Archive for febrero, 2009

Fragmento [Libro xXx] (El Libertador II)

   Lentamente, como esperando que cambiara de opinión en el último momento, el hombre cerró la puerta. La luz y el sonido desaparecieron a la vez que lo hizo su rostro inexpresivo. Oscuridad, de nuevo. El Libertador esperó oir pasos que se alejaban, pero sólo el silencio le llegó desde detrás de la puerta blindada. Contempló la fría habitación en que se había encerrado. Sus paredes de piedra pálida lo contemplaban a él con ojos etéreos y siniestros desde los terribles glifos y dibujos arcanos que habían tallado en ellas. En el muro que tenía frente a sí, una pequeña ventana daba al resto del mundo, que continuaba con su ritmo inalterable, al margen del poder de su voluntad. En el caso de que el Ser reapareciese, el muro se movería y la ventana se cerraría, así como el hueco de la puerta, sumiendo la habitación en la verdadera negrura y bloqueando a la criatura, que se encontraría completamente rodeada por los glifos y símbolos.
  Sonrió nerviosamente, se convenció a sí mismo de que, por muy largo que fuese el proceso, conseguiría que el Ser se rindiese o que fuese perdiendo el contacto con la extraña fuerza de la que se nutría para desaparecer después. Sabía que tenía razón, sabía que lo conseguiría, pero al descubrir sobre él la titánica cantidad de tiempo que podría necesitar para ello, prefirió dejar de pensar en ello, relajar el ritmo de sus pensamientos y abstraerse todo lo que pudiera para eludir el dolor del paso del tiempo. Se sentó en el suelo, con la vista fija en el reducido trozo de cielo que la ventana le ofrecía y dejó que sus pensamientos fluyesen hacia donde quisiesen.
  De nuevo, les perdió la vista a sus pensamientos. Fluyeron con rapidez hacia la nebulosa de la inconsciencia en cuanto se despistó. Entonces llegó la oscuridad y amenazó con hacerse con el control de su persona otra vez. Unos segundos después, su verdadera consciencia despertó cuando el Ser, ahora en pie junto a la puerta, se disponía a arremeter contra ella hasta que cediera o su cuerpo se triturase. Agradeciendo que hubiera retomado el control tan rápidamente, El Libertador volvió al centro de la habitación, contempló como la puerta y la ventana volvían a ser visibles, cómo los muros se reconfiguraban para felicitarle por su éxito y cómo el inicio de la noche les dio la oportunidad de despedir un fulgurante y débil brillo irisado. Fuera como fuese, mientras el Ser no estuviese presente, cierto grado de luz le iluminaría. Dio gracias por ello, al menos.
  Sin otro remedio, El Libertador tuvo que centrarse en el largo tormento que le quedaba por delante antes que darle la oportunidad al Ser de regresar.

Otra entrada representando una escena parecida

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Fragmento [Libro xXx] (El Libertador I)

  Ahora tranquilo y rodeado de silencio, sus pensamientos se desviaron hacia la nebulosa que habitualmente dominaba su conciencia durante aquellos largos paseos. El Sol pálido y definido comenzaba a abandonar su tinte claro a medida que se acercaba al horizonte, más allá de su campo de visión. Pronto sus pensamientos se alejaron aún más, o la nebulosa se hizo más densa, hasta el punto de que no pudo llegar a saber en qué parte de la ciudad se encontraba cuando todo se apagó. El temible y repetitivo manto negro se cernió sobre su conciencia, una vela hundiéndose rápidamente en la inmensidad nocturna de un océano de inconsciencia. Era innegablemente inconsciente de cuanto sucedió y a la vez conservaba grabado a fuego cada segundo vivido durante ese espacio de tiempo.
  Recordaba, en primer lugar, cómo sus pies se congelaron sobre el suelo de repente, justo en un punto en que la luz solar se abría paso a través de los rascacielos y viviendas hasta dar en el lado izquierdo de su cara. Durante unos segundos bañó su piel con su calor amarillo hasta que, dejando tras de sí una difusa nube de motas de polvo suspendidas en el aire gris, desapareció para no volver. Entonces despertó, pero no él mismo, sino otro. Al principio lentamente, sus miembros comenzaron a hacerse con el control de sus sentidos. Un desafortunado, un pobre ignorante decidió hacer una parada en su camino a alguna parte, para preguntarle si se encontraba bien, tal debía ser la expresión del rostro del cuerpo así clavado en el asfalto aún caliente. El Ser despertó por completo, estrepitosa y violentamente tomó el gobierno de todo su cuerpo en un solo instante. Tras un sólo segundo de oscura reflexión durante el que el inocente transeúnte adquirió conciencia de lo que acababa de suceder, el Ser actuó.
  Un solo brazo se alzó en un rápido movimiento, apretó sus dedos fríos contra la cara del transeúnte y acto seguido le despojó de su rostro y destrozó su calavera. De nuevo un solo segundo de silencio total y pesado, durante el cual el resto de viandantes cobró conciencia de lo que acababa de ocurrir. Un segundo inocente se acercó, no sabiendo bien lo que había pasado, considerando que nada malo podía haber hecho El Libertador, creyendo que se trataba de un extraño accidente solamente, al instante pudo ver cómo sus vísceras caían a plomo sobre el negro suelo, expulsando con ellas un abundante chorro de sangre humeante. Las piernas delgadas y largas del Ser le acercaron a las innumerables víctimas que comenzaban a huir en todas direcciones, sus dedos fríos y agarrotados desgarraban la piel, arrancaban músculos y huesos o destruían miembros, sus brazos fibrosos aplastaban las calaveras contra el duro cemento, abrían sin esfuerzo cajas torácicas y descuartizaban más y más almas.
  La noche cubría ahora casi toda la cúpula celeste, pero no quedaba rastro alguno de luz en la conciencia del Libertador. Con el mismo esfuerzo con el que el Ser se había hecho con el control de su cuerpo, ahora arrebataba a los demás humanos el control sobre los suyos. Pasados varios minutos, toda una larga calle se había convertido en una ancha alfombra roja sembrada de informes masas de carne muerta. El Ser no había terminado. Agarraba ahora vehículos y farolas, con ellos aplastaba y ensartaba a los ciudadanos que aún quedaban en las calles. Demasiado tarde, las sirenas sonaron y los soldados salieron. Aleatoriamente, el Ser engullía el corazón de unos, utilizaba el cráneo de otros para asesinar a unos, indistintamente. Los proyectiles de metal atravesaban con facilidad su carne dura y fría, que se regeneraba a un ritmo mayor que el que los soldados podían contrarrestar. Con facilidad, el fuego derretía los músculos y quebraba los huesos de la criatura, pero igualmente no le importaba. Ni siquiera le enfurecía. El Libertador lo supo más tarde. Ninguna emoción cruzó la negrura de la conciencia que el Ser le había impuesto, ningún pensamiento, tan solo el ruido de fondo indescriptible e insoportable que acompaña a todo silencio, a toda oscuridad impenetrable.
  Entonces, en algún punto en el tiempo y en el espacio que El Libertador no pudo después llegar a reconocer, algo atravesó la oscuridad en toda su inmensidad; un rayo, una chispa, la más mínima unidad de luz o de conciencia que podía percibir, se extendió por toda la negrura en un instante. Después, la oscuridad se retiró. Gradualmente, la inmensidad la absorvió hasta que sólo quedó la nebulosa. La conciencia del Libertador despertó y se deshizo de la oscuridad con un gesto de molestia, sacudió la inmensidad con su grito impotente y por un momento deseó destruirla. Una rabia inmensa y sin nombre, un odio absoluto hacia el Ser, reemplazaron en su rostro la terrorífica apatía del Ser. La ira descontrolada, dirigida hacia dentro y no hacia fuera. Su cuerpo se congeló de nuevo, sus sentidos regresaron y el control de sus miembros también. Los soldados cortaron el fuego de inmediato y observaron expectantes su comportamiento. A pesar de la notable expresión de furia, el cuerpo del Libertador no trituró el cráneo que sus dedos agarraban en ese momento. El soldado a que pertenecía huyó rápidamente tras llegar a la conclusión de que el peligro había pasado, al menos momentáneamente.
  Como un martillazo, le llegó al Libertador un torrente de información que le confirmó lo que había pasado durante su ausencia. Ahora era y no era consciente a la vez de ello. Sin una oscuridad que cubriese su conciencia, la luz de la verdad le dolía como nada hasta entonces y obligó a su pesar y su llanto a relevar a la ira irracional. Abatido, El Libertador cayó al suelo y se entregó al dolor y a las lágrimas. Los soldados bajaron las armas, confiados con razón. A su alrededor, un escenario dominado por el fuego, la sangre y la oscuridad le dio la razón al Libertador. Cuando durante un instante sus ojos se alzaron y se abrieron lo suficiente para contemplar vagamente la destrucción y la muerte que había provocado a su alrededor, pudo ver a los soldados acercándose para levantarle después en volandas y tumbarlo en una camilla; después le llevaron a un vehículo que lo llevaría a un hospital, él se negó y ordenó que le llevasen a La Sede. Pero no era lo único que había visto. Desde la sangre de los mortales, desde la intensidad del fuego, desde la infinita y maravillosa negrura que se apoderaba del universo sobre su cabeza, le llegó un mensaje, claro y profundo, innegable e intergiversable.
  Había estado cerca de conseguirlo. No tenía que haber sido así, un sólo cambio, uno sólo y todo habría salido según lo planeado por todos, todo acabaría siendo maravilloso y perfecto.
  El mensaje, el pensamiento, era claro, conciso. Pero no pudo relacionarlo con nada de inmediato. Pensó, no convencido, que se trataba de la probable victoria sobre el Ser si hubiese jugado mejor sus cartas. Relacionó el mensaje con la clara posibilidad de no haber hecho lo que había hecho, de que había estropeado todo por perder durante aquel segundo el control de su cuerpo. Pero en el mismo instante en que le había llegado el mensaje, era y no era a la vez plenamente consciente de lo que significaba.
  Había destruido todos los planes, tal vez no hubiera sido él realmente, pero así había sido. De hecho era la oscuridad la que había decidido retirarse, o se había visto obligada a ello por alguna razón, pero fuera como fuese lo había hecho, destruyendo en el acto la más clara posibilidad de que el proceso irreversible comenzase. El proceso por el que la Humanidad pasaría a un plano mayor de existencia, por el que conseguiría alcanzar un estado más cercano a la perfección, se había detenido justo antes de hacerse irreversible.

  Desde aquella noche, Prometeo, El Libertador, El Patriarca, Kar-Unte, deseó con toda la fuerza de su extraña voluntad que el Ser nunca hubiese hecho acto de presencia, que nadie hubiese muerto de la manera en que lo hicieron tantos esa noche, jamás en el resto de la historia de la Humanidad. Deseó también durante el resto de su larga existencia que la Oscuridad hubiese cumplido sus planes, que el Ser hubiese terminado lo que había empezado, que todo humano sobre la tierra cayese ante la fuerza de su negra voluntad. A la vez.

[Libro Primero] (Gusano)

  El absoluto silencio precedió a un ruido cercano y ronco.
  Los latidos lo sacaron de la inconsciencia, su respiración forzada le reveló el dolor de su pecho.
  Lo había conseguido.
  Empleando toda la fuerza de voluntad que su conciencia le permitía reunir consiguió, en primer lugar, situarse en un lugar frío y oscuro, en segundo lugar recobrar la sensibilidad en sus doloridos miembros, que despertaban al mismo ritmo que su consciencia.
  Lo había conseguido.
  Pero no recordaba qué.

  El frío le provocó unos temblores tan terribles que se vio atraído de nuevo al suelo. Rápidamente, se hizo a la idea de su situación. Sin memoria, sin luz que le iluminase camino alguno.
  -Lo he conseguido -fue lo primero que dijo. Lo dijo porque necesitaba escucharse, demostrarse que estaba vivo. Y porque lo había conseguido.
  Tras escuchar su voz modulada y segura, comenzó a escuchar también todos los sonidos que se amontonaban a su alrededor, en capas superpuestas de densa información indescifrable. Incapaz de asimilar la información que recibía, insistió en levantarse de nuevo y tantear los muros que se echaban sobre él cuando les tendía las manos frías. Sus pies desconocidos le mantenían dificilmente en pie, pero decidió también avanzar, confirmando que se encontraba en un pasillo. Estaba en un pasillo, ¿pero qué había conseguido? Sus dedos rozaron toda la superficie de los muros metálicos que pudieron, hasta que el frío se le incrustó en su consciencia. Instintivamente, pretendió darse calor frotándose los brazos y los costados. Entonces advirtió que llevaba puesta una prenda larga abierta por la espalda. Era una bata, seguramente blanca, utilizada por los científicos. Era un gran avance. Ahora sabía que sabía qué era una bata de laboratorio, sabía que sabía qué era un pasillo y cómo era su cuerpo, pero no sabía dónde estaba ni quién era. Ni qué había conseguido.
  Lentamente, con cierta seguridad acerca de lo que iba a encontrar, se pasó una mano temblorosa por la cabeza y notó al instante un tacto húmedo. Acercó los dedos mojados a la nariz e inspiró el agradable olor de la sangre. Era lo único que había sentido desde que había despertado, lo único que había sentido en su vida, en realidad. Ahora firme, avanzó por el pasillo a un paso lento y titubeante. Sus pies temblorosos no se decidían a sucederse uno tras otro en lógico orden. La misma estabilidad del mundo dudaba ahora. Un crujido inmenso cruzó el espectro de sus sentidos y su cuerpo se vino abajo de nuevo. Ahora pudo levantarse de un rápido salto y continuar avanzando de inmediato. El pasillo se había inclinado. Todo cuanto conocía por ahora era inestable, precariamente firme. Al menos la oscuridad, la ignorancia, el frío, el dolor, seguían presentes, eran ya una constante, su constante. Y lo agradecía.
  Una pared. Sus dedos alcanzaron, al fin, una pared. Tardó unos segundos más en constatar que se encontraba en un punto en que tres paredes se encontraban. Era el fondo del pasillo.
  Otro crujido inmenso se sumó a su breve lista de experiencias. De nuevo, el mundo se bamboleó, ahora más intensamente. Una nueva oleada de extraños ruidos, ajenos a su lenguaje, llegó acompañada del brusco cambio de sus constantes particulares. Las paredes, el techo y el suelo se fusionaron en la misma masa caótica de conceptos inservibles, su cuerpo dio a parar a un nuevo suelo, el frío fue reemplazado por el calor y el más intenso dolor que le provocaron los golpes. Después, el vacío.
  Durante un instante, ninguna parte de su cuerpo tocaba materia alguna, aparte de la bata blanca de laboratorio. Pero no era el vacío. No sabía cómo se llamaba, ni dónde estaba, ni qué había conseguido, pero sabía que se encontraba en un entorno en gravedad cero. Un poderoso aluvión de preguntas llenaron su mente. Tenía la esperanza de que hubiese algo, pero lo poco que había visto había desaparecido en un segundo. Tenía la esperanza de saber de dónde venía esa bata impecable que llevaba, quería ver la mancha de sangre que había dejado al golpearse la cabeza, quería saber. Se hizo a la idea, simplemente, de que la vida era eso. Era flotar en un pasillo oscuro, privado de conocimientos, salvo el lejano tacto del metal, sabor del frío, olor de la sangre. Flotando en la negrura, rodeado de insondables oscuridades rellenas de extraños ruidos amortiguados, hasta que una presencia fría y firme rozó su brazo. Esperanzado y casi aterrorizado, tendió sus manos hacia esa presencia. Sus dedos se apoyaron en el metal y lo recorrieron con tanta fuerza que pareciera que fuera a desgarrarse. Un torrente de luz, tan inmenso que ocupaba todo el Universo. Tan denso que atravesó su cuerpo. Con el impulso de un brazo y el corazón golpeando las costillas, se volvió para encararse a lo que seguramente era el Dios Creador de aquel Universo suyo.
  De entre todos los sonidos que habían conformado las lejanas cúpulas de la realidad inmaterial, uno ascendió hasta su conciencia, y creyó con toda la fuerza de su creencia que era la voz del pasillo incrustada en su consciencia, pero al segundo la reconoció como la voz de una mujer a la que conocía desde hacía mucho. Ahora, del mapa inmenso de la realidad, conocía una larga y compleja línea costera tan sólo, pero era lo suficiente para desterrar todo lo irreal e ilusorio que se había apoderado de su mente. Ahora conocía y a la vez desconocía cuál era la naturaleza de todo. Una seguridad afloró a su consciencia con la fuerza de la luz que le había despertado al fin, era un pensamiento que le acompañaría a lo largo de toda su larga vida, fuera lo que fuese que tuviera que recordar, lo abaría recordando. Era ahora un camino cuesta abajo, que debía recorrer con algún que otro esfuerzo, pero que terminaría de recorrer algún día. Tenía la seguridad de ello, al igual que sabía que la mujer que tenía frente a sí era la dueña de la voz y que era la hora de salir de su mundo frío e inerte.
  Se sorprendió recorriendo los ardientes y gélidos, oscuros y fulgurosos, terroríficos pasillos de la nave espacial en la que, no muchas horas antes, se había embarcado esperando permanecer durante casi cuatro años. Jumiko. Así se llamaba la nueva entidad creadora de la realidad que conocía. A medida que Jumiko le fue recordando todo lo imprescindible para que se apagasen los furiosos fuegos de la curiosidad de un amnésico, iba olvidando sus palabras concretas. No sabía ahora cómo le había hablado Jumiko, qué palabras estaba utilizando, o en qué lengua se las transmitía, pero sabía lo que significaban, e imprimía su contenido en la tabula rasa que era su memoria. A la vez, como pudo constatar mucho tiempo después, Jumiko lo fue salvando de los peligros que inundaban la agonizante estructura de metal chirriante. Le contó al menos una vez qué había ocurrido exactamente en aquel lugar, pero su consciencia no pudo descrifrar correctamente los datos, o estos eran inconclusos. Al fin, Jumiko lo había conseguido. Habían llegado al lugar que se había fijado como objetivo.
  Durante un solo instante, se preguntó si más allá de ese punto no se encontraría el final de su vida, pero se sorprendió respondiéndose en voz alta.
  -Huir.
  -Eso haremos -dijo Jumiko-. Tenemos que hacerlo, Dominic. Aquí moriremos.
  Había mencionado su nombre varias veces, pero fue en ese momento cuando caló en su cerebro y se instaló al fin en su endeble memoria. Se encontraban suspendidos en el aire frío de una sala alargada. A ambos lados una serie de artefactos voluminosos abiertos y receptivos. Se subieron al más cercano, ocuparon sus dos asientos y Jumiko cogió los mandos. Tras presionar unos cuantos interruptores y teclear algo en una consola, el aparato cerró la portezuela y se presurizó. Por la expresión de Jumiko, Dominic pudo averiguar que estaba segura de lo que estaba haciendo, pero estaba asustada. Se asustó al comprobar que él no lo estaba. Pocos segundos más tarde, el módulo de escape comenzó a adentrarse en un oscuro tubo que tenía a la espalda. Una escotilla blindada se cerró ante ellos y se hizo la oscuridad, rota tan sólo por el brillo de las luces de la consola. Otra capa blindada, perteneciente al módulo mismo, se cerró dejando tan sólo un pequeño hueco por el que atisbar la oscuridad exterior. Otra corta secuencia de teclas presionadas y una gran aceleración expulsó al módulo y lo introdujo en una oscuridad más inmensa.

  El espectáculo, terrible y hermoso a la vez, ocupaba ahora todo su estrecho campo de visión. La Prometheus se desintegraba a gran velocidad, liberando gases y oleadas de fuego que se expandían por el vacío sin control. Junto a la nave, el experimento fallido de la mayor empresa tecnológica que la Humanidad había visto nacer comenzaba a mutar en una forma más bella y terrible aún. Los restos del Celeritas II fueron los primeros en caer al agujero de luz y oscuridad que dominaba la escena. Un pequeño cúmulo de esferas negras rodeadas de incandescentes gases púrpuras y azulados estaba ahora reclamando la Prometheus para sí. En menos de un minuto, la nave había desaparecido, engullida por el precioso monstruo, que seguía absorviendo materia mientras derramaba aquel gas inmaterial y brillante. Jumiko gritaba palabras o frases que Dominic, maravillado con el espectáculo, no podía escuchar. A pesar de todas las maniobras que Jumiko intentó, el módulo, junto con el resto de módulos que habían salido antes y después de la Prometheus, todos ellos ocupados por personas a las que Dominic no conocería ni conoció jamás, cayó dentro de la informe masa negra que era ahora el monstruo. De nuevo, toda luz desapareció, dejando que la oscuridad ocupara su lugar. Todo rastro de calor se desvaneció, dejando tras de sí el frío que dominaba ya la gran inmensidad del universo. También entonces dijo algo Jumiko, seguramente serio y trascendente. Dominic no lo recordó más tarde, pero sí supo que era ciertamente serio y trascendente, y que fue lo último que olvidaría mientras viviese.

  Olas.
  El sonido reconfortante y cálido de las olas meciendo el mundo. Su mundo. Pasó una eternidad. Pasó un segundo.
  La oscuridad se abrió para dejar paso el profundo azul del fondo marino. La Tierra, desde aquella altura, no era más que eso, azul. La inmensidad azul que ocupaba todo su pensamiento, toda su visión. Fue vagamente consciente del efecto de la gravedad sobre sus doloridos músculos, del dolor que tanta luz reflejada por las limpias nubes cristalinas le causaba en sus ojos. Su visión no cambió. Hasta que se estrellaron en la durísima superficie del agua de algún inmenso océano, todo lo que veía era el azul. Después, la oscuridad, de nuevo.

Herón (Reflexiones)

  -Mi alma llora sangre, oscuridad y sombra. Mi conciencia se pudre bajo la negrura y la crueldad del vacío. Desde la inmensidad de lo infinito, desde la absoluta oscuridad, me llegan sus alaridos negros y clavan sobre mí sus miradas frías. ¿Sufro? Cada instante infinitamente pequeño para ti es una eternidad infinitamente insufrible para mi conciencia, pero es el camino que he elegido, es la senda que, en mi completa consciencia, decidí tomar. Es esto lo que tengo y nada más.

  -Lucha por sus vidas. Sufrirán para morir eternamente. Ayúdales a morir. Morirán para sufrir eternamente.

Fragmento [Libro xXx] (Reflexiones Varias)

  He visto que la destrucción es inevitable. He visto que para la paz,
necesitaremos guerra. He visto que para la vida necesitaremos muerte.
  No quiero ver más.

[Nota de suicidio de Herón]


  -Nos rodea una masacre sin fin, respiro más sangre que aire, oigo los
gritos sobre el fuego. Nuestra intervención ha sido la causa. Dame una
garantía de que estamos haciendo bien.
  -No puedo darte ninguna. Sólo los dioses pueden, y los dioses prefieren ignorarnos.

[Kana & Caronte]


  -¿Cómo puede estar tan seguro de ello?
  -La conciencia de la Humanidad me lo ha comunicado.
  -¿Y si esa conciencia no existe realmente?
  -Entonces ya lo hemos perdido todo.

[El Libertador y El Interlocutor]


  -Y ahora, ¿estás más seguro que antes?
  -Dudo que humano alguno pueda llegar a estar completamente seguro de algo, mientras este mundo exista.

[El Libertador y El Interlocutor]


  -Podrías haber negociado, convencerme pacíficamente…
  -No. Me habrías intentado detener y lo sabes. Aun ahora quieres destruirme y deshacer mi obra.

[El Libertador y xXx]


  -¿Por qué lo has hecho?
  -Quería demostrarme que sigo vivo.
  -Bueno, lo has demostrado, ¿no?
  -No. Me he demostrado que mori hace diez años.

[Jumiko y Dominic]


  […] de más de siete años, la pandemia comienza a remitir. Las incontables plegarias de humanos de todo el globo obtienen su respuesta y El Segador comienza a alejarse lentamente, reduciendo el número de víctimas mortales a casi la mitad en el último año. Además, esta retirada coincide con la reciente introducción del Agente Alpha, que ha conseguido una efectividad del setenta y cinco por ciento en la reducción de la mortandad de la enfermedad. Se ha negado la posibilidad de una relación entre el Agente y el retroceso del Segador, pero igualmente las autoridades se sienten seguras al afirmar que, después de la muerte de cerca de dos mil millones de personas, El Segador remite y en menos de una década desaparecerá […]