Fragmento [Libro Cuarto]

  Un viento poderoso e inclemente arrastraba el humo, el polvo y los alaridos de las batallas que sacudían el mundo. La luz solar ya se había perdido entre la densa capa de nubes oscuras que cubrían todo. Un frío penetrante y mortal lo inundaba todo como un mar invisible de desesperanza. Vivos, muertos, máquinas sin alma, extraños espectros, seres de otros universos y poderosos entes se descuartizaban y aniquilaban mutuamente. Desde todos los puntos del espacio surgían y desaparecían, espontáneamente, ingentes cantidades de pequeños seres o máquinas asesinos y siniestros, o titánicas astronaves ardientes y oscuras. A medida que el frío, la oscuridad, la sangre, el polvo, anegaban el mundo, los corazones de los humanos se encogían y se congelaban. Débiles seres conscientes atrapados en el seno de una guerra incomprensible, letal y omnipresente. Tarde, como es su costumbre, comenzaron a caer en la cuenta de cuán patética era toda forma de guerra, por impresionante que fuera su magnitud o puras las razones que la causaran, porque no era ésta una fundada en razones más sólidas que las que causaran cualquiera de las guerras que sacudieran la Humanidad.

  El silencio se le hizo casi tan pesado como la visión que el mundo le ofrecía en ese momento. En el punto álgido de su conciencia, Kana pudo observar cómo la oscuridad engullía todo rastro de luz, cómo el Caos aniquilaba todo rastro de razón u orden. Sus decisiones habían, al fin, culminado en una guerra interuniversal. Al fin, la Humanidad conseguía comprender su propia naturaleza. Ahora todos y cada uno de los hombres y mujeres que no se encontraran en ese universo eran plenamente conscientes de todo lo que eran, de todo lo que les rodeaba. De todo lo que fue y sería. Y siendo ahora conscientes, comprendieron también que la Humanidad agonizaba. Los últimos latidos del corazón de su Conciencia sobrepasaban todas las barreras. Kana podía oír los latidos, los estertores, por encima de los aullidos de los Entes que se acoplaban al alarido del viento, por encima del ruido de las innumerables explosiones, de los desgarramientos de las rocas y del rugido provocado por la ruptura del tejido mismo del universo. Kana era consciente ahora de que lo había conseguido. Se había propuesto llevar a la Humanidad a un estado superior. Se había propuesto aunar los humanos a su Conciencia, alzarlos para que pudiesen ver todo lo que ella podía ver, para que contemplasen la vasta realidad que se había tendido ante ellos.

  Lo había conseguido.

  Con total calma, las palabras de Teniam le advertían de que los caminos que la Humanidad podría seguir pertenecían al azar, que cualquier decisión podría terminar en desastre o en éxito, que en último término no importaba la intencion, ni los caminos, si no el punto final, dependiente de todas las variables que el Multiverso ofrecía. Herón le había comunicado, oscura pero repetidamente, el mismo mensaje. Al Multiverso no le importaba las justificaciones, a la Humanidad tampoco. El fin justifica los medios. Pero para Kana no era así, ella no había podido contemplar el rostro de la Humanidad y a la vez creer que la Voluntad no podría llevarla a hacer lo que se propusiera con los humanos. Se había equivocado.

  Fulgurantes y demasiado brillantes, extraños chorros de algún tipo de materia aparecían momentáneamente en cualquier punto del vacío. El viento, poco a poco, desapareció. Frío, oscuridad, era todo lo que podían sentir. En medio de la última gran Guerra, en el seno de la Guerra, hombres, mujeres, niños, ancianos, asumieron que ninguno de ellos viviría para ver salir el Sol una vez más. El Sol mismo se estaba desintegrando, expulsando violentas emanaciones de plasma candente, que caía inexorablemente en los negros desgarramientos que pululaban a su alrededor. Cientos de entes de este tipo rodeaban el Sol y todos los astros, desintegrando la materia, enguyendo la energía, desgarrando el Tejido y acelerando la Muerte.

  El Árbol, altísimo, elegante y centelleante, se estaba quebrando. Bajo él, el Libro y el Portal eran lo único que permanecían intactos. En todas las ciudades del mundo, los rascacielos, los reactores, y en todos los lugares los árboles, las rocas, los animels, se desintegraban y su polvo se unía a la gran nube dispersa y gris que estaba reemplazando al planeta y a todos los astros. Sobre ellos, a todo lo largo y lo ancho del universo, las hordas de todos los bandos se disputaban la posibilidad de aniquilar las estrellas, las formas de vida, los mundos. Todos los restos de materia, todo ápice de energía, era devorado por una máquina, por un ser de alma negra, por un Ente hambriento y vil.

  Los últimos bastiones de la Humanidad cayeron con facilidad ante la horda carroñera, ante las masas devoradoras de mundos. Estos seres intentaron incluso penetrar en la conciencia de sus víctimas para alimentarse de esa finita pero titánica fuente de energía, en vano. Descuartizaban sus cuerpos, devoraban sus huesos, sus músculos, su piel y sus órganos les servía de momentáneo atuendo de guerra o de arma ante las otras hordas, pero no les bastaba. Siguieron intentando penetrar en la Conciencia mientras escuchaban los penosos y retorcidos latidos últimos. Ak, a cuyo seno iba gran parte de la energía y materia que se devoraba en esos momentos, creció y creció hasta ocupar un espacio inmenso. Su presencia negra y gélida se iba haciendo mayor a medida que grandes cantidades de máquinas se aniquilaban entre sí o a sí mismas y los Entes se dispersaban y desaparecían del agonizante universo. Dejado a su suerte, exhalando débiles pulsos de energía y pequeñas nubes de materia informe, el universo comenzó a desgarrarse sin remedio por todos los puntos. Ak, utilizando su inmenso poder, se contrajo sobre sí mismo y desapareció lentamente. El tiempo se ralentizó hasta que, al fin, se congeló. Todo rastro de materia y todo hado de energía desaparecieron en la inmensidad del vacío, o penetraron en algunas de las innumerables fisuras que surcaban el vacío infinito.

  Kana descansó. Lo había conseguido.

  El último latido de la Conciencia de la Humanidad precedió al absoluto silencio.

 

FIN

3 comentarios »

  1. Lina Said:

    APOTEÓSICO!Sobre todo el ultimo parrafo… sencillamente apoteosico. enhorabuena🙂

  2. Lina Said:

    es increible como consigas que vea ante mis ojos toda la guerra, la muerte y la sangre, y que llegue a oir los gritosy el ultimo parrafo es sencillamente perfectocomentame tu a mi cerdaca ¬¬

  3. Dante Said:

    Esta chulo, sabes lo que le falta, el resto de la historia


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