Fragmento (Heron and his mood changes) [Libro Segundo]

  Del plomizo cielo comenzó a caer una lluvia fina y abundante, que pronto empapó todas las transparentes planchas que cubrían los pasillos. Herón aminoró el paso, obligado por la lentitud del gentío. No le importaba. Poco a poco, la multitud avanzaba por la larga vía peatonal, hasta que Herón pudo contemplar la majestuosidad de la Avenida de la Democracia, a gran distancia bajo él, inundada de neblina y un fluido tráfico de vehículos sin color. Por alguna razón inconcreta, los peatones andaban tranquilmente, como afectados por algún tipo de calmanta, avanzando con tan sólo la velocidad suficiente para llegar a sus destinos en menos de un día. Herón adelantó a un denso grupo de ciudadanos y se intentó apartar del resto de la multitud, dando un rodeo que en realidad le ahorraría tiempo, en cuanto llegó al final de la vía. Tras muchos recodos y varios elevadores, llegó a un pasillo particularmente largo, por el que no pasaba nadie en ese momento. El pasillo ascendía suavemente, suspendido entre dos monumentales rascacielos, hasta pasar paralela a la fachada de uno de ellos. Al fondo, se habría una puerta a los pasillos de un nivel y al ascensor.
  Cuando llegó al pasillo integrado en la fachada del edificio, llamó a la cabina del ascensor, entró en ella cuando llegó unos segundos después y lo mandó ir al nivel cientoveintiocho.
  Una joven pareja estaba demostrándose mutuamente su amor, unos metros más allá. El sonido del agua chocando contra los cristales, los lejanos truenos, los leves gemidos de la joven, se mezclaban en su conciencia, nublando sus pensamientos por unos instantes. Herón se volvió en silencio. Ante él, las oscuras nubes avanzaban con lentitud, exprimiedo su esencia sobre la ciudad. Sabía que estaban ahí, que estaban todos dentro. Que ninguno de ellos saldría en las próximas horas. También, en cierta medida, sabía lo que ocurriría si entraba ahí e impedía que nadie excepto él saliese de nuevo, pero de ninguna manera podía preveer lo que ocurriría si diese media vuelta y volviese por donde había venido. Su pensamiento comenzó a recorrer todos los posibles caminos que el azar le pudiese ofrecer tras cualquiera de las dos acciones. No pudo llegar al final de sus reflexiones. Había algo, un obstáculo, una fuerza latente que le impedía concentrarse lo suficiente. En vez de entrar, en vez de regresar a su hogar, se quedó allí, en el interior de un tubo transparente tras una titánica fachada de cristal azulado, contemplando el creciente poder de la tormenta. Un escalofrío le hizo estremecerse. La visión de una torre atravesando una inmensa cueva negra, abriéndose paso a través de una oprimente oscuridad, le surcó la conciencia. La confusión y el miedo hicieron que perdiera el equilibrio. Con una mano apoyada en el curvo ventanal del pasillo y un rostro antinaturalmente pálido, el Presidente de la Confederación Eurasiática se sumió en un profundo trance.
  Tras una nebulosa de oscuridad, se le apareció una masa blanquecina e indefinida, que pronto inundó todo de una luz débil y enfermiza. La voz le llamó desde las tinieblas de su conciencia.
  -Sabes mucho sobre todo lo que te rodea -le dijo la voz, con su textura sedosa y sus palabras arrastradas. Era una voz que no conocía, que había estado oyendo toda su vida-. Sabes demasiado para ser un sólo hombre. ¿Sabes por qué?
  -Porque no soy un hombre normal -contestó Herón tras una corta pausa.
  -No. Es así porque no eres realmente un sólo hombre. Y tú lo sabes.
  -Ni siquiera lo sé ahora. ¿A quién crees que estoy unido? ¿Quién eres exactamente?
  -Calla, necio. Reflexiona y calla. Sabes, mas no recuerdas. Eras uno sólo hasta hace poco tiempo. A medida que te has ido dividiendo, tu poder ha ido creciendo, porque no es el poder de uno sólo.
  -¿Pero quién es el otro?
  -Tú eres el otro.
  Herón calló, tratando, más que asimilar lo que la voz le estaba diciendo, ordenar su mente para poder orientarse en aquel espacio sin dimensiones.
  -Céntrate, necio. No te ha de importar dónde estás. Mira a tu alrededor si lo deseas, pero no intentes aún descifrar lo que veas.
  Herón se vio liberado momentáneamente de la opresiva presencia de la negrura y del ente luminoso, se giró y un mundo golpeó su conciencia con una fuerza enorme. Ante él se extendía otra negrura, pero de otra magnitud. A una distancia incomensurable pero finita, un número igualmente inmenso pero finito de estrellas iluminaban su mente. De repente una titánica mole de metal apareció ante él, cubriendo todo lo que veía. Surgidos de la nada, otros centenares de miles de objetos de diferentes tamaños y formas aparecieron, todos apuntando en la misma dirección. Herón se volvió de nuevo, esperando encontrarse a la fuente de la Voz, pero en su lugar vio la fuente de una pura y argéntea luz, que bañaba toda su visión. Junto a aquella masiva estrella giraban cuatro llamativos planetas, de diferentes colores y tamaños. No sabía cómo podía verlos, si acaso podía verlos realmente, pero sabía que estaban ahí, girando alrededor de dos estrellas hermanas, portando en sus superficies una cantidad ingente de vida. La luz de la estrella creció en intensidad hasta que nada podía rebatirle su soberanía. Cuando todo lo que veía Herón era blancura, luz y pureza, la Voz regresó, ahora con forma de difusa nube negra, suspendida ante él y a la vez en todos los puntos del espacio.
  -No es fácil, te lo puedo asegurar, pero sea la que sea, a buen seguro será la mejor -dijo, ahora con un tono más suave.
  Herón no tuvo tiempo de articular palabra, si acaso quería hacerlo, pues al instante la luz comenzó a disiparse, dejando tras de sí primero un fulgurante vacío, inmenso y vibrante, después la más absoluta de las oscuridades, de nuevo. Herón sintió entonces una profunda sensación de liberación, de paz, de alivio. La oscuridad ahora le regocijaba, le calmaba el pensamiento, ante la vibrante pasión inútil que le suscitaba la luz. Lentamente, un elemento, un vago recuerdo, se le fue escapando de las manos. Intentó desesperadamente evitar su marcha, pero finalmente la oscuridad lo relajó lo suficiente como para aceptar su desaparición. Aquel recuerdo, sensación o lo que fuese, desapareció al fin, dejándolo momentáneamente indefenso, perplejo. Al instante, recobró el ánimo, la conciencia de su propia conciencia y comenzó a alzarse de entre las sombras con que la Voz le había revestido. Pero de alguna manera éstas le acompañaban le seguían arropando y dando su fuerte sensación de seguridad, de fuerza, de helador pero determinado frío. La luz física comenzó a abrirse paso a través de sus párpados. Un sonido a su izquierda lo alertó. Abrió los ojos y se volvió, justo a tiempo de ver cómo la pareja entraba en un piso y la puerta se cerraba tras ella.
  Se sentía ligero, anormalmente grácil, casi ingrávido. A su derecha, sobre los edificios de la "Capital" la tormenta descargaba su furia sobre el gélido viento, que azotaba los ventanales, intentando llegar hasta él. Sin perder más tiempo, se volvió hacia la puerta. En la pulida y brillante superficie metálica, vio su silueta, oscura, recortada contra un fondo gris. La puerta emitió un desgarrador aullido cuando fue arrancada de su quicio, adentrándose con fuerza en el apartamento. La luz de dentro recibió a Herón con agrado y paciencia. A su encuentro también salieron extraños sonidos de maquinaria ligera y dos hombres pálidos y confusos. Los gritos alertaron a más técnicos, que ni siquiera tuvieron que salir de la habitación en que trabajaban para que el poder de Herón acabara con sus vidas. Una amplia sonrisa se apoderó de Herón, cuya voluntad estaba ahora anegada de un odio inefable y una ira descontrolada, que iba imprimiendo a los seres que se cruzaban en su camino. Ahora era la sangre, las pantallas holográficas, los huesos rotos, los cables, los alaridos, los extraños dispositivos, los ojos apunto de salirse de sus órbitas y negras pilas de procesadores los que le recibían y le invitaban a sumarse a la fiesta que se estaba llevando a cabo en la habitación más grande del apartamento. Repentinamente, los sonidos se amortiguaron y callaron, hasta que sólo el provocado por el manar de la sangre y la agonía de los traidores combatían con la honda y seca respiración de Herón, que contemplaba ahora la más grande de las pantallas, que mostraba una interfaz luminosa y compleja, que estudió a fondo durante unos instantes.
  Comenzó a teclear en ella y a navegar por el sistema creador por sus difuntos acompañantes, indagando en la fiabilidad de la idea. Era un proyecto mucho más ambicioso de lo que había imaginado, y más poderoso aún. El Sistema de Espionaje Interno, que los traidores habían desarrollado sin su permiso, se había implantado en toda la "Capital" y gran parte de las mayores ciudades de la Confederación. Estaba tan arraigada en los hogares, oficinas, lugares públicos y demás que nadie notaba absolutamente nada raro, por estar presente en todos los puntos y por estar integrado en los Sistemas de Seguridad o de Ocio de tal forma que era parte de ellos. El sistema tenía tanto poder y alcance que podía observar y analizar todo cuanto un ciudadano cualquiera pudiera hacer a lo largo de un día, de un mes, un año o acaso toda su vida. El único inconveniente que le vio durante su expeditiva investigación fue la escasa capacidad de discernir la información realmente útil de la que no valía en la práctica para nada, pero se veía contrarestada por una base de datos titánica y un procesador aún más potente, que aunaban la potencia de millones de subsistemas de toda la Confederación, aparte de las computadoras centrales del CGAM, por las que pasaba toda la información antes de ser dirigida a aquel terminal.
  No tuvo siquiera posibilidad de pensarlo. Cerró el terminal y salió rápidamente del apartamento. A ambos lados cuatro catanges taponaban el pasillo, impidiendo que los curiosos se acercaran demasiado. Frente a él, el Zur Presidencial esperaba suspendido en el aire. Entre ambos sólo había una densa cortina de lluvia. Fagmentos de cristal se amontonaban en el suelo, evidenciando que el ventanal había reventado. Herón saltó al Zur, cuya escotilla lo esperaba abierta. A los pocos minutos, otro Zur llegó para llevarse a los catanges, justo antes de que los agentes del SSC llegaran al nivel por los ascensores y vehículos. Herón, convencido ya del poder del SVI para controlar la población, no pudo más que sonreir cuando miró la expresión del capitán catange al verle la sangre. Nadie tenía por qué saber lo que había hecho, pero él podía saberlo ahora todo, absolutamente todo.
 
  Elenée suspiró hondamente. Sus uñas se clavaron en el brazo de Herón, pero no ahondaron demasiado y pronto cedieron. Sus ojos se encontraron con los de Herón y les sostuvieron la mirada.
  -Compréndelo, querida -le dijo suave pero fríamente-. Es lo mejor para todos. Cuando acabe, todo será mejor, mejor que nunca hasta entonces.
  -¿Cómo puedes asegurarlo? -consiguió preguntar ella. Una fina traza de sangre bajó de la comisura de su boca hasta el traje de Herón, donde resbaló hasta perderse en la negrura.
  -No necesito asegurarlo. Sé que es así -contestó Herón. La miró fijamente. Al cabo continuó-. ¿Dudas de mí?
  -Ahora no -contestó Elenée, con apenas un hilo de voz, atenazada por un tono ronco y lastimero, pero aún firme-. Ahora no.
  -Entonces no te preocupes. Ni por ti, ni por mí, ni por nadie. Todo marchará como ha de marchar mientras me quede voluntad.
  -Te quiero, Herón -le susurró Elenée, entrecerrando los ojos resecos-. ¿Lo sabes?
  Se hizo el silencio. Herón posó una mano sobre el pecho izquiero de Elenée. A los pocos segundos la atrajo para sí y la abrazó con fuerza. Conteniendo la respiración y con calma, dejó el cuerpo inerte de la mujer sobre el frío suelo de mármol, donde ambos parecieron fusionares. Herón se levantó y la contempló, confuso durante unos instantes. La vaga e indefinida confusión desapareció, al igual que él mismo tras la puerta del apartamento.

1 comentario »

  1. Jazz Cat Said:

    ou, yeah


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