Fragmento [Libro Primero] (Heron and his Mood Changes II)

  Tras la larga caminata bajo el sol, la oscuridad del templo no se le hacía opresiva, sino acogedora. Cientos de murmullos acompañaban un requiem profundo y lejano, bajo cuyo ritmo avanzaba. Lentamente, los presentes se dieron cuenta de su presencia. Algunos se le acercaron para dar a entender su pesar, pero Herón no posó siquiera su mirada sobre ellos. La frescura del aire, la pureza del ambiente, lo embargaban por completo, le impedían pararse y también le obligaban a centrar su atención en el centro de la estancia. Sobre tres extensos y bajos escalones, el altarse erguía bajo y tosco a primera vista. En su superficie, el agua era negra y vibraba con calma. Encima del altar, habían colocado un gran féretro negro, rodeado de flores negras y blancas. Todo alrededor, la gente de la ciudad se acercaba para murmurar unas cuantas palabras, aguantaba unos segundos paraa maravillarse de la belleza del escenario y volvía a salir del templo. Herón se fijó en que negros paños de terciopelo cubrían todas las columnas, de arriba abajo. Al fin alcanzó el altar. Sobre él, a gran altura, Ur vigilaba y guardaba la Armonía. Durante un largo instante, Herón no pensó en nada en absoluto. Simplemente, se quedó allí plantado, observando el elaborado conjunto, esperando sin esperar. Sin duda los presentes consideraron que estaba dolido. En realidad, el subconsciente de Herón trabajaba a pleno rendimiento, urdiendo y maquinando.
  Se acercó aún más al altar, subiendo el último escalón. Dos sacerdotes se volvieron hacia él, con la intención de detenerlo, pero no se movieron. Herón posó una mano sobre la madera negra y exhaló un hondo suspiro.
  -Adiós, Elenée -dijo, al fin-. Gracias.
  Más rápido de lo que él mismo esperaba, se volvió y se encaminó hacia la salida. La esplendorosidad de cuanto concebía se le presentaba ahora como la prueba definitiva de que iba por buen camino. Ante él, la luz del exterior carcomía una ciudad gris y cansada.
 
  -No tardará. Por favor, espere sentado -indicó el joven, señalando un asiento.
  Beckir se sentó y vio al joven marcharse con prisa por la misma dirección por la que había venido. Lentamente, se quitó los guantes. Bajo ellos, sus manos estaban enrojecidas y doloridas. Pasó varios minutos contemplándolas y moviendo las articulaciones, suponiendo que el forense tardaría incluso una hora en recibirle, pero al fin acudió a él en persona. Beckir alzó la mirada y contempló a un hombre extremadamente alto, con pelo negro y corto, nariz aguileña y cuencas hundidas. Inmediatamente, se levantó del asiento y le tendió una mano. El forense se la estrechó con fuerza y le indicó que le siguiese, sin mediar palabra. Su expresión determinante y seria le dio razones a Beckir para pensar que el asunto era aún más grave de lo que había dado a entender antes.
  -Perdone por la sequedad y la desinformación -se disculpó Lu cuando la puerta del laboratorio se cerró tras Beckir-. Tiene que hacerse a la idea de que estamos manejando un asunto muy delicado.
  -Dígame hasta qué punto -inquirió Beckir, mientras examinaba con calma la maquinaria del laboratorio.
  Lu se dirigió a la puerta del extremo opuesto de la sala, que se abrió con un silbido. Beckir lo siguió. Era la sala de autopsias. Diez placas metálicas, del tamaño de un humano medio, dispuestas en círculo, aguardaban frías y brillantes. A su alrededor, un extraño conjunto de dispositivos y herramientas aguardaban las próximas autopsias.
  -Hasta hace unas pocas horas, no estaba totalmente seguro de lo que había descubierto -comenzó Lu, mirando a Beckir a los ojos con una expresión asombrosamente grave-. Pero ahora tengo todas las confirmaciones posibles. Tantas que usted, con todo el respeto, no podría comprender ni la mitad.
  A Beckir no le molestó, sabía que Lu era el mejor experto en los mecanismos del cuerpo humano de la ciudad, con eso le bastaba para no tener que interesarse por detalles menores.
  -Expóngame entonces el caso -pidió Beckir. Ya se imaginaba de qué se trataba. Seguramente, uno de los últimos cadáveres resultaría ser la víctima de algún funcionario importante, tal vez incluso un Administrador o un militar. Fuera lo que fuese, debía actuar todo lo rápido que pudiese, antes de que se filtrara inadecuadamente.
  -Pasados veinte minutos de la medianoche del lunes, nos llegó el cuerpo de una mujer, treinta y dos años, metro setenta y ocho, ojos verdes, cabello negro y largo. Elenée Astar, Administradora del Consejo General de Administración Judicial, pareja de Herón Karanin.
  Lu enmudeció y esperó a ver la reacción de Beckir. Éste se sobresaltó e intentó volver a la calma disimuladamente. Lu le había llamado y lo había citado en secreto. No sería por una tontería ni mucho menos. Además, Elenée ya había sido enterrada. Lu estaba apunto de darle información que, de antemano, sabía que no debía salir a la luz. Se estaba confesando, expiándose, liberándose de la carga. El asunto era más que delicado.
  -Por favor, continúe -pidió Beckir, al fin. Lu lo miró con expresión incierta y continuó tras unos instantes.
  -Señor Hassan, yo personalmente llevé a cabo las exploraciones, completamente solo, creo que debe saberlo -suspiró y, tras un sólo segundo de duda, continuó, decidido-. La causa de la muerte no es ni mucho menos la que me vi obligado a confirmar en el informe. Elenée presentaba en realidad innumerables fracturas en costillas, vértebras y cráneo. Un gran número de fragmentos de hueso penetraron en el cerebro, causándole una hemorragia que la mató en menos de una hora. No puedo conocer el alcance real de los daños, porque no sé cómo se fracturó estos huesos, ni tuve valor de investigarlo. Hallé semen en la vagina. Los análisis inmediatos fijan la hora del supuesto coito en las once, once y media, de la noche del domingo. Claras y nítidas huellas en la ropa y el cuerpo de la mujer han señalado a una única persona, la misma apuntada por los análisis genéticos del esperma. Herón Karanin.
  -Puede ser que… -comenzó Beckir, consciente ya de lo inútil del esfuerzo, con la garganta seca.
  -Es como mínimo muy difícil. El márgen de tiempo es mínimo. Las pruebas son sólidas, simples. La claridad del caso es tal que me he visto obligado a falsificar el informe y llamarle a usted. Por eso estamos aquí. Puede estar seguro de que he recorrido todas las posibilidades. No hay más vuelta de hoja, lo siento.
  Beckir se volvió y comenzó a pasear gravemente por la sala de autopsias. Su cerebro trabajaba todo lo rápido que podía permitirse. Dos nubes opuestas de principios y valores se contrapusieron y le impidieron tomar una decisión firme y efectiva. Finalmente, paró y miró a Lu, pálido y desgarvado.
  -Déjelo todo en mis manos. Olvídese de todo este asunto, olvídese de que sabe medicina, de su nombre, de su forma de pensar. Olvídese de que existe y empiece a acostumbrarse ya a su nueva vida. Esta madrugada, a primera hora, un Zur llegará a su residencia y será llevado a su nuevo destino. Por el camino, podrá estudiar su nueva identidad. Sabía que iba a ser así, ¿verdad? -preguntó. Lu comenzaba a temblar, pero trató de sobreponerse y consiguió alzarse aún más, mostrando la fuerza que un hombre de sus dimensiones puede poseer.
  -Haga lo que crea adecuado, Hassan. Sólo espero que tenga más suerte que yo.
  Beckir, sin pensárselo más, sin perder más tiempo, salió de la sala, cruzó el laboratorio y salió del complejo. Se dirigió directamente a su casa, desde donde podría llevar a cabo todos los preparativos con calma.
 
  Una fábrica armamentística de Siberia había sucumbido al asedio del Imperio; se había firmado una débil tregua con la ONO; un gran diplómatico del Imperio, querido por todos por igual, se había sumido en unas fiebres provocadas por una enfermedad desconocida, tal vez una variante del Segador; un intento de mejorar la efectividad de los Cañones de Inducción de los buques repercutiría en un aumento considerable de la producción energética en gran parte de la EC; el mayor médico forense de toda "La Capital" había sido encontrado muerto en su casa por unos catanges que iban a llevarle información confidencial de un caso que llevaba; la creación de unidades Alneidas llegaba a su fin, en pocos meses, la raza estaría completa y lista para el combate.

2 comentarios »

  1. Lina Said:

    Joer, me encanta enterico! y el ultimo párrafo… genial!lo que pasa es que no entiendo lo del semen en la vagina de Elenée. Habiendo ya huellas, de que sirve encontrarlo? no aporta nada a la linea argumental, o si?

  2. Avaron Said:

    En realidad no. Pero puedes entender que, aparte del último polvo de Herón. Sería casi su último acto como humano.


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