su rostro. Era un Ángel Negro, ataviado con una simple y enorme capa negra. Los desencajados huesos del cráneo mostraban un rostro desfigurado y alargado. Utilizaba su brazo izquierdo como una tercera y descomunal pierna, que asomaba deforme por entre los pliegues de la capa. El otro brazo, aún con cierta apariencia humana, sujetaba un trozo contundente y retorcido de hierro.
 
(
  El general, desesperado hasta el extremo, corría como si el mismísimo Satanás le persiguiese. Teniam, destrozando todo ser o máquina que se le interponía, se adentraba en el caos creado por la batalla, viendo cada vez más cerca al desvalido general. De repente, surgidos de la nada, una docena de catanges se le interpuso. El zumbido de sus lanzas le advirtió de la poderosa tecnología que portaban, pero no pudo evitar intentar echarlos atrás. Con un rugido inmenso, las lanzas rechazaron la voluntad de Teniam. El mismo Señor de los Muertos lanzó un segundo rugido y comenzó a destripar y descuartizar a cada uno de los catanges. Cuando terminó con todos, cayó en la cuenta del desperdicio que había cometido, desaprovechando esos magníficos cuerpos.
  Encolerizado, dirigió su mirada a lo alto. Más allá, pero cada vez más cerca, un Zur atravesaba el campo de batalla arrojando cientos de pequeños misiles guiados. Teniam, aprovechando los restos de un Tambor Imperial chamuscado y retorcido, saltó con toda su fuerza y a la máxima altura. Lentamente, notando como el cálido aire azotaba su pálida piel, comenzó a caer. Su propio peso y su voluntad hicieron que el vidrio reventase sin ningún impedimento, sembrando los cuerpos de los tripulantes de grandes y puntiagudos fragmentos de cristal y extraños materiales transparentes. Aprovechando ahora la inercia y la caída del Zur, agarró con fuerza uno de los dos hombres y salió por la escotilla trasera, que tampoco se opuso a su avance. Tras un ágil salto, estrelló el cuerpo del piloto sobre un cúmulo de cadáveres, aterrizando sobre él. Sin perder más tiempo, mientras aún le quedara algo de vida, comenzó a rajar su cuerpo de arriba abajo, abriendo largas aberturas por donde la sangre y las vísceras escapaban sin control. Introdujo su gélido brazo por la boca del moribundo y lo hundió hasta que su mano llegó a la caja torácica, por la que a continuación apareció, reventándola. Tras desencajarle la mandíbula se apresuró a destrozarle el cráneo, triturando sus huesos contra los huesos de los cadáveres en que se apollaban. Entonces hundió su mano en la carne del pobre humano, otorgándole la más tenebrosa fuente de poder que pudiera recibir.
  De las entrañas del agonizante ser surgió una nube de densa oscuridad, que inundó todo su cuerpo, provocándole bestiales espasmos, que no conseguían turbar la voluntad de Teniam. Los girones de piel, los fragmentos de hueso y los desgarrados músculos comenzaron a unirse caótica y rápidamente, reparando relativamente el daño causado, deformando los rasgos y retorciendo los miembros. Un agudo grito surgió de la destrozada garganta del hombre y rápidamente mutó en un ronco alarido. Teniam retiró su brazo, dejando que las costillas del ser cubrieran a medias los negros pulmones. Una piel gris y áspera cubrió las heridas, pero no formaba cicatrices, sino largas líneas negras por las que la sangre manaba lenta y continuamente. Teniam se levantó y contempló al Ángel Negro desde lejos, observando cómo crecía en tamaño y su cuerpo se deformaba más y más. Vio a Arais, que se acercaba entre el tumulto creado por el desplazamiento de los tanques. Llevaba en los brazos un paño grande y negro, que tendió a Teniam en cuanto llegó hasta él.
  Teniam, sin mediar palabra, cogió la prenda y esperó a que el Ángel Negro se alzase, entre alaridos y temblores. Sin perder más tiempo, le echó la capa sobre la espalda, se la sujetó con un broche y señaló al Este, donde se estaba formando una gran masa de nubes negras.
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Fragmento (variar para) [Libro Segundo]

  Bajo la pálida luz solar, bajo el yermo suelo, bajo la gran Cámara de los Mitos, la Cámara del Libro, del Portal y de los Danya, la negrura, la oscuridad y el frío lo inundaban todo. Tan sólo un constante ruido, leve y terrible, contrastaba con el vacío. Un sonido que no era tal, tan sólo una presencia continua, una presión agobiante, eterna, negra. Bajo la sección conocida del Templo descansaban en la más profunda calma las Necrópolis, cámaras huecas, con forma de disco, más anchas por el centro, donde una gruesa torra intrincada y robusta conectaba una cámara con otra superior e inferior. Por todo el suelo de las Necrópolis, innumerables tumbas de piedra daban cobijo a millares de cadáveres humanos. La mayor parte de las tumbas estaban vacías.
  De diferentes puntos de todo el complejo, surgían decenas de túneles oscuros y retorcidos, que se extendían indefinidamente, profundizando en la negrura absoluta, o daban a un frío lecho de roca. Uno de los estrechos túneles, tras kilómetros de negro errar en las entrañas de la tierra, comunicaba directamente con el nivel más profundo de la Ciudad Dormida. Era el nivel el más grande de toda la Ciudad Dormida, y el más frío. En este nivel, por lo demás muy parecido al resto de niveles y a las Necrópolis del Templo, la Torre se veía sustituida por siete columnas gruesas como casas enteras. En la base de cada una de estas columnas, un receptáculo pequeño, cuya abertura miraba al centro del nivel, acogía en su seno una tumba de piedra, talladas y adornadas con complejas recreaciones míticas. Una tumba sellada para cada Danya.
  En el centro del nivel, una pirámide escalonada, de muros llanos, inclinados y grises, se alzaba ocupando gran parte del vacío dejado por las columnas. Cuatro largas escalinatas de piedra llegaban hasta la cúspide, coronada por una tumba más. Sobre aquel sarcófago de roca, un pequeño techado ligero y decorado sostenía cuatro altos estandartes. Para entonces, uno tan sólo conservaba en lo alto la negra tela tan esmeradamente creada. Ningún viento la agitaba, ningún hombre sobre la tierra conocía su significado, pero seis seres cadavéricos la contemplaban con calma y profundo respeto desde el frío suelo del nivel. A través de la más impenetrable de las oscuridades, decidieron avanzar hasta alcanzar la cima de la impresionante montaña artificial, para encontrarse allí ante la sagrada tumba de Teniam, el Neutral.
  Aguardaron allí, a muy pocos escalones de la cúspide, durante largo rato, hasta que al fin, a gran distancia sobre sus cabezas, el segundo eclipse marcó el principio del fin de la Humanidad. Un leve siseo fue haciéndose más y más poderoso, hasta inundar todo el nivel con su fuerza. Después, el ruido provocado por una maquinaria vasta y antigua hizo temblar los cimientos de toda la estructura. Un rugido bestial y grave dio paso rápidamente a la luz, que llenó todo el nivel con una fuerza inmensa. En todos los muros se abrían grandísimas grietas rectilíneas por las que una luz grisácea o azulada penetraba, iluminando un lugar que había permanecido oscuro durante milenios. En las columnas aparecieron finas grietas que formaban extraños dibujos y símbolos, por las que tambían salía la extraña luz. Ante los cadáveres andantes, la pequeña estructura construida sobre el sarcófago se elevó varios metros. Cuando las finas columnas dejaron de ascender, también la tumba de piedra se movió, desintegrándose en numeros fragmentos rectangulares que se plegaron y escondieron en alguna rendija, dejando a la luz una preciosa vasija de plata, sin ningún tipo de inscripción o imperfección. Su curva superficie reflejaba la creciente luz proveniente de todos los puntos del nivel. De dentro de la vasija se elevó un fino e indefinido humo blanquecino, que movido por una brisa imperceptible avanzó y posó su base sobre el yerto suelo. La nuube giró sobre sí misma a gran velocidad y se comprimió lo suficiente para presentar una leve forma humanoide, que extendió un indefinido y grueso apéndice hacia la copa de plata y la atrajo a su seno. En el interior del humo, la copa se fundió y formó, rápidamente, una maravillosa máscara, grave y sencilla, que se colocó después en la parte más alta de la coluna de humo. Después, el vaporoso ser, de más de dos metros de altura, se volvio para encarar su fría máscara, aún al rojo vivo, hacia los seis extraños que le contemplaban maravillados.
  -Aquí se encuentra, al fin -exclamó una voz desde el lejano suelo de la estancia-, el Señor de los Muertos.
  Los seis cadáveres se volvieron para ver, allá bajo ellos, al ser que les hablaba. Ómicron, portando una larga y espléndida capa de un rojo intenso y poderoso, rodeado de un mundo gris y frío, comenzó a ascender por la escalinata, a la vez que seguía hablando.
  -Admiradle y servidle bien, pues no hay hombre sobre la Tierra que tenga más autoridad que él. Teniam, Señor de la Muerte, ha regresado de entre la sombra.
  El ser de humo hizo un intento de adelantarse, pero toda su materia tembló y se encogió ante el esfuerzo. Inmediatamente, los seis cadáveres avanzaron sin dudarlo hacia el Emperador, que siguió subiendo con calma.
  -Sois grandes entre los muertos, vosotros que habéis venido a recibirle. O los más necios entre todos los muertos. Sabréis ya que Teniam no conoce un futuro en el que encaje la Vida, tal es la desolación absoluta del Futuro que propone. Si tenéis alguna otra aspiración para con vuestras almas, os habéis equivocado al venir aquí.
  Uno de los muertos paró tras unos segundos de duda. Los demás continuaron bajando a toda velocidad hacia Ómicron, empuñando largos hierros afilados.
  -Habéis elegido ya, pues -terminó Ómicron.
  De debajo de su imponente capa surgió un brazo negro y largo, con una mano abierta y delgada. Al insntante, los cinco cadáveres andantes se desintegraron, dejando que su fino polvo cayese al suelo con lentitud. Ómicron continuó subiendo. El sexto muerto comenzó a bajar las escaleras, pero cuando apenas dio dos pasos reventó, haciendo que trozos de su cuerpo se alejasen en todos las direcciones. Tras él, Teniam, momentáneamente fortalecido, adelantó varios pasos poco seguros. Dentro de su cuerpo de denso humo, se adivinaban varios huesos grises y fragmentados, que lentamente se fusionaban y crecían.
  -Tu poder crece rápidamente. No me opondré a ese proceso. Reúne todo el poder que puedas reunir, pues cuando el tercer eclipse marque la Fusión de los Mundos, si atacas a la Vida y a la Humanidad, nosotros seremos un enemigo más, uno particularmente poderoso.
  Teniam se adelantó aún más. Tras un breve y violento tambaleo, cayó al suelo, arrastrando una gran cantidad de polvo que tardó en caer. Tras varios espasmódicos movimientos, apoyó sus brazos sobre la piedra y terminó alzando su cuerpo sobre ella. Tras la máscara, decenas de fragmentos blanquecinos comenzaban a definir un cráneo. Teniam avanzó una vez más, ahora lenta y decididamente, comenzó a bajar la escalinata. Ómicron, con un rápido gesto, echó mano de su larga lanza y apuntó con ella a Teniam, parándose este en seco.
  -No intentes tocarme, no intentes atacarme, no intentes contactar con mi raza si no es para ofrecer tu rendición. Sólo he venido para avisarte de lo que ocurrirá cuando la Luna cubra el Sol por tercera vez -dijo Ómicron, con tono más grave y serio. Tras una prolongada pausa continuó-. Bienvenido al Mundo de los Vivos, Señor de los Muertos.
  Teniam, tras un instante de silencio y quietud, se agachó, extendiendo un brazo como un formal saludo y llevándose otro al pecho. De las profundidades de la Ciudad o de su propio ser surgió una voz suave, profunda, como la voz que tendrían las negras nubes que se avecinan a la mayor de las tormentas.
  -Bienvenido a la Muerte, Señor de las Máquinas.
  Volvió a alzarse y sólo tuvo tiempo de ver cómo Ómicron saltó desde el punto en que estaba, llegaba a una de las inmensas columnas y comenzaba a escalarla ágilmente, camino al pasadizo por el que había llegado a la estancia.
  -Bienvenido a la Muerte.

Fragmento [Libro Tercero]

  El silencio se quebró. Lo que al principio eran tan sólo lejanos murmullos y ruidos se convirtieron en vivos alaridos, a medias ahogados por el sonido del metal desgarrándose. La luz desapareció y una larga, lastimera y agobiante sirena lo inundó todo. Godhi aceleró pretendió acelerar el paso, pero la penumbra lo obligó finalmente a avanzar lentamente, a tientas. Un leve sonido, más adelante, hizo que se parase. Desde detrás de él llegaban lejanas luces, que iluminaban a medias el objeto que tenía ante sí. Una forma oscura, que ocupaba todo lo ancho del pasillo, se le acercó. Lo que creía que eran tubos de algún tipo, eran miembros articulados que avanzaban en su busca, arrastrados por una enorme garra negra. Godhi no pudo moverse. Por mucho que quisiera, sus pies ya no eran suyos. El terror los pegó al suelo de metal.
  Cuando las garras estaban ya apunto de rozar su traje, se congelaron en el aire. Sobre todos los alaridos, explosiones y desgarros que podía oir, sobresalía el ronco rumor que la bestia producía. Ésta, lenta y firmemente, se apoyó en las paredes del pasillo, pasó a Godhi por encima y siguió su camino. Godhi, sin perder ni un sólo segundo del tiempo que la bestia le había concedido, echó a correr con todala velocidad que era capaz de invocar, ignorando toda posibilidad de caer en un agujero, en las zarpas de una bestia o simplemente tropezar. El pasillo, mucho más largo de lo que había creído, terminó al fin en un robusto portón de metal que había sido reventado por los invasores. Godhi lo atravesó y continuó por el corto y ancho pasillo que encontró a la derecha. Inconscientemente, puso la mano sobre la negra superficie del detector y esa segunda puerta se abrió con un siseo.
  Ante él apareció una pequeña sala de control semicircular, con enormes ventanales por los que entraba a raudales la luz solar. Godhi se acercó a uno de ellos y miró al exterior. Cuando la vista se le acostumbró, se encogió ante la fuerza de lo que le mostraba. AL menos quince destructores, tres Destructores Insignia, más de una docena de arrasadores, cientos de buques variados y millares de cazas y bombarderos ocupaban el cielo y sembraban la extensa llanura con su letal munición. Donde los rayos negros de los destructores de Alarin se fusionaban con el ardiente suelo y el fuego, extraños tentáculos se agitaban, agonizantes y desesperados. Por toda la llanura los invasores trataban de resistir el nocivo fuego del enemigo, aquí y allá se formaban cúmulos de hongos-colonia que intentaban formar una suerte de escudo que protegiese a la gran masa de vida alienígena. En lo alto, más arriba aún que los oscuros Destructores Insignia, cientos de criaturas titánicas y retorcidas atacaban a las naves humanas arrojando sus fluidos corrosivos y toneladas de un polvo grisáceo que como Godhi recordó eran esporas de hongos-colonia, que acababan infiltrándose por los puntos débiles del escudo magnético de las astronaves, por las rendijas del blindaje, por los conductos de ventilación o los cañones de las armas, para después comenzar a infestarlo todo y utilizar los núcleos de condensación como portales al Sector Omega.
  Por un momento, a Godhi le pareció que la batalla estaba muy igualada, incluso con algunas probabilidades de victoria a favor de los invasores, pero al poco tiempo constató que el ritmo al que nuevas astronaves humanas llegaban al lugar era muy superior al de los invasores. Al fin la única luz que le llegaba del exterior era la del fuego provocado por la batalla, tal era la cantidad de objetos que cubría el Sol. Un destello repentino le llamó la atención. Alzó la mirada y vio, allá donde los arrasadores se colocaban estratégicamente para atacar a las bestias de la llanura, una gran silueta negra. Luego una, dos y tres más llegaron, hasta que contó siete. Eran astronaves Alneidas (Génesis…). Los cargueros invasores comenzaron de inmediato a soltar su carga sobre estos vehículos, pero tan pronto como las oscuras bestias comenzaron a caer sobre las naves, los Alneidas activaron un extraño sistema que les ahuyentó e hizo que los cargueros se alejaran de inmediato, para tratar infestar otras naves. Los Alneidas habían acoplado a los costados de las naves unos módulos que expulsaban un definido humo blanco y negro, alternando módulos de un color y de otro, formando cada uno un extraño arco por el que el gas circulaba con celeridad. De alguna forma, la vistosidad de aquellos humos alertaba a los invasores de lo improductivo que sería atacar a las naves Alneidas. Éstas comenzaron a pasearse sin prisa por todo el espacio en que se libraba la batalla, que en realidad no era demasiado grande, y allí permanecieron, errantes, durante varias horas, hasta que todo invasor fue muerto o huido a su mundo.
  Tras la batalla, todo rastro de humo o escoria en el aire se perdió tras los conductos de reciclaje del aire. Todo el fuego se apagó tan pronto como los Destructores Insignia volvían al Hangar Madre del que provenían y el resto de naves se fue dispersando con calma. Las cantidades increíbles de deshechos, que formaban una montaña de gran altura sobre lo que antes era una llanura, fue rápidamente recolectado por la maquinaria minera de la Coalición, pues llegados a ese punto los cuerpos sin vida de los alienígenas proporcionaban tanta materia prima como los buques convertidos en chatarra, o más. Antes aún de que se pusiera el Sol, nuevos operadores llegaron a la Sala de Contro, le saludaron e informaron de la petición del Mariscal General de la Coalición de formar una reunión extraordinaria a medianoche y comenzaron a trabajar con normalidad. Godhi, cansado y demasiado meditabundo como para resistirse a una larga caminata para hacer tiempo, salió de la sala de control por una pequeña puerta roja sin despedirse de los operarios.

Fragmento [muerte de Jumiko]

  La inclinación de la fachada acristalada era casi imperceptible, pero le facilitaba el ascenso notablemente. El cristal violeta apenas se combaba con su peso. A medida que iba subiendo, la temperatura descendía, el viento se hacía más recio y la vista de la magnífica ciudad se agrandaba, mostrándole el complejo y geométrico trazado de sus calles y avenidas, que se extendían como en una tela de araña, expandiéndose desde el Palacio Imperial hasta el mismo horizonte.
  Jumiko no perdió un sólo segundo cuando, al fin, se encontró en la altísima azotea del edificio. Se dirigió a la poderosa arma Gauss, empotrada en la estructura del edificio, justo en el centro de la azotea. Un monolito negro y enorme, puntiagudo y brillante. Jumiko se acercó al panel de control oculto en un flanco del arma. Lo activó posando la mano sobre la negra superficie. Desde un pequeño proyector oculto, surgió una interfaz holográfica azul, desde la que pudo acceder al Sistema de Defensa de la ciudad. Tras pocos segundos de manipulación, confirmó las configuraciones y la interfaz desapareció tras unos parpadeos. Al instante una profunda vibración sacudió el edificio, un grave murmullo surgió del arma. Después, esta comenzó a desplegarse con una serie de bellos movimientos de sus múltiples cañones, protectores y soportes. Cuando terminó de armarse, los sonidos metálicos pararon y el arma apuntó con firmeza al Este, desde donde se acercaba el frente de la Confederación. En centenares de azoteas en todos los barrios de la ciudad, otros cañones se armaron y apuntaron a los buques de condensación. Sin previo aviso aparente, los cañones comenzaron a rasgar el cielo con sus disparos ardientes, haciendo retumbar los cimientos de los rascacielos en que se asentaban y provocando la congelación inmediata de los buques, que desplegaron sus escudos y se convirtieron en fortificaciones aéreas.
  Jumiko, ignorando el atronador fuego de los cañones, se descolgó el rifle de la espalda, se acercó a la mira y observó durante un momento la situación el frente. Los buques, obligados a estancarse sobre los suburbios de la ciudad, se movían lentamente, flanqueados por numerosos bombarderos y Zur que estaban comenzando a avanzar en cuña, destruyendo los cañones de uno en uno, con muchas e inevitables pérdidas. Los tanques, la infantería y demás cuerpos de la Confederación libraban una batallas campal entre los edificios, asediados continuamente por el Cuerpo de Defensa de la ciudad y rodeados por el resto de tropas del Imperio, intentando mantener abierto una traicionera ruta por la que entraban más y más catanges y soldados regulares. Pero después advirtió algo más importante que todo eso. Un Zur, imponente y esbelto, con definidos trazos rojos de punta a punta, recorría a toda velocidad la Avenida de la Libertad, el camino más directo desde el frente hasta el Palacio Imperial. Jumiko, sin pensárselo más, colgó de nuevo el rifle a su espalda y saltó sin más, dejando atrás la fría azotea, viendo cómo el lejano suelo se acercaba más y más.
 
  -Tal vez no me ha entendido, general -le dijo Herón. Acercó su rostró al del general, lo miró a los ojos con toda la frialdad que podían albergar los suyos-. Montaré en el Zur Presidencial, nos dirigiremos en línea recta al Palacio Imperial. No tiene por qué saber el porqué y mucho menos el qué.
  -Me temo que, como general en jefe del ejército de la Confederación, he de saberlo, señor Presidente.
  -Teme usted demasiado, Araf, mas debía temer aún más. Esperaba no tener que llegar a este punto -suspiró levemente y agarró con firmeza la medalla de general del traje de Araf. Con suavidad y firmeza, la arrancó-. Tengo ahora potestad ilimitada sobre los ejércitos de la Confederación. Por oponerse a la voluntad de su superior, por negarse a seguir la planificación del plan de batalla establecida, por oponerse a los intereses de la Confederación Eurasiática, por atentar contra la Paz de la Confederación Eurasiática y sus ciudadanos, queda usted, Araf Yaser, relegado de su puesto y en espera de comparecencia ante los Tribunales del Consejo de Justicia del CGAM.
  -Esto es un ultraje, una traición, no se permitirá que el curso de la guerra permanezca en tus manos, ni el poder del país. Tu poder se volverá en tu contra.
  -Espera, pues -dijo Herón. Hizo una señal a dos catanges que esperaban tras Araf. Se le acercaron y lo cogieron por los brazos.
  -El traidor del traidor, es un patriota. Así se verá en poco tiempo, tus ataques al sistema no permanecerán impunes.
  Herón calló, hastiado. Le dio la espalda a Afar y, mientras lo llevaban a un Zur, se cambió la ropa y se armó por completo. Al cabo, llamó a un capitán catange y le mandó preparar el Zur Presidencial. Cuando estuvo preparado y cuatro catanges montados, montó él también. La nave alzó el vuelo y avanzó en dirección al Palacio Imperial. A pesar del fuego de los cañones Gauss imperiales, de la constante amenaza de los Tambores y de la abundante presencia de infantería enemiga, el Zur se alejó del frente en pocos segundos, y avanzaba ahora por la titánica Avenida de la Libertad.
 
  -No les queda mucho. Tal vez ni siquiera aguanten a esta batalla. Si conseguimos eliminar a los Emperadores antes de la puesta de Sol, Herón disolverá el Ejército Regular y nos dará a nosotros toda el poder.
  -Pero si no lo conseguimos…
  -Será igual, Herón le atribuirá el error a algún oficial regular, tal vez a Afar mismo. No importa.
  -Tal vez, pero piensa que cuanto más tiempo…
  -Caya, mira eso -cortó el copiloto. Con un preciso movimiento, la pantalla holográfica en que localizaba sus objetivos aumentó el zoom y pudo ver con más nitidez lo que le había llamado la atención-. A tres mil seiscientos metros frente a nosotros. Una mujer cayendo junto al rascacielos morado.
  -Señor -llamó el piloto por el transmisor-. Señor, tenemos algo frente a nosotros.
  Al segundo, Herón apareció en la cabina, se agachó para poder divisar qué habían avistado.
  -Es ella -dijo con una leve sonrisa-. Disparad.
 
  El Zur Presidencial se acercaba demasiado rápido. Tal vez no consiguiese darle alcance. Pero ya no importaba. No tuvo apenas tiempo de reaccionar. Un objeto azul y brillante salió de la nave y en menos de un segundo la superó en velocidad. Dejando tras de sí una estela plateada y definida, se aproximó a Jumiko a una velocidad impresionante. Jumiko, aprovechando un mínimo márgen de maniobra, le propinó una buena patada a una de las ventanas, en un intento de alejarse del rascacielos y despistar mínimamente al misil.
  Luz.
  Calor.
  Pequeñas esferas brillantes, de acero y cristal fundidos mezclados con criobinita blanca, lo inundaban todo, se le pegaban al cuerpo y le comían la carne, provocándole un dolor sin nombre. Su propia piel, en su deseo de luchar, crecía con una gran velocidad, cubriendo esas ardientes sustancias, eternizando el sufrimiento. Innumerables esquirlas y fragmentos le atravesaban la piel, los ojos, los órganos. Una blanca, roja, negra, nube de asfixiante calor la inundaba, bañando su cuerpo con olas de fuego, derritiéndolo. Sus pulmones se llenaron pronto de esa mezcla de escombro, fuego y polvo. Conforme pasaban los segundos, se iba alejando de esa esfera de destrucción, pero el dolor iba acercándose, haciéndose por momentos más intenso, real e insoportable. Cayó en la cuenta de que su rifle, fundido ya, se le comenzaba a incrustar en sus huesos y en su carne. Los pocos pedazos de tela o blindaje que no se habían evaporado, eran atrapados por su propia piel, que intentaba cubrirla de nuevo.
  De repente, sin previo aviso, todo paró. El suelo frío y sucio la saludó con varios sonidos nada agradables. Sangre que huía de ella con celeridad; huesos que reventaban en cien pedazos; cemento que se resquebrajaba por la fuerza de impacto; su cráneo, cediendo ante la piedra, resquebrajándose y liberando su precioso contenido. Durante unos instantes que le parecieron una eternidad, el pensamiento de Jumiko se mantuvo congelado en sus últimos momento de conciencia. Era y a la vez no era consciente del paso del tiempo, mientras repasaba mentalmente la lúgubre secuencia de sonidos y sensaciones. Entonces, poco a poco, el dolor se iba haciendo más real aún, la sensibilidad volvía con más fuerza. Un leve ruido de fondo se fue haciendo más y más definido. Una fuerza externa, que se la antojaba poderosa y magnífica, hizo que tuviera ante sí la inmensidad del cielo gris. Y el rostro de Herón. El dolor, ya insufrible, se elevó hasta alcanzar una cota que no creía posible alcanzar sin llegar a morirse. Todo cuanto veía era un mundo de formas danzantes e indefinidas. Poco a poco, no sólo el rostro de Herón fue ganando definición. Sus sentidos se reprogamaban, volvía a tener conciencia de sus ojos, ahora podía moverlos, aun a costa de aumentar momentáneamente su dolor. Una impresionante punzada de dolor le atravesó todo el cuerpo cuando Herón se sentó sobre ella. Su furia contenida, su evidente alegría por encontrarla al fin, su pena y asco por el aspecto que presentaba, aparecían a la vez en su rostro.
  -Al fin nos encontramos, Jumiko, al fin nos encontramos -se limitó a decir.
  Jumiko sentía cómo su carne expulsaba lenta, decididamente, todos los fragmentos de escoria, criobinita y metal que se habían incrustado con tanta fuerza en sus huesos. Poco a poco, también, la piel cubría con firmeza los músculos quemados, las esquirlas de hueso se fundían entre sí y crecían. Herón contamplaba todo con calma, mientras ella ni siquiera se atrevía a imaginar qué pensamientos recorrían su mente. Permanecieron así durante largo rato, mientras la batalla, atascada como estaba tan lejos del centro de la ciudad, desgastaba a ambos bandos. Los ejércitos de la Confederación, de alguna manera que no podía intuir de momento, habrían bloqueado los principales accesos al centro de la ciudad. Estaban allí, sólos. Herón, sobre Jumiko, contemplando cómo ésta volvía con determinación a la vida.
  -Sabes por qué estoy aquí -dijo Herón cuando consideró que había visto suficiente-. Lo llevas intuyendo mucho tiempo. Y así es, tengo en mis manos en este momento el secreto de nuestro fin. Puedo destruir nuestra inmortalidad, con esto y algo de voluntad -informó, alzando un puño sobre el destrozado rostro de Jumiko.
  Del puño cayeron unas gotas de una sustancia azul. Cuando tocaron la carne descubierta de Jumiko, ésta notó cómo una fuerza interna despertaba, dotando a su cuerpo de suficiente poder como para regenerarse con una rapidez mayor de la norma en ella.
  -Vuestra nación descubrió cómo sintetizar grandes cantidades de esta materia. La mía aún lo desconoce, pero al menos yo sé qué otras funciones tiene, aparte de las que le habéis dado vosotros.
  Herón acercó su mano a un pecho de Jumiko, la hundió, apartando un par de costillas. Cuando la sacó, le enseño la sustancia azul que brillaba en su palma. Criobinita azul. Jumiko quiso decir algo, insultar con toda la fuerza de su alma, a la voluntad enferma y negra de Herón, causarle todo el daño posible, aunque fuese solo con la fuerza de su voz. Pero de su garganta, suponiendo que fuera una garganta lo que separaba su cabeza de su tronco, no surgió sonido alguno que no fuese un profundo gorjeo.
  -No te preocupes. No sufrirás más, hija -la tranquilizó Herón-. Por nada en absoluto. Cuando tú te vayas, Dominic caerá con facilidad. Con vosotros muertos, el Imperio caerá. Respecto a lo que pase después, no has de preocuparte, pues actuaré tan sólo en beneficio de la Humanidad. No os culparé de nada de lo que la Humanidad pueda avergonzarse. Vuestra memoria será venerada, mas es inevitable que en este día moráis por mis manos. No hay otra salida.
  Una inmensa confusión creció en la conciencia de Jumiko, pero no tuvo tiempo siquiera de formular mentalmente las preguntas adecuadas, pues Herón cogió toda la criobinita que su cuerpo había expulsado, y la que había caído desde lo alto, la juntó y la oprimió al convulso pecho de Jumiko. Al principio no notó nada especial, pero después un frío indescriptible le sorbió toda capacidad de moverse, de pensar, de sentir. Tan rápido como el misil había desintegrado gran parte de su cuerpo, la criobinita le desintegró por completo la vida. La luz, el cielo gris, el dolor, el rostro de Herón, el suelo ensangrentado, la batalla eterna, desaparecieron todos tras un velo negro. Todo eso parecía un mero espectáculo, un concepto vacío, momentáneo, frente a la inmensidad de la negrura y el silencio que se extendieron ante ella. De la nada, entonces, le vino un leve, relajante, sonido.
  El mar.