Fragmento [muerte de Jumiko]

  La inclinación de la fachada acristalada era casi imperceptible, pero le facilitaba el ascenso notablemente. El cristal violeta apenas se combaba con su peso. A medida que iba subiendo, la temperatura descendía, el viento se hacía más recio y la vista de la magnífica ciudad se agrandaba, mostrándole el complejo y geométrico trazado de sus calles y avenidas, que se extendían como en una tela de araña, expandiéndose desde el Palacio Imperial hasta el mismo horizonte.
  Jumiko no perdió un sólo segundo cuando, al fin, se encontró en la altísima azotea del edificio. Se dirigió a la poderosa arma Gauss, empotrada en la estructura del edificio, justo en el centro de la azotea. Un monolito negro y enorme, puntiagudo y brillante. Jumiko se acercó al panel de control oculto en un flanco del arma. Lo activó posando la mano sobre la negra superficie. Desde un pequeño proyector oculto, surgió una interfaz holográfica azul, desde la que pudo acceder al Sistema de Defensa de la ciudad. Tras pocos segundos de manipulación, confirmó las configuraciones y la interfaz desapareció tras unos parpadeos. Al instante una profunda vibración sacudió el edificio, un grave murmullo surgió del arma. Después, esta comenzó a desplegarse con una serie de bellos movimientos de sus múltiples cañones, protectores y soportes. Cuando terminó de armarse, los sonidos metálicos pararon y el arma apuntó con firmeza al Este, desde donde se acercaba el frente de la Confederación. En centenares de azoteas en todos los barrios de la ciudad, otros cañones se armaron y apuntaron a los buques de condensación. Sin previo aviso aparente, los cañones comenzaron a rasgar el cielo con sus disparos ardientes, haciendo retumbar los cimientos de los rascacielos en que se asentaban y provocando la congelación inmediata de los buques, que desplegaron sus escudos y se convirtieron en fortificaciones aéreas.
  Jumiko, ignorando el atronador fuego de los cañones, se descolgó el rifle de la espalda, se acercó a la mira y observó durante un momento la situación el frente. Los buques, obligados a estancarse sobre los suburbios de la ciudad, se movían lentamente, flanqueados por numerosos bombarderos y Zur que estaban comenzando a avanzar en cuña, destruyendo los cañones de uno en uno, con muchas e inevitables pérdidas. Los tanques, la infantería y demás cuerpos de la Confederación libraban una batallas campal entre los edificios, asediados continuamente por el Cuerpo de Defensa de la ciudad y rodeados por el resto de tropas del Imperio, intentando mantener abierto una traicionera ruta por la que entraban más y más catanges y soldados regulares. Pero después advirtió algo más importante que todo eso. Un Zur, imponente y esbelto, con definidos trazos rojos de punta a punta, recorría a toda velocidad la Avenida de la Libertad, el camino más directo desde el frente hasta el Palacio Imperial. Jumiko, sin pensárselo más, colgó de nuevo el rifle a su espalda y saltó sin más, dejando atrás la fría azotea, viendo cómo el lejano suelo se acercaba más y más.
 
  -Tal vez no me ha entendido, general -le dijo Herón. Acercó su rostró al del general, lo miró a los ojos con toda la frialdad que podían albergar los suyos-. Montaré en el Zur Presidencial, nos dirigiremos en línea recta al Palacio Imperial. No tiene por qué saber el porqué y mucho menos el qué.
  -Me temo que, como general en jefe del ejército de la Confederación, he de saberlo, señor Presidente.
  -Teme usted demasiado, Araf, mas debía temer aún más. Esperaba no tener que llegar a este punto -suspiró levemente y agarró con firmeza la medalla de general del traje de Araf. Con suavidad y firmeza, la arrancó-. Tengo ahora potestad ilimitada sobre los ejércitos de la Confederación. Por oponerse a la voluntad de su superior, por negarse a seguir la planificación del plan de batalla establecida, por oponerse a los intereses de la Confederación Eurasiática, por atentar contra la Paz de la Confederación Eurasiática y sus ciudadanos, queda usted, Araf Yaser, relegado de su puesto y en espera de comparecencia ante los Tribunales del Consejo de Justicia del CGAM.
  -Esto es un ultraje, una traición, no se permitirá que el curso de la guerra permanezca en tus manos, ni el poder del país. Tu poder se volverá en tu contra.
  -Espera, pues -dijo Herón. Hizo una señal a dos catanges que esperaban tras Araf. Se le acercaron y lo cogieron por los brazos.
  -El traidor del traidor, es un patriota. Así se verá en poco tiempo, tus ataques al sistema no permanecerán impunes.
  Herón calló, hastiado. Le dio la espalda a Afar y, mientras lo llevaban a un Zur, se cambió la ropa y se armó por completo. Al cabo, llamó a un capitán catange y le mandó preparar el Zur Presidencial. Cuando estuvo preparado y cuatro catanges montados, montó él también. La nave alzó el vuelo y avanzó en dirección al Palacio Imperial. A pesar del fuego de los cañones Gauss imperiales, de la constante amenaza de los Tambores y de la abundante presencia de infantería enemiga, el Zur se alejó del frente en pocos segundos, y avanzaba ahora por la titánica Avenida de la Libertad.
 
  -No les queda mucho. Tal vez ni siquiera aguanten a esta batalla. Si conseguimos eliminar a los Emperadores antes de la puesta de Sol, Herón disolverá el Ejército Regular y nos dará a nosotros toda el poder.
  -Pero si no lo conseguimos…
  -Será igual, Herón le atribuirá el error a algún oficial regular, tal vez a Afar mismo. No importa.
  -Tal vez, pero piensa que cuanto más tiempo…
  -Caya, mira eso -cortó el copiloto. Con un preciso movimiento, la pantalla holográfica en que localizaba sus objetivos aumentó el zoom y pudo ver con más nitidez lo que le había llamado la atención-. A tres mil seiscientos metros frente a nosotros. Una mujer cayendo junto al rascacielos morado.
  -Señor -llamó el piloto por el transmisor-. Señor, tenemos algo frente a nosotros.
  Al segundo, Herón apareció en la cabina, se agachó para poder divisar qué habían avistado.
  -Es ella -dijo con una leve sonrisa-. Disparad.
 
  El Zur Presidencial se acercaba demasiado rápido. Tal vez no consiguiese darle alcance. Pero ya no importaba. No tuvo apenas tiempo de reaccionar. Un objeto azul y brillante salió de la nave y en menos de un segundo la superó en velocidad. Dejando tras de sí una estela plateada y definida, se aproximó a Jumiko a una velocidad impresionante. Jumiko, aprovechando un mínimo márgen de maniobra, le propinó una buena patada a una de las ventanas, en un intento de alejarse del rascacielos y despistar mínimamente al misil.
  Luz.
  Calor.
  Pequeñas esferas brillantes, de acero y cristal fundidos mezclados con criobinita blanca, lo inundaban todo, se le pegaban al cuerpo y le comían la carne, provocándole un dolor sin nombre. Su propia piel, en su deseo de luchar, crecía con una gran velocidad, cubriendo esas ardientes sustancias, eternizando el sufrimiento. Innumerables esquirlas y fragmentos le atravesaban la piel, los ojos, los órganos. Una blanca, roja, negra, nube de asfixiante calor la inundaba, bañando su cuerpo con olas de fuego, derritiéndolo. Sus pulmones se llenaron pronto de esa mezcla de escombro, fuego y polvo. Conforme pasaban los segundos, se iba alejando de esa esfera de destrucción, pero el dolor iba acercándose, haciéndose por momentos más intenso, real e insoportable. Cayó en la cuenta de que su rifle, fundido ya, se le comenzaba a incrustar en sus huesos y en su carne. Los pocos pedazos de tela o blindaje que no se habían evaporado, eran atrapados por su propia piel, que intentaba cubrirla de nuevo.
  De repente, sin previo aviso, todo paró. El suelo frío y sucio la saludó con varios sonidos nada agradables. Sangre que huía de ella con celeridad; huesos que reventaban en cien pedazos; cemento que se resquebrajaba por la fuerza de impacto; su cráneo, cediendo ante la piedra, resquebrajándose y liberando su precioso contenido. Durante unos instantes que le parecieron una eternidad, el pensamiento de Jumiko se mantuvo congelado en sus últimos momento de conciencia. Era y a la vez no era consciente del paso del tiempo, mientras repasaba mentalmente la lúgubre secuencia de sonidos y sensaciones. Entonces, poco a poco, el dolor se iba haciendo más real aún, la sensibilidad volvía con más fuerza. Un leve ruido de fondo se fue haciendo más y más definido. Una fuerza externa, que se la antojaba poderosa y magnífica, hizo que tuviera ante sí la inmensidad del cielo gris. Y el rostro de Herón. El dolor, ya insufrible, se elevó hasta alcanzar una cota que no creía posible alcanzar sin llegar a morirse. Todo cuanto veía era un mundo de formas danzantes e indefinidas. Poco a poco, no sólo el rostro de Herón fue ganando definición. Sus sentidos se reprogamaban, volvía a tener conciencia de sus ojos, ahora podía moverlos, aun a costa de aumentar momentáneamente su dolor. Una impresionante punzada de dolor le atravesó todo el cuerpo cuando Herón se sentó sobre ella. Su furia contenida, su evidente alegría por encontrarla al fin, su pena y asco por el aspecto que presentaba, aparecían a la vez en su rostro.
  -Al fin nos encontramos, Jumiko, al fin nos encontramos -se limitó a decir.
  Jumiko sentía cómo su carne expulsaba lenta, decididamente, todos los fragmentos de escoria, criobinita y metal que se habían incrustado con tanta fuerza en sus huesos. Poco a poco, también, la piel cubría con firmeza los músculos quemados, las esquirlas de hueso se fundían entre sí y crecían. Herón contamplaba todo con calma, mientras ella ni siquiera se atrevía a imaginar qué pensamientos recorrían su mente. Permanecieron así durante largo rato, mientras la batalla, atascada como estaba tan lejos del centro de la ciudad, desgastaba a ambos bandos. Los ejércitos de la Confederación, de alguna manera que no podía intuir de momento, habrían bloqueado los principales accesos al centro de la ciudad. Estaban allí, sólos. Herón, sobre Jumiko, contemplando cómo ésta volvía con determinación a la vida.
  -Sabes por qué estoy aquí -dijo Herón cuando consideró que había visto suficiente-. Lo llevas intuyendo mucho tiempo. Y así es, tengo en mis manos en este momento el secreto de nuestro fin. Puedo destruir nuestra inmortalidad, con esto y algo de voluntad -informó, alzando un puño sobre el destrozado rostro de Jumiko.
  Del puño cayeron unas gotas de una sustancia azul. Cuando tocaron la carne descubierta de Jumiko, ésta notó cómo una fuerza interna despertaba, dotando a su cuerpo de suficiente poder como para regenerarse con una rapidez mayor de la norma en ella.
  -Vuestra nación descubrió cómo sintetizar grandes cantidades de esta materia. La mía aún lo desconoce, pero al menos yo sé qué otras funciones tiene, aparte de las que le habéis dado vosotros.
  Herón acercó su mano a un pecho de Jumiko, la hundió, apartando un par de costillas. Cuando la sacó, le enseño la sustancia azul que brillaba en su palma. Criobinita azul. Jumiko quiso decir algo, insultar con toda la fuerza de su alma, a la voluntad enferma y negra de Herón, causarle todo el daño posible, aunque fuese solo con la fuerza de su voz. Pero de su garganta, suponiendo que fuera una garganta lo que separaba su cabeza de su tronco, no surgió sonido alguno que no fuese un profundo gorjeo.
  -No te preocupes. No sufrirás más, hija -la tranquilizó Herón-. Por nada en absoluto. Cuando tú te vayas, Dominic caerá con facilidad. Con vosotros muertos, el Imperio caerá. Respecto a lo que pase después, no has de preocuparte, pues actuaré tan sólo en beneficio de la Humanidad. No os culparé de nada de lo que la Humanidad pueda avergonzarse. Vuestra memoria será venerada, mas es inevitable que en este día moráis por mis manos. No hay otra salida.
  Una inmensa confusión creció en la conciencia de Jumiko, pero no tuvo tiempo siquiera de formular mentalmente las preguntas adecuadas, pues Herón cogió toda la criobinita que su cuerpo había expulsado, y la que había caído desde lo alto, la juntó y la oprimió al convulso pecho de Jumiko. Al principio no notó nada especial, pero después un frío indescriptible le sorbió toda capacidad de moverse, de pensar, de sentir. Tan rápido como el misil había desintegrado gran parte de su cuerpo, la criobinita le desintegró por completo la vida. La luz, el cielo gris, el dolor, el rostro de Herón, el suelo ensangrentado, la batalla eterna, desaparecieron todos tras un velo negro. Todo eso parecía un mero espectáculo, un concepto vacío, momentáneo, frente a la inmensidad de la negrura y el silencio que se extendieron ante ella. De la nada, entonces, le vino un leve, relajante, sonido.
  El mar.

1 comentario »

  1. Dante Said:

    Bueno, sí es bueno, pero la obra sigue incompleta.


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