Fragmento [otro]

  El frío se le incrustaba en los mismos huesos. Un frío tan claro, profundo y puro como la débil pero definida luz que las nubes reflejaban sobre la tierra. Bajo ella, el metal alneida zumbaba y vibraba con intensidad. De más abajo aún le llegaban lejanos sonidos, de violencia, de ira.
  -¿Ha llegado el momento? -le preguntó una voz, a su lado.
  -Sí -contestó. Se volvió para mirar al Alneida, que ya se había ido. Más allá, una figura alta y elegante surgió del casco de la nave. Ómicron llevaba una holgada capa negra, que ondeaba con calma alrededor de su delgado cuerpo. A la espalda, una larga lanza esperaba ser usada. Kana se inclinó levemente cuando Ómicron se hubo acercado lo suficiente.
  -Saludos -dijo Ómicron, inclinándose a su vez.
  -El tiempo corre. Tengo que irme pronto, con tu permiso -dijo Kana sosteniéndole una mirada a su rostro sin facciones.
  -No hay problema. Espero que hayamos sido de la suficiente ayuda, señora.
  -Sin duda. Y espero que no tengáis que intervenir más, a no ser que se os echen encima también.
  -No puedo evitar pensar que podría hacer algo más para ayudaros -confesó el Emperador acercándose más, pero aún con una alta porte.
  -Son nuestros asuntos, Ómicron, no los vuestros. Además, nadie tiene la respuesta absoluta, la verdad. No podrías saber si estás obrando bien o mal.
  -Pues te dejo ir sin más reparos, entonces.
  -Espero volver a veros.
  -Igualmente, señora -contestó Ómicron.
  Kana se volvió, sin más preámbulos. Avanzó hacia el otro extremo del casco. Desde allí se asomó. Abajo, el suelo se movía a gran velocidad, dejando pasar tanques, escombros, muertos, vivos y manchas de oscuridad y de niebla que comenzaban a cubrir todo el terreno. Durante unos segundos, giró la cabeza para comprobar que Ómicron, alto y poderoso, seguía mirándola desde el centro de la lisa superficie, esperando. De nuevo miró abajo, a la turba de humanos que luchaban desesperados. En ese instante, seguramente por orden de Ómicron, la nave aminoró el avance y comenzó a dar un giro muy cerrado y rápido. Iba a dar media vuelta. Era el momento. Adelantó un pie y dejó que su peso se alejase de la nave, arrojando su cuerpo al vacío, a la bruma, al fuego, a la oscuridad.
 
  -Necesitamos tambores aquí, no lo repetiré más -dijo el capitán. Una serie de lejanos murmullos difusos le contestó-. ¡Me importan una mierda los condensadores! Quiero abrir una vía hasta aquí ya. ¡Trae tambores ahora!
  Tras otra contestación, el capitán siguió intentando traer de vuelta los tambores. Los demás no tenían ninguna esperanza al respecto. Ya les daba igual, de hecho. Estaban en trance, en un estado de shock sin pausa. Los disparos se sucedían como si fueran uno solo. Los muertos se habían ido desplazando hacia el oeste, comenzaban a tener más espacio para maniobrar, y menos enemigos a los que detener, pero las pocas municiones y el cansancio amenazaba con eliminarles minutos antes de que el frente se hubiese alejado definitivamente del lugar. Entonces, un rugido los sacó de su estado. Al norte, un Ángel Negro, armado con un contundente trozo de metal, aporreaba algún punto del suelo, cabreado como un infante. A los pocos segundos, una figura oscura y pequeña en comparación, ágil en movimientos, se abalanzó sobre el Ángel, hincándole un alargado objeto repetidas veces en la cabeza. El Ángel cayó al suelo. El cúmulo que se interponía entre ellos y el Ángel les impidió ver qué pasaba, pero no tuvo que pasar un minuto para que la bestia llegase al lugar, arrastrándose y vociferando grotescamente, excretando extrañas sustancias oscuras por las vacías cuencas de los ojos. Una mujer, armada con una espada empapada en sangre negra y un rifle de criobinita a la espalda, además de extraños dispositivos y pertrechos, pero con poca protección, apareció tras el Ángel, dispuesta a acabar con él. Subida a la abominación, alzó ambos brazos, con los que empuñaba la espada, y arremetió contra la cabeza, cercenándola con facilidad. El monstruo se sacudió durante unos segundos, impregnando a todos con sus líquidos hediondos y removiendo la chatarra acumulada.
  La mujer se levantó y se apartó del Ángel, dejando ver a los soldados su bello rostro. Su cabello, a ras de los hombros y negro como el cielo sobre ella, era lo más puro que, junto con su piel, habían visto en todo el día.
  -¡Salve Kana, señora de los Vivos! -gritó el capitán, acabando con el extraño silencio que había inaugurado la llegada de la mujer-. Estamos salvados, al fin.

2 comentarios »

  1. Lina Said:

    Sonidos de violencia, de iraondeaba con calmael suelo se movía a gran velocidad, dejando pasar tanques, escombros, muertos, vivos y manchas de oscuridad y de nieblaSolo dos cositas mal:Como se le sostiene la mirada a un rostro sin facciones? si no hay facciones no hay ojos, y sin ojos no hay mirada, no? XDcabreado como un infante?? apiuf. no pega nada xDA pesar de todos los dimes y diretes, estás en posesión del don o habilidad de hilvanar las palabras para lograr la consecución del mas bello acto humano después del sexo: la comunicación. Osea, que eres bueno, tio

  2. Avaron Said:

    "Como se le sostiene la mirada a un rostro sin facciones? si no hay facciones no hay ojos, y sin ojos no hay mirada, no? XDcabreado como un infante?? apiuf. no pega nada xD"A lo primero, qué decir, he ahí la ironía. Que no tenga ojos no significa que no te pueda mirar. Lo segundo ya es otra cosa, unido a expresiones como la del suelo que se mueve bajo ella, son solo errores de expresión, por escribirlo sin pensarlo.


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