Fragmento (Danae) [Libro Segundo]

  Siguió corriendo hasta que sintio que los pulmones se le desgarrarían. Andó lo suficiente como para adentrarse en un pequeño cráter, rodeado de grandes cúmulos de escoria y escombros. Paró para recuperar el aliento mientras decidía a dónde iría desde allí. Entonces reparó en una honda grieta en el costado de su traje. Varios finos cables asomaban por el desgarrado traje. Probó varios botones y configuraciones. Todo el flanco derecho estaba inservible. Miró en derredor en busca de algo que le pudiese servir, esperando que mágicamente se le apareciese un traje intacto. Tuvo esa suerta, pues ante ella, a unos metros, había un soldado de la Federación que portaba un poderoso traje basado en el sistema catange. Estaba quemado y arañado, pero cuando se acercó no vio ningún defecto grave. Sin pensárselo dos veces y para no perder más tiempo, le arrancó el traje al soldado y comenzó a desmontarse el suyo.
  Cuando apenas se había sacado el casco, un ruido tras ella la alertó. Se volvio para encarar una monumental montaña de metal destrozado y humeante, sujetando con firmeza su arma. Allá adelante, una sombra se alzó sobre los esombros, tapando la luz anaranjada proveniente de más allá. La silueta grande y oscura comenzó a descender por la colina maloliente, mostrando su rostro. Era un Ángel Negro, ataviado con una simple y enorme capa negra. Los desencajados huesos del cráneo mostraban un rostro desfigurado y alargado. Utilizaba su brazo izquierdo como una tercera y descomunal pierna, que asomaba deforme por entre los pliegues de la capa. El otro brazo, aún con cierta apariencia humana, sujetaba un trozo contundente y retorcido de hierro.
 
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  El general, desesperado hasta el extremo, corría como si el mismísimo Satanás le persiguiese. Teniam, destrozando todo ser o máquina que se le interponía, se adentraba en el caos creado por la batalla, viendo cada vez más cerca al desvalido general. De repente, surgidos de la nada, una docena de catanges se le interpuso. El zumbido de sus lanzas le advirtió de la poderosa tecnología que portaban, pero no pudo evitar intentar echarlos atrás. Con un rugido inmenso, las lanzas rechazaron la voluntad de Teniam. El mismo Señor de los Muertos lanzó un segundo rugido y comenzó a destripar y descuartizar a cada uno de los catanges. Cuando terminó con todos, cayó en la cuenta del desperdicio que había cometido, desaprovechando esos magníficos cuerpos.
  Encolerizado, dirigió su mirada a lo alto. Más allá, pero cada vez más cerca, un Zur atravesaba el campo de batalla arrojando cientos de pequeños misiles guiados. Teniam, aprovechando los restos de un Tambor Imperial chamuscado y retorcido, saltó con toda su fuerza y a la máxima altura. Lentamente, notando como el cálido aire azotaba su pálida piel, comenzó a caer. Su propio peso y su voluntad hicieron que el vidrio reventase sin ningún impedimento, sembrando los cuerpos de los tripulantes de grandes y puntiagudos fragmentos de cristal y extraños materiales transparentes. Aprovechando ahora la inercia y la caída del Zur, agarró con fuerza uno de los dos hombres y salió por la escotilla trasera, que tampoco se opuso a su avance. Tras un ágil salto, estrelló el cuerpo del piloto sobre un cúmulo de cadáveres, aterrizando sobre él. Sin perder más tiempo, mientras aún le quedara algo de vida, comenzó a rajar su cuerpo de arriba abajo, abriendo largas aberturas por donde la sangre y las vísceras escapaban sin control. Introdujo su gélido brazo por la boca del moribundo y lo hundió hasta que su mano llegó a la caja torácica, por la que a continuación apareció, reventándola. Tras desencajarle la mandíbula se apresuró a destrozarle el cráneo, triturando sus huesos contra los huesos de los cadáveres en que se apollaban. Entonces hundió su mano en la carne del pobre humano, otorgándole la más tenebrosa fuente de poder que pudiera recibir.
  De las entrañas del agonizante ser surgió una nube de densa oscuridad, que inundó todo su cuerpo, provocándole bestiales espasmos, que no conseguían turbar la voluntad de Teniam. Los girones de piel, los fragmentos de hueso y los desgarrados músculos comenzaron a unirse caótica y rápidamente, reparando relativamente el daño causado, deformando los rasgos y retorciendo los miembros. Un agudo grito surgió de la destrozada garganta del hombre y rápidamente mutó en un ronco alarido. Teniam retiró su brazo, dejando que las costillas del ser cubrieran a medias los negros pulmones. Una piel gris y áspera cubrió las heridas, pero no formaba cicatrices, sino largas líneas negras por las que la sangre manaba lenta y continuamente. Teniam se levantó y contempló al Ángel Negro desde lejos, observando cómo crecía en tamaño y su cuerpo se deformaba más y más. Vio a Arais, que se acercaba entre el tumulto creado por el desplazamiento de los tanques. Llevaba en los brazos un paño grande y negro, que tendió a Teniam en cuanto llegó hasta él.
  Teniam, sin mediar palabra, cogió la prenda y esperó a que el Ángel Negro se alzase, entre alaridos y temblores. Sin perder más tiempo, le echó la capa sobre la espalda, se la sujetó con un broche y señaló al Este, donde se estaba formando una gran masa de nubes negras.
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