Fragmento [Libro Tercero]

  El silencio se quebró. Lo que al principio eran tan sólo lejanos murmullos y ruidos se convirtieron en vivos alaridos, a medias ahogados por el sonido del metal desgarrándose. La luz desapareció y una larga, lastimera y agobiante sirena lo inundó todo. Godhi aceleró pretendió acelerar el paso, pero la penumbra lo obligó finalmente a avanzar lentamente, a tientas. Un leve sonido, más adelante, hizo que se parase. Desde detrás de él llegaban lejanas luces, que iluminaban a medias el objeto que tenía ante sí. Una forma oscura, que ocupaba todo lo ancho del pasillo, se le acercó. Lo que creía que eran tubos de algún tipo, eran miembros articulados que avanzaban en su busca, arrastrados por una enorme garra negra. Godhi no pudo moverse. Por mucho que quisiera, sus pies ya no eran suyos. El terror los pegó al suelo de metal.
  Cuando las garras estaban ya apunto de rozar su traje, se congelaron en el aire. Sobre todos los alaridos, explosiones y desgarros que podía oir, sobresalía el ronco rumor que la bestia producía. Ésta, lenta y firmemente, se apoyó en las paredes del pasillo, pasó a Godhi por encima y siguió su camino. Godhi, sin perder ni un sólo segundo del tiempo que la bestia le había concedido, echó a correr con todala velocidad que era capaz de invocar, ignorando toda posibilidad de caer en un agujero, en las zarpas de una bestia o simplemente tropezar. El pasillo, mucho más largo de lo que había creído, terminó al fin en un robusto portón de metal que había sido reventado por los invasores. Godhi lo atravesó y continuó por el corto y ancho pasillo que encontró a la derecha. Inconscientemente, puso la mano sobre la negra superficie del detector y esa segunda puerta se abrió con un siseo.
  Ante él apareció una pequeña sala de control semicircular, con enormes ventanales por los que entraba a raudales la luz solar. Godhi se acercó a uno de ellos y miró al exterior. Cuando la vista se le acostumbró, se encogió ante la fuerza de lo que le mostraba. AL menos quince destructores, tres Destructores Insignia, más de una docena de arrasadores, cientos de buques variados y millares de cazas y bombarderos ocupaban el cielo y sembraban la extensa llanura con su letal munición. Donde los rayos negros de los destructores de Alarin se fusionaban con el ardiente suelo y el fuego, extraños tentáculos se agitaban, agonizantes y desesperados. Por toda la llanura los invasores trataban de resistir el nocivo fuego del enemigo, aquí y allá se formaban cúmulos de hongos-colonia que intentaban formar una suerte de escudo que protegiese a la gran masa de vida alienígena. En lo alto, más arriba aún que los oscuros Destructores Insignia, cientos de criaturas titánicas y retorcidas atacaban a las naves humanas arrojando sus fluidos corrosivos y toneladas de un polvo grisáceo que como Godhi recordó eran esporas de hongos-colonia, que acababan infiltrándose por los puntos débiles del escudo magnético de las astronaves, por las rendijas del blindaje, por los conductos de ventilación o los cañones de las armas, para después comenzar a infestarlo todo y utilizar los núcleos de condensación como portales al Sector Omega.
  Por un momento, a Godhi le pareció que la batalla estaba muy igualada, incluso con algunas probabilidades de victoria a favor de los invasores, pero al poco tiempo constató que el ritmo al que nuevas astronaves humanas llegaban al lugar era muy superior al de los invasores. Al fin la única luz que le llegaba del exterior era la del fuego provocado por la batalla, tal era la cantidad de objetos que cubría el Sol. Un destello repentino le llamó la atención. Alzó la mirada y vio, allá donde los arrasadores se colocaban estratégicamente para atacar a las bestias de la llanura, una gran silueta negra. Luego una, dos y tres más llegaron, hasta que contó siete. Eran astronaves Alneidas (Génesis…). Los cargueros invasores comenzaron de inmediato a soltar su carga sobre estos vehículos, pero tan pronto como las oscuras bestias comenzaron a caer sobre las naves, los Alneidas activaron un extraño sistema que les ahuyentó e hizo que los cargueros se alejaran de inmediato, para tratar infestar otras naves. Los Alneidas habían acoplado a los costados de las naves unos módulos que expulsaban un definido humo blanco y negro, alternando módulos de un color y de otro, formando cada uno un extraño arco por el que el gas circulaba con celeridad. De alguna forma, la vistosidad de aquellos humos alertaba a los invasores de lo improductivo que sería atacar a las naves Alneidas. Éstas comenzaron a pasearse sin prisa por todo el espacio en que se libraba la batalla, que en realidad no era demasiado grande, y allí permanecieron, errantes, durante varias horas, hasta que todo invasor fue muerto o huido a su mundo.
  Tras la batalla, todo rastro de humo o escoria en el aire se perdió tras los conductos de reciclaje del aire. Todo el fuego se apagó tan pronto como los Destructores Insignia volvían al Hangar Madre del que provenían y el resto de naves se fue dispersando con calma. Las cantidades increíbles de deshechos, que formaban una montaña de gran altura sobre lo que antes era una llanura, fue rápidamente recolectado por la maquinaria minera de la Coalición, pues llegados a ese punto los cuerpos sin vida de los alienígenas proporcionaban tanta materia prima como los buques convertidos en chatarra, o más. Antes aún de que se pusiera el Sol, nuevos operadores llegaron a la Sala de Contro, le saludaron e informaron de la petición del Mariscal General de la Coalición de formar una reunión extraordinaria a medianoche y comenzaron a trabajar con normalidad. Godhi, cansado y demasiado meditabundo como para resistirse a una larga caminata para hacer tiempo, salió de la sala de control por una pequeña puerta roja sin despedirse de los operarios.

1 comentario »

  1. Dante Said:

    Está chulo, no hay gran cosa que decir en realidad solo que termines de una jodida vez lo veinte liros o los que sean que tardas.


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