Fragmento [Libro xXx] (El Libertador I)

  Ahora tranquilo y rodeado de silencio, sus pensamientos se desviaron hacia la nebulosa que habitualmente dominaba su conciencia durante aquellos largos paseos. El Sol pálido y definido comenzaba a abandonar su tinte claro a medida que se acercaba al horizonte, más allá de su campo de visión. Pronto sus pensamientos se alejaron aún más, o la nebulosa se hizo más densa, hasta el punto de que no pudo llegar a saber en qué parte de la ciudad se encontraba cuando todo se apagó. El temible y repetitivo manto negro se cernió sobre su conciencia, una vela hundiéndose rápidamente en la inmensidad nocturna de un océano de inconsciencia. Era innegablemente inconsciente de cuanto sucedió y a la vez conservaba grabado a fuego cada segundo vivido durante ese espacio de tiempo.
  Recordaba, en primer lugar, cómo sus pies se congelaron sobre el suelo de repente, justo en un punto en que la luz solar se abría paso a través de los rascacielos y viviendas hasta dar en el lado izquierdo de su cara. Durante unos segundos bañó su piel con su calor amarillo hasta que, dejando tras de sí una difusa nube de motas de polvo suspendidas en el aire gris, desapareció para no volver. Entonces despertó, pero no él mismo, sino otro. Al principio lentamente, sus miembros comenzaron a hacerse con el control de sus sentidos. Un desafortunado, un pobre ignorante decidió hacer una parada en su camino a alguna parte, para preguntarle si se encontraba bien, tal debía ser la expresión del rostro del cuerpo así clavado en el asfalto aún caliente. El Ser despertó por completo, estrepitosa y violentamente tomó el gobierno de todo su cuerpo en un solo instante. Tras un sólo segundo de oscura reflexión durante el que el inocente transeúnte adquirió conciencia de lo que acababa de suceder, el Ser actuó.
  Un solo brazo se alzó en un rápido movimiento, apretó sus dedos fríos contra la cara del transeúnte y acto seguido le despojó de su rostro y destrozó su calavera. De nuevo un solo segundo de silencio total y pesado, durante el cual el resto de viandantes cobró conciencia de lo que acababa de ocurrir. Un segundo inocente se acercó, no sabiendo bien lo que había pasado, considerando que nada malo podía haber hecho El Libertador, creyendo que se trataba de un extraño accidente solamente, al instante pudo ver cómo sus vísceras caían a plomo sobre el negro suelo, expulsando con ellas un abundante chorro de sangre humeante. Las piernas delgadas y largas del Ser le acercaron a las innumerables víctimas que comenzaban a huir en todas direcciones, sus dedos fríos y agarrotados desgarraban la piel, arrancaban músculos y huesos o destruían miembros, sus brazos fibrosos aplastaban las calaveras contra el duro cemento, abrían sin esfuerzo cajas torácicas y descuartizaban más y más almas.
  La noche cubría ahora casi toda la cúpula celeste, pero no quedaba rastro alguno de luz en la conciencia del Libertador. Con el mismo esfuerzo con el que el Ser se había hecho con el control de su cuerpo, ahora arrebataba a los demás humanos el control sobre los suyos. Pasados varios minutos, toda una larga calle se había convertido en una ancha alfombra roja sembrada de informes masas de carne muerta. El Ser no había terminado. Agarraba ahora vehículos y farolas, con ellos aplastaba y ensartaba a los ciudadanos que aún quedaban en las calles. Demasiado tarde, las sirenas sonaron y los soldados salieron. Aleatoriamente, el Ser engullía el corazón de unos, utilizaba el cráneo de otros para asesinar a unos, indistintamente. Los proyectiles de metal atravesaban con facilidad su carne dura y fría, que se regeneraba a un ritmo mayor que el que los soldados podían contrarrestar. Con facilidad, el fuego derretía los músculos y quebraba los huesos de la criatura, pero igualmente no le importaba. Ni siquiera le enfurecía. El Libertador lo supo más tarde. Ninguna emoción cruzó la negrura de la conciencia que el Ser le había impuesto, ningún pensamiento, tan solo el ruido de fondo indescriptible e insoportable que acompaña a todo silencio, a toda oscuridad impenetrable.
  Entonces, en algún punto en el tiempo y en el espacio que El Libertador no pudo después llegar a reconocer, algo atravesó la oscuridad en toda su inmensidad; un rayo, una chispa, la más mínima unidad de luz o de conciencia que podía percibir, se extendió por toda la negrura en un instante. Después, la oscuridad se retiró. Gradualmente, la inmensidad la absorvió hasta que sólo quedó la nebulosa. La conciencia del Libertador despertó y se deshizo de la oscuridad con un gesto de molestia, sacudió la inmensidad con su grito impotente y por un momento deseó destruirla. Una rabia inmensa y sin nombre, un odio absoluto hacia el Ser, reemplazaron en su rostro la terrorífica apatía del Ser. La ira descontrolada, dirigida hacia dentro y no hacia fuera. Su cuerpo se congeló de nuevo, sus sentidos regresaron y el control de sus miembros también. Los soldados cortaron el fuego de inmediato y observaron expectantes su comportamiento. A pesar de la notable expresión de furia, el cuerpo del Libertador no trituró el cráneo que sus dedos agarraban en ese momento. El soldado a que pertenecía huyó rápidamente tras llegar a la conclusión de que el peligro había pasado, al menos momentáneamente.
  Como un martillazo, le llegó al Libertador un torrente de información que le confirmó lo que había pasado durante su ausencia. Ahora era y no era consciente a la vez de ello. Sin una oscuridad que cubriese su conciencia, la luz de la verdad le dolía como nada hasta entonces y obligó a su pesar y su llanto a relevar a la ira irracional. Abatido, El Libertador cayó al suelo y se entregó al dolor y a las lágrimas. Los soldados bajaron las armas, confiados con razón. A su alrededor, un escenario dominado por el fuego, la sangre y la oscuridad le dio la razón al Libertador. Cuando durante un instante sus ojos se alzaron y se abrieron lo suficiente para contemplar vagamente la destrucción y la muerte que había provocado a su alrededor, pudo ver a los soldados acercándose para levantarle después en volandas y tumbarlo en una camilla; después le llevaron a un vehículo que lo llevaría a un hospital, él se negó y ordenó que le llevasen a La Sede. Pero no era lo único que había visto. Desde la sangre de los mortales, desde la intensidad del fuego, desde la infinita y maravillosa negrura que se apoderaba del universo sobre su cabeza, le llegó un mensaje, claro y profundo, innegable e intergiversable.
  Había estado cerca de conseguirlo. No tenía que haber sido así, un sólo cambio, uno sólo y todo habría salido según lo planeado por todos, todo acabaría siendo maravilloso y perfecto.
  El mensaje, el pensamiento, era claro, conciso. Pero no pudo relacionarlo con nada de inmediato. Pensó, no convencido, que se trataba de la probable victoria sobre el Ser si hubiese jugado mejor sus cartas. Relacionó el mensaje con la clara posibilidad de no haber hecho lo que había hecho, de que había estropeado todo por perder durante aquel segundo el control de su cuerpo. Pero en el mismo instante en que le había llegado el mensaje, era y no era a la vez plenamente consciente de lo que significaba.
  Había destruido todos los planes, tal vez no hubiera sido él realmente, pero así había sido. De hecho era la oscuridad la que había decidido retirarse, o se había visto obligada a ello por alguna razón, pero fuera como fuese lo había hecho, destruyendo en el acto la más clara posibilidad de que el proceso irreversible comenzase. El proceso por el que la Humanidad pasaría a un plano mayor de existencia, por el que conseguiría alcanzar un estado más cercano a la perfección, se había detenido justo antes de hacerse irreversible.

  Desde aquella noche, Prometeo, El Libertador, El Patriarca, Kar-Unte, deseó con toda la fuerza de su extraña voluntad que el Ser nunca hubiese hecho acto de presencia, que nadie hubiese muerto de la manera en que lo hicieron tantos esa noche, jamás en el resto de la historia de la Humanidad. Deseó también durante el resto de su larga existencia que la Oscuridad hubiese cumplido sus planes, que el Ser hubiese terminado lo que había empezado, que todo humano sobre la tierra cayese ante la fuerza de su negra voluntad. A la vez.

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