Archive for diciembre, 2008

Fragmento [Libro xXx] (Carta de Gaunímedes II > Carta del Patriarca)

  /* A continuación os presento la completa remodelación de "Carta de Gaunímedes" ahora que El Libro de los Mitos ha cambiado tantísimo. Prontamente, traeré otra antigua joya y la puliré y abrillantaré para que se acomode a la nueva historia y mi nueva forma de contar, con sus ventajas e inconvenientes. Hablo de "Excusas", que volverá bajo el nombre de "Apología". Hasta entonces y esperando así otorgarle al Libro un trasfondo sólido y amplio, aquí les dejo la "Carta del Patriarca" */
 
  […] pero fuera como fuese, esto carece ya de toda importancia.
  Ahora bien, expondré todo lo que ha podido llegar a mi conocimiento referente a esta macrocivilización antigua. Tomad todos los conocimientos que nuestra moderna civilización posee, toda la base cultural, histórica, científica, filosófica e incluso teológica en que se asienta nuestro pensamiento colectivo. Pues asumid que no significa nada. No en comparación con el conocimiento que las gentes que formaban esta civilización llegaron a reunir. Llegados a un punto, conocían tantos aspectos de la realidad que se acercaron a una definición verosímil de todo el conjunto. Ya os parezca posible o no, es ésta: la realidad se divide en dos estados, uno de seres tangibles, físicos, realizados y concretos, otro de entes informes, infinitos, que resumen todo lo potencial. Una cualidad crucial une ambos mundos, la Voluntad. Ésta, como percibieron los antiguos, se veía fortalecida cuando hacía que un ser pasara de un estado a otro, en igual medida. Llegaron rápidamente a la conclusión de que, para que un ser alcanzase un estado mayor de poder y conciencia, debía acudir a una de las dos claras y definidas sendas, la destrucción o la creación. Hacer que un ser pasara a ser algo potencial, o que un potencial pasara a ser un objeto físico, fortalecía a la voluntad autora.
  Inmediatamente, la Humanidad se dividió en aquellos que querían alcanzar cierto grado de perfección por medio de la creación o por medio de la destrucción. En el fondo no importaba cual de los dos caminos elegir, el final sería el mismo, pero no advirtieron que los medios también lo serían, convencidos como estaban de que la destrucción llevaba implícita más sufrimiento que la creación. Sabios pero necios, los más eruditos de todos ellos utilizaron sus poderosas voluntades para escindir la voluntad individual de cada humano de la voluntad de la Humanidad conjunta, convencidos a su vez de que la conciencia comunal suponía un lastre, y que su desaparición conllevaría un despertar, la visión verdadera de cual era la mejor elección de las dos. Como es evidente, era la conciencia comunal la única que les permitiría revelar qué camino seguir. Así, ciegos por completo ante la voluntad de los demás, los humanos comenzaron a buscar la perfección individualmente, por medio de todos los caminos posibles, llegando en muchos casos a alargar antinaturalmente sus vidas.
  Después, cuando con el paso de los años y tras los primeros momentos de histeria, las posiciones iban convergiendo, se alzaron con toda su fuerza las dos antiguas posiciones, destrucción frente a creación, muerte frente a vida, oscuridad frente a luz. Cegados todos, pues no podían ver aquello por lo que otro luchaba, centenares de miles de humanos enfurecidos con la realidad se adentraron en una guerra que bien pudo durar varias décadas. Una guerra que destruyó y erosionó los fragmentos de la noble cultura primera. Una guerra que sacudió los cimientos de la naciente humanidad, que provocó unos ecos que aun hoy pueden escucharse, diluidos en el tejido del tiempo pero aún con fuerza. Cansados pero no del todo convencidos en ningún sentido, ambos bandos dieron por terminada la guerra poco antes de que ésta acabase con los restos de la Humanidad. Esperanzados en un futuro más puro y esclarecedor, aunaron esfuerzos en la creación de una vasta red de estructuras y arcanos sortilegios, destinados a retardar el avance filosófico y científico de la humanidad, a vigilar sus movimientos, a controlar su población y regir la vida y muerte de sus individuos. Sabedores de que ahora gran parte de los humanos era inmortal, se creó el Mundo de los Muertos, un universo paralelo a éste para que los inmortales viviesen tras su primera muerte hasta alcanzar el máximo estado de perfección, o muerte última, en que podrían ir al Más Allá o al Vacío que les esperase. Para controlar todos estos sistemas, imprimieron la voluntad de un hombre, neutral por su naturaleza de híbrido entre mortal e inmortal, en un objeto simbólico, un libro de metal, asumiendo que esta voluntad sería la más cercana a la perdida y oculta voluntad de la Humanidad. Por ser la voluntad de este hombre [[[TENIAM]]] lo suficintemente alejada de la voluntad de la Humanidad, existen aún grietas y aperturas en el Sistema por el que un humano puede adentrarse a conciencia o por accidente. Éste es vuestro caso, que por puro fruto del azar, después de vuestra primera muerte a bordo de aquel módulo de salvamento, caísteis a este mundo a la vez que debíais entrar en el Mundo de los Muertos, por lo que llegásteis aquí como lo que habríais de ser allá, muertos andantes. Eternos caminantes que andan, comen, ríen, lloran y sufren sin fin. Tal como yo cuando me conocísteis.
  Espero que, como yo dentro de pocas horas, vosotros alcancéis también este estado de máxima perfección, al borde del precipicio que es la muerte. La insondable oscuridad no aterra, sino que extiende sus protectores brazos anhelando atraerme a su seno. No le temáis, temedle más bien al hecho de desear reuniros con ella y no poder. Luchad por vuestros ideales, sean cuales sean, pues los antiguos eruditos nos robaron la capacidad de conocer los ideales defendidos por la Humanidad. Luchad por lo que creáis justo y bueno, pues, en el fondo, sabed que es ésto lo mismo que la Humanidad defiende, aunque muramos sin la confirmación de ello.

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Fragmento [Libro Primero] (Plan de Herón)

  Como había previsto, un ambiente de pasajero pesimismo dominaba la ciudad. El hecho de que el Portal Masivo Interplanetario del Imperio se hubiera convertido en algo cotidiano y normal, mientras el esperado Portal Cuántico Inter-Universal de la EC había terminado en rotundo fracaso, había socavado el ánimo de los ciudadanos. Además, no se había publicada ninguna imagen ni vídeo que representara el lugar después del accidente, por lo que al cabo de cierto tiempo las masas olvidarían el desastre sin más. Ni siquiera había fallecido más de un centenar de personas en total. Era una derrota psicológica tan sólo. A Herón no le importaba.
  A los tres meses, se vio dispuesto a ir a Siberia. Mandó preparar el Zur presidencial y antes de medianoche él y seis catanges se alejaban a toda velocidad de "La Capital". El viaje, más largo de lo esperado y sin sobresaltos, sirvió de descanso a Herón, que conversó tranquilamente con sus soldados acerca de las condiciones bajo las que trabajaban. Se convenció de que, de entre la masa de gente que habitaba "La Capital", los catanges eran los más afortunados en todo. Sus salarios eran excepcionales, sus turnos complejos y cambiantes no era para ellos ningún obstáculo. Ni siquiera podían quejarse de los peligros del oficio, que normalmente les proporcionaba el punto de emoción que muchos necesitaban esos días. Durante un momento, Herón se preguntó qué pensaría un alneida de su existencia, todas las reflexiones morales y filosóficas que podrían acompañar a una conversación con un alneida se le antojaron tan interesantes como aburridas. Decidió dejar las cosas como estaban al respecto, pues parecían ir bien.
  En ese momento, el Zur aminoró el avance notablemente. Al cabo de pocos minutos, la portilla se abrió y todos salieron a la cerrada noche. Un viento fortísimo arrastraba una espesa capa de aire gélido y nieve. Avanzaron entre la oscuridad, neutralizada tan sólo por la luz roja del interior del Zur y los haces de luz azul de las armas de los catanges. Después de unos cien metros, se encontraron de frente con un muro metálico, inmenso, resquebrajado y ennegrecido por algunas partes. Una puerta se abrió en medio de su superficie, a la altura del suelo. La luz blanca y un catange salieron del interior, dándoles la bienvenida.
 
  Podía notarlo. Ignoraba por completo si los demás lo sentían, no quería preguntarlo. Pero él sí. El latido, fuerte, firme, profundo, le infundía gran fuerza. Cada pulso le proporcionaba mil años de sabiduría, la energía de cien bombas de antimateria, la vida de todo Namur. Palpitante pero inmóvil, la oscura esfera les observaba desde el centro del lugar. Innumerables y puntiagudas cuchillas negras, dispuestas formando un complejo y bello patrón, les impedía acercarse más. Del interior de la áspera esfera, recubierta de estas extrañas formas, le llegaban y a la vez no, intensos pulsos de luz. Luz gris y polvorienta. El cómo podía sentir esto lo ignoraba. Lo que sí sabía desde un principio era que nadie podría conocer jamás que ocurrió exactamente en aquel lugar, ni qué escondía esa esfera. Estos altos conocimientos les estaba vedados a conciencias tan bajas como la humana. Herón estaba convencido. Apenas él comprendía parte lo que aquello significaba. Lo que sí debía era utilizar su poder, nada más.
  Miró a su alrededor. Arriba, un agujero de grandes dimensiones mostraba un cielo negro cuajado de estrellas. La noche, ahora calmada, proporcionaba amablemente la luz de las estrellas para iluminar un escenario antinatural e inquietante. Desde aquel punto, no se podía distinguir ninguna estructura humana, ni terrestre, siquiera. De registrar alguna imagen del lugar y publicarla en "La Capital", el público pensaría que se trataba de un rincón oculto de algún lejano planetoide. Se volvió hacia los catanges, tendidos en el suelo. Sus trajes, agrietados como telas raídas, dejaban entrever unos huesos ennegrecidos y quebradizos. Miró de nuevo la esfera, suspendida sobre una elegante columna de roca y agudas puntas negras. Satisfecho de lo que había creado, salió de lo que hace varios meses fue la Cámara Principal del Portal. Mientras el piloto elevaba el Zur Presidencial y lo encaminaba a "La Capital", Herón se preguntó cuál sería el siguiente paso.

Fragmento [Libro Primero] (Heron and his Mood Changes II)

  Tras la larga caminata bajo el sol, la oscuridad del templo no se le hacía opresiva, sino acogedora. Cientos de murmullos acompañaban un requiem profundo y lejano, bajo cuyo ritmo avanzaba. Lentamente, los presentes se dieron cuenta de su presencia. Algunos se le acercaron para dar a entender su pesar, pero Herón no posó siquiera su mirada sobre ellos. La frescura del aire, la pureza del ambiente, lo embargaban por completo, le impedían pararse y también le obligaban a centrar su atención en el centro de la estancia. Sobre tres extensos y bajos escalones, el altarse erguía bajo y tosco a primera vista. En su superficie, el agua era negra y vibraba con calma. Encima del altar, habían colocado un gran féretro negro, rodeado de flores negras y blancas. Todo alrededor, la gente de la ciudad se acercaba para murmurar unas cuantas palabras, aguantaba unos segundos paraa maravillarse de la belleza del escenario y volvía a salir del templo. Herón se fijó en que negros paños de terciopelo cubrían todas las columnas, de arriba abajo. Al fin alcanzó el altar. Sobre él, a gran altura, Ur vigilaba y guardaba la Armonía. Durante un largo instante, Herón no pensó en nada en absoluto. Simplemente, se quedó allí plantado, observando el elaborado conjunto, esperando sin esperar. Sin duda los presentes consideraron que estaba dolido. En realidad, el subconsciente de Herón trabajaba a pleno rendimiento, urdiendo y maquinando.
  Se acercó aún más al altar, subiendo el último escalón. Dos sacerdotes se volvieron hacia él, con la intención de detenerlo, pero no se movieron. Herón posó una mano sobre la madera negra y exhaló un hondo suspiro.
  -Adiós, Elenée -dijo, al fin-. Gracias.
  Más rápido de lo que él mismo esperaba, se volvió y se encaminó hacia la salida. La esplendorosidad de cuanto concebía se le presentaba ahora como la prueba definitiva de que iba por buen camino. Ante él, la luz del exterior carcomía una ciudad gris y cansada.
 
  -No tardará. Por favor, espere sentado -indicó el joven, señalando un asiento.
  Beckir se sentó y vio al joven marcharse con prisa por la misma dirección por la que había venido. Lentamente, se quitó los guantes. Bajo ellos, sus manos estaban enrojecidas y doloridas. Pasó varios minutos contemplándolas y moviendo las articulaciones, suponiendo que el forense tardaría incluso una hora en recibirle, pero al fin acudió a él en persona. Beckir alzó la mirada y contempló a un hombre extremadamente alto, con pelo negro y corto, nariz aguileña y cuencas hundidas. Inmediatamente, se levantó del asiento y le tendió una mano. El forense se la estrechó con fuerza y le indicó que le siguiese, sin mediar palabra. Su expresión determinante y seria le dio razones a Beckir para pensar que el asunto era aún más grave de lo que había dado a entender antes.
  -Perdone por la sequedad y la desinformación -se disculpó Lu cuando la puerta del laboratorio se cerró tras Beckir-. Tiene que hacerse a la idea de que estamos manejando un asunto muy delicado.
  -Dígame hasta qué punto -inquirió Beckir, mientras examinaba con calma la maquinaria del laboratorio.
  Lu se dirigió a la puerta del extremo opuesto de la sala, que se abrió con un silbido. Beckir lo siguió. Era la sala de autopsias. Diez placas metálicas, del tamaño de un humano medio, dispuestas en círculo, aguardaban frías y brillantes. A su alrededor, un extraño conjunto de dispositivos y herramientas aguardaban las próximas autopsias.
  -Hasta hace unas pocas horas, no estaba totalmente seguro de lo que había descubierto -comenzó Lu, mirando a Beckir a los ojos con una expresión asombrosamente grave-. Pero ahora tengo todas las confirmaciones posibles. Tantas que usted, con todo el respeto, no podría comprender ni la mitad.
  A Beckir no le molestó, sabía que Lu era el mejor experto en los mecanismos del cuerpo humano de la ciudad, con eso le bastaba para no tener que interesarse por detalles menores.
  -Expóngame entonces el caso -pidió Beckir. Ya se imaginaba de qué se trataba. Seguramente, uno de los últimos cadáveres resultaría ser la víctima de algún funcionario importante, tal vez incluso un Administrador o un militar. Fuera lo que fuese, debía actuar todo lo rápido que pudiese, antes de que se filtrara inadecuadamente.
  -Pasados veinte minutos de la medianoche del lunes, nos llegó el cuerpo de una mujer, treinta y dos años, metro setenta y ocho, ojos verdes, cabello negro y largo. Elenée Astar, Administradora del Consejo General de Administración Judicial, pareja de Herón Karanin.
  Lu enmudeció y esperó a ver la reacción de Beckir. Éste se sobresaltó e intentó volver a la calma disimuladamente. Lu le había llamado y lo había citado en secreto. No sería por una tontería ni mucho menos. Además, Elenée ya había sido enterrada. Lu estaba apunto de darle información que, de antemano, sabía que no debía salir a la luz. Se estaba confesando, expiándose, liberándose de la carga. El asunto era más que delicado.
  -Por favor, continúe -pidió Beckir, al fin. Lu lo miró con expresión incierta y continuó tras unos instantes.
  -Señor Hassan, yo personalmente llevé a cabo las exploraciones, completamente solo, creo que debe saberlo -suspiró y, tras un sólo segundo de duda, continuó, decidido-. La causa de la muerte no es ni mucho menos la que me vi obligado a confirmar en el informe. Elenée presentaba en realidad innumerables fracturas en costillas, vértebras y cráneo. Un gran número de fragmentos de hueso penetraron en el cerebro, causándole una hemorragia que la mató en menos de una hora. No puedo conocer el alcance real de los daños, porque no sé cómo se fracturó estos huesos, ni tuve valor de investigarlo. Hallé semen en la vagina. Los análisis inmediatos fijan la hora del supuesto coito en las once, once y media, de la noche del domingo. Claras y nítidas huellas en la ropa y el cuerpo de la mujer han señalado a una única persona, la misma apuntada por los análisis genéticos del esperma. Herón Karanin.
  -Puede ser que… -comenzó Beckir, consciente ya de lo inútil del esfuerzo, con la garganta seca.
  -Es como mínimo muy difícil. El márgen de tiempo es mínimo. Las pruebas son sólidas, simples. La claridad del caso es tal que me he visto obligado a falsificar el informe y llamarle a usted. Por eso estamos aquí. Puede estar seguro de que he recorrido todas las posibilidades. No hay más vuelta de hoja, lo siento.
  Beckir se volvió y comenzó a pasear gravemente por la sala de autopsias. Su cerebro trabajaba todo lo rápido que podía permitirse. Dos nubes opuestas de principios y valores se contrapusieron y le impidieron tomar una decisión firme y efectiva. Finalmente, paró y miró a Lu, pálido y desgarvado.
  -Déjelo todo en mis manos. Olvídese de todo este asunto, olvídese de que sabe medicina, de su nombre, de su forma de pensar. Olvídese de que existe y empiece a acostumbrarse ya a su nueva vida. Esta madrugada, a primera hora, un Zur llegará a su residencia y será llevado a su nuevo destino. Por el camino, podrá estudiar su nueva identidad. Sabía que iba a ser así, ¿verdad? -preguntó. Lu comenzaba a temblar, pero trató de sobreponerse y consiguió alzarse aún más, mostrando la fuerza que un hombre de sus dimensiones puede poseer.
  -Haga lo que crea adecuado, Hassan. Sólo espero que tenga más suerte que yo.
  Beckir, sin pensárselo más, sin perder más tiempo, salió de la sala, cruzó el laboratorio y salió del complejo. Se dirigió directamente a su casa, desde donde podría llevar a cabo todos los preparativos con calma.
 
  Una fábrica armamentística de Siberia había sucumbido al asedio del Imperio; se había firmado una débil tregua con la ONO; un gran diplómatico del Imperio, querido por todos por igual, se había sumido en unas fiebres provocadas por una enfermedad desconocida, tal vez una variante del Segador; un intento de mejorar la efectividad de los Cañones de Inducción de los buques repercutiría en un aumento considerable de la producción energética en gran parte de la EC; el mayor médico forense de toda "La Capital" había sido encontrado muerto en su casa por unos catanges que iban a llevarle información confidencial de un caso que llevaba; la creación de unidades Alneidas llegaba a su fin, en pocos meses, la raza estaría completa y lista para el combate.

Fragmento [Libro Segundo] (Danae)

  -Piensa en esto, Kana. Tras todas las acciones humanas existe una necia esperanza, una absurda necesidad de planificación, una voluntad de aprovechar el tiempo que nos pertenece, todo ligado a la única certeza, la certeza de que uno morirá, tarde o temprano. Yo te pregunto, ¿crees que podrás llevar una vida plena en ausencia de la muerte segura? -preguntó Él. Dio un hondo suspiro y se hizo un silencio prolongado pero no incómodo.
  Cuando Kana se volvió para contestarle, ya se había ido. Buscó con la mirada, pero sólo tuvo tiempo de ver una sombra deslizándose por la puerta. Ésta se cerró en silencio. Durante largo rato, contempló las sombras que se proyectaban sobre la puerta, repasando mentalmente la conversación. Había algo de cuanto había dicho Caronte que no le cuadraba, pero no llegaba a averiguar qué. Pronto sus pensamientos fueron vagando de un lugar a otro, hasta que cayó en la cuenta de que se sentía algo incómoda. No se atrevió a mirarla, ni a salir de la habitación, ni a acercársele. Permaneció allí, acurrucada, contemplando la fría puerta de metal y los reflejos de la pequeña llama del rincón.
  No pudo seguir ignorando su presencia cuando, tiempo después, se removió en su lecho. Automáticamente, Kana se volvió. El corazón se le paró cuando descubrió que ella la estaba mirando. De entre la gruesa manta y las sombras que la rodeaban, su mirada le llegaba clara e intensa.
  -Estás despierta -inquirió Kana con voz ahogada.
  -Sí. No puedo dormir -contestó Danae.
  -¿Estás mejor?
  -Digamos que… -comenzó Danae. Intentó cambiar de posición y su rostro se encogió de dolor un segundo-, dentro de poco podré ayudarte a cortar cabezas.
  -Los médicos han hecho un gran trabajo, pero no creo que debas salir otra vez, es demasiado peligroso.
  -Más peligroso sería no hacer nada y esperar a que lleguen hasta aquí -contestó, secamente-. No permaneceré entre sombras quejándome de mi convalecencia mientras vosotros os jugáis el pellejo porque podamos seguir respirando -Kana iba a interrumpir de nuevo, pero Danae la cortó-. Me dirás que soy demasiado importante, pero precisamente por eso os acompañaré, porque me han elegido como su líder. Como tal, no me permitiré el lujo de acompañarlos hasta la muerte, sino que evitaré que esta les alcance.
  Kana no pudo contestarle, por lo que calló. Un pesado silencio cayó entre ambas. De lejos, un amortiguado lamento, o grito, le devolvió a Kana a la realidad. Una ráfaga inexistente de aire frío le dio también conocimiento de que sus músculos estaban helados y entumecidos.
  -No seas estúpida, Kana -dijo de pronto Danae, justo detrás de ella. Kana se volvió. Casi podía verse reflejada en la oscuridad de los ojos verdes.- No tienes por qué protegerme, de nada en absoluto. Ni yo a ti. Pero que tengamos vidas independientes, eternas o autosuficientes no significa que no podamos coincidir en la misma habitación, ¿verdad?
  Los pensamientos de Kana comenzaron a fluir tan rápidamente que simplemente se saturó, dejó tras de sí un vacío absoluto y calló. De alguna forma que nunca podría explicar, en su mirada Danae pudo ver un fugaz pensamiento, una voluntad, una afirmación.
  -No quieras morir de frío en el suelo, entra conmigo -dijo finalmente Danae, con una mirada oscura, levantando ampliamente la manta. Bajo ella, otra manta de cálida negrura y un cuerpo desnudo, de suaves curvas, recibían a Kana.
  Rápidamente, sin mediar palabra, Kana se deshizo de toda su ropa fría y gris, y se introdujo en el lecho. Bajo el brusco cambio de temperatura, sus músculos se lo agradecieron y su piel comenzó a recobrar la sensibilidad. Sin pensárselo más, tendió sus brazos hacia el cuerpo de Danae, que le envió también los suyos. Se enterraron en la oscuridad de la manta y el calor de sus cuerpos, en silencio y sin moverse.
  Un hondo e intenso estado de calma invadió la mente de Kana, cuya respiración empezaba a acelerarse sin razón. Instintiva, lentamente, su cadera comenzó a moverse rítmicamente. Con una mano, notaba la fuerza del corazón de Danae, tan rápido como el suyo, tan rápido como sus movimientos. Con la otro, exploraba su cuerpo, buscando sin prisa pero ansiosa. Notó bajo sus dedos la aspereza de las dos cicatrices, la extrema suavidad de la piel de su espalda, la agradable textura de su largo cabello, el húmedo ardor de sus adentros. Danae, desesperada, acercó sus labios a una oreja, empezó a susurrarle varias palabras que no pudo oir, y comenzó también a retorcerse y recorrer todo el cansado cuerpo de Kana con todo su cuerpo, como si tratara de encontrar la postura en que la máxima superficie de piel la tocara, sin encontrarla. Una de sus manos se encontró con su cuello y lo recorrió como si tratara de cogerlo para sí. En medio del ordenado caos de brazos y piernas, comenzaron a vibrar, a exprimir las últimas fuerzas de sus cuerpos y a coordinar sus movimientos. La negrura, el calor, el tacto de la tela, de la piel, del pelo, de sus extraviadas lenguas o de sus encolerizadas entrepiernas se fueron apartando, para dejar paso al más absoluto y placentero vacío, que las alejó del tiempo y de la habitación. Sus mejillas, sus bocas, sus piernas, sus manos, se recorrían mutuamente a gran velocidad, mezclando sus sustancias, su calor. La cama, demasiado pequeña para sus aspiraciones, reventó y las expuso a un aire frío y despiadado, pero aquella otra realidad no hizo sino obligarlas a apretarse aún más, estrujando sus miembros hasta la última sacudida. Ahora con más espacio, sus cuerpos se extendían hacia arriba y hacia los lados, permitiendo que en sus movimientos casi alcanzasen el techo. Entre violentas sacudidas, ritmos extenuantes y hondos gemidos, sus fuerzas fueron extinguiéndose, su placer tendió al infinito y finalmente se desvaneció tras una capa de fría realidad. Lentamente, con suavidad, se recostaron de nuevo, se echaron la manta encima, se abrazaron firmemente bajo ella y se sumieron ambas en un largo sueño.
  Aquella vez, ni Teniam, ni oscuras criaturas, ni eternas maldiciones o guerras infinitas acudieron a la vulnerable mente de Kana. Sólo una sensación, un olor, un roce, indefinido y pleno. La oscuridad, cálida y protectora, arropó con sus brazos a Kana y Danae, mientras la luna negra extendía su dominio sobre las llanuras.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Títulos

El Libro de los Mitos
 
El Patriarca
 
Danya
 
Sector Omega
 
El Ojo de Ak
 
 
  Por ahora son todos provisionales, sobre todo el penúltimo, para para guiarse creo que no está mal. Salut!

Fragmento [otro]

  El frío se le incrustaba en los mismos huesos. Un frío tan claro, profundo y puro como la débil pero definida luz que las nubes reflejaban sobre la tierra. Bajo ella, el metal alneida zumbaba y vibraba con intensidad. De más abajo aún le llegaban lejanos sonidos, de violencia, de ira.
  -¿Ha llegado el momento? -le preguntó una voz, a su lado.
  -Sí -contestó. Se volvió para mirar al Alneida, que ya se había ido. Más allá, una figura alta y elegante surgió del casco de la nave. Ómicron llevaba una holgada capa negra, que ondeaba con calma alrededor de su delgado cuerpo. A la espalda, una larga lanza esperaba ser usada. Kana se inclinó levemente cuando Ómicron se hubo acercado lo suficiente.
  -Saludos -dijo Ómicron, inclinándose a su vez.
  -El tiempo corre. Tengo que irme pronto, con tu permiso -dijo Kana sosteniéndole una mirada a su rostro sin facciones.
  -No hay problema. Espero que hayamos sido de la suficiente ayuda, señora.
  -Sin duda. Y espero que no tengáis que intervenir más, a no ser que se os echen encima también.
  -No puedo evitar pensar que podría hacer algo más para ayudaros -confesó el Emperador acercándose más, pero aún con una alta porte.
  -Son nuestros asuntos, Ómicron, no los vuestros. Además, nadie tiene la respuesta absoluta, la verdad. No podrías saber si estás obrando bien o mal.
  -Pues te dejo ir sin más reparos, entonces.
  -Espero volver a veros.
  -Igualmente, señora -contestó Ómicron.
  Kana se volvió, sin más preámbulos. Avanzó hacia el otro extremo del casco. Desde allí se asomó. Abajo, el suelo se movía a gran velocidad, dejando pasar tanques, escombros, muertos, vivos y manchas de oscuridad y de niebla que comenzaban a cubrir todo el terreno. Durante unos segundos, giró la cabeza para comprobar que Ómicron, alto y poderoso, seguía mirándola desde el centro de la lisa superficie, esperando. De nuevo miró abajo, a la turba de humanos que luchaban desesperados. En ese instante, seguramente por orden de Ómicron, la nave aminoró el avance y comenzó a dar un giro muy cerrado y rápido. Iba a dar media vuelta. Era el momento. Adelantó un pie y dejó que su peso se alejase de la nave, arrojando su cuerpo al vacío, a la bruma, al fuego, a la oscuridad.
 
  -Necesitamos tambores aquí, no lo repetiré más -dijo el capitán. Una serie de lejanos murmullos difusos le contestó-. ¡Me importan una mierda los condensadores! Quiero abrir una vía hasta aquí ya. ¡Trae tambores ahora!
  Tras otra contestación, el capitán siguió intentando traer de vuelta los tambores. Los demás no tenían ninguna esperanza al respecto. Ya les daba igual, de hecho. Estaban en trance, en un estado de shock sin pausa. Los disparos se sucedían como si fueran uno solo. Los muertos se habían ido desplazando hacia el oeste, comenzaban a tener más espacio para maniobrar, y menos enemigos a los que detener, pero las pocas municiones y el cansancio amenazaba con eliminarles minutos antes de que el frente se hubiese alejado definitivamente del lugar. Entonces, un rugido los sacó de su estado. Al norte, un Ángel Negro, armado con un contundente trozo de metal, aporreaba algún punto del suelo, cabreado como un infante. A los pocos segundos, una figura oscura y pequeña en comparación, ágil en movimientos, se abalanzó sobre el Ángel, hincándole un alargado objeto repetidas veces en la cabeza. El Ángel cayó al suelo. El cúmulo que se interponía entre ellos y el Ángel les impidió ver qué pasaba, pero no tuvo que pasar un minuto para que la bestia llegase al lugar, arrastrándose y vociferando grotescamente, excretando extrañas sustancias oscuras por las vacías cuencas de los ojos. Una mujer, armada con una espada empapada en sangre negra y un rifle de criobinita a la espalda, además de extraños dispositivos y pertrechos, pero con poca protección, apareció tras el Ángel, dispuesta a acabar con él. Subida a la abominación, alzó ambos brazos, con los que empuñaba la espada, y arremetió contra la cabeza, cercenándola con facilidad. El monstruo se sacudió durante unos segundos, impregnando a todos con sus líquidos hediondos y removiendo la chatarra acumulada.
  La mujer se levantó y se apartó del Ángel, dejando ver a los soldados su bello rostro. Su cabello, a ras de los hombros y negro como el cielo sobre ella, era lo más puro que, junto con su piel, habían visto en todo el día.
  -¡Salve Kana, señora de los Vivos! -gritó el capitán, acabando con el extraño silencio que había inaugurado la llegada de la mujer-. Estamos salvados, al fin.

Marina

Miro alrededor y no veo nada, suspiro y me limito a besarte el cuello. Que no me miren, que no me piensen, yo tampoco lo haré. Tengo mejores cosas que hacer.
Siento interrumpir, necesito ver tus ojos, no me basta que te evadas en mi hombro, que dejes de existir, que empieces a existir. No me basta olerte. Lo siento, quiero mirarte a los ojos y saber que sigues ahí, despierta o dormida. Tenía que mirar. Ahora lo sé.
Estás ahí.
Con eso me basta.
Sigo sin comprender la profundidad de la función seno. La trigonometría se me da mal; nunca me han enseñado ondas, además. Pero imagino que mi conciencia forma eso, una especie de seno. Llendo y viniendo indefinidamente, una y otra vez. Nunca estoy dormido (tal vez una vez sí, ojalá fuesen más), nunca estoy despierto (o no creo estarlo del todo). Tras un rato indefinido sumido en una inconsciencia suave, ingrávida, regreso a la tierra, no bruscamente, sino como una onda, lentamente, alcanzando una cima lisa, después, tras quizá averiguar qué hora es, quien coño soy, dónde estoy, en qué milenio nací y en cual moriré, caigo otra vez, inevitablemente. Sin duda, formas algún tipo de campo cuyas propiedades físicas no han sido medidas a día de hoy. No me importa, tampoco me importa vivir acurrucado junto a ti, recostado sobre la suavidad de un seno.
 
Continuará
 
 
 
Te quiero

Pregunto (Respondo)

  No es nada serio, pero os pregunto (os iba a preguntar, me corrijo mientras escribo), ¿queréis que siga publicando aquí mis reflexiones? Ahora me autorespondo. Como soberanamente os la suda mis reflexiones, las iré publicando y pasando al otro blog, el de Ihkera Danya, continuando aquí con el inconexo hilo de mis narraciones. Salut!

La Insoportable Gravedad del Ser [Principios]

EL SER ES
 
EL NO SER ES POTENCIA DE SER
 
LA VOLUNTAD DEL ENTE HACE QUE LA POTENCIA SEA
 
LA VOLUNTAD UNE LA POTENCIA DE SER Y EL SER
 

EL SER HUMANO, POR TENER VOLUNTAD, ES INDEPENDIENTE DE ENTES SUPERIORES

 

EL HUMANO, POR NO CONTACTAR CON LA VOLUNTAD DEL SER HUMANO, TIENE UNA VOLUNTAD LIMITADA
(DEPENDIENTE MÁS DE LO QUE ES QUE DE LO QUE PUEDE SER)
 

PARA AUMENTAR LA VOLUNTAD, EL HUMANO HA DE CONOCER LA VOLUNTAD DEL SER HUMANO
 

EL HUMANO DESEA CONOCER LA VOLUNTAD DEL SER HUMANO

 
LA VOLUNTAD DE DESTRUIR Y LA VOLUNTAD DE DESTRUIR ACERCAN AL HUMANO AL SER HUMANO
 

INDEPENDIENTEMENTE, CADA HUMANO ACABA ALCANZANDO AL SER HUMANO
("No reconocer la muerte como parte de la vida es no reconocer la vida tal y como es" Caronte. Esto es así porque el fin último de un humano sobre la Tierra es morir, para así unirse a la Conciencia de la Humanidad, o Ser Humano, y con ella a la del Mundo)