(Otra Perspectiva)

  Pasado menos de un segundo, el eco de su propio grito le pareció por completo ajeno a él. Sobre sus cabezas, la aguda montaña señalaba el oscuro cielo cambiante. Elegantes y casi eterno, el mundo les contemplaba y esperaba. Teniam no podía esperar más. Como si la misma ira que emitió el grito volviese con el eco, reforzada por le negrura de las nubes, por la aspereza de la roca. Teniam se volvió hacia el General, con calma. Después, con el mismo silencio con el que las profundidades oceánicas masacran a las víctimas de un naufragio, llegó hasta él, con una mano lo arrastró por el cuello hasta una voluminosa roca que había en un rincón y lo estrelló en ella. Tras el crujido de las costillas rotas, tras el aullido de dolor, tras el alarido de ira, la espada se incrustó con facilidad en el cráneo. Una traza recta y roja apareció en el muro de piedra que tenía frente a sí. Creyendo estar ahora calmado, Teniam sacó la espada de la cabeza inerte. Mientras la enfundaba sucedió algo que debió haber previsto. Con un ímpetu monstruoso, con un salto inhumano, el General volvió en sí y se abalanzó sobre el cuello del Danya, arrancando los músculos grises del cuello. De un puñetazo, Teniam lo apartó de sí. El cadáver andante del General se estrelló de nuevo en la roca, acompañado otra vez del crujido de más huesos. Antes de que volviese a levantarse, Teniam se cernió sobre él, machacó su cráneo deforme contra la piedra maciza una y otra vez, arrancó con sus solas manos las costillas del hombre a través de su traje militar, desguazó sus entrañas, esparciéndolas por el suelo o revolviéndolas en sus cavidades. El ojo roto del General giraba violentamente en su órbita, tal vez intentando identificar a su asesino. Sus brazos se movían, erráticos, poseídos por algún patrón demoníaco e incierto; sus manos se aferraban a los huesos de Teniam y sus uñas trataban de deshilachar los músculos.
  Babeando y murmurando oscuros pensamientos, Teniam seguía maldiciendo la voluntad del traidor, imbuyéndole de una fuerza espectral, tan fría como ardiente. Cuando creyó haber terminado o cuando la ira decidió desaparecer de su mente, Teniam decidió separarse instantáneamente del grotesco espectáculo. Ante él, los irreconocibles miembros de lo que antes fue un humano vibraban, convulsos, buscando una realidad a la que aferrarse. En la caja torácida una sombra difusa y densa se arropó con los órganos del difunto, reparando sólo a medias sus tejidos y huesos, recolocando de una forma cruel y macabra las vísceras y la carne. Tras unos segundos, el recién nacido consiguió hacerse con el control de sus miembros y ponerse en pie. Restos del uniforme asomaban aquí y allá, entre fragmentos de piel negra y músculo recio. Con un murmullo ronco y grave, el ser comenzó a respirar el gélido aire del mundo. Aterrorizado a la vez que satisfecho por su obra, Teniam se apartó de ella, recolocó sus ropajes y miró hacia lo alto de la escalinata, desde donde un general lo contemplaba atónito. Despertando de una ensoñación extraña, Teniam advirtió que llevaba ahí cierto tiempo, intentando indicarle que el momento había llegado. Con un gesto, Teniam hizo que se apartara de nuevo. Con otro gesto, esta vez de voluntad, mandó al nuevo Ángel Negro que se marchara hacia el frente. Cuando se vio solo al fin, respiró aliviado.
  Un instante tan sólo, de soledad compartida con la oscuridad. Un instante tan sólo era lo que necesitaba.
  Se volvió hacia la dinámica y caótica masa de nubes que sobrevolaba la montaña. Con cierto esfuerzo, consiguió dejar de ver la enorme y elegante roca negra, la voluminosa forma espectral que llevaba el agua de un lado a otro del cansado mundo. Dirigiendo los ojos más allá, Teniam pudo contemplar al fin la infinita e inmensa oscuridad que dominaba toda la realidad que se extendía entre su pútrido rostro y las más misteriosas regiones al límite del espacio y del tiempo. De nuevo, contactó con aquella titánica presencia, con aquel secreto flujo que ansiaba una pronta victoria. El flujo se le antojó ahora un latido constante, continuo, al que ningún fenómeno conocido por los mortales podría afectar, algo más allá de toda especulación. Firme y poderoso, el latido de pronto calló. Ahora la verdadera oscuridad, no representada en nada sino consecuencia de la ausencia absoluta, se le presentó ante los ojos con una fuerza que le heló la consciencia. Comparada con aquella verdadera oscuridad, nada de lo que había sentido en su larga existencia podía ser denominado terrorífico o terrible. Angustiado, sintiendo que su propia existencia se veía amenazada por aquel vacío que repudiaba incluso la existencia de la oscuridad misma, Teniam huyó al mundo que conocía, el mundo en que se libraba una guerra que debía ganar. Aún sintiendo como un pedazo informe de esa gélida ausencia absoluta había venido con él, congelando el ritmo de sus pensamientos, Teniam recuperó el control de sus miembros y sus sentidos. Durante un segundo de extrema lucidez, se preguntó si acaso esa innegable ausencia total no significaría la liberación, la liberación de toda idea, forma de pensamiento, concepto. Preguntándose si acaso esa ausencia total no significaba la vacuidad que caracterizaban a la oscuridad, a la luz, al bien, al mal, a la perfección, a la vida y a la muerte en realidad.
  Después de ese segundo de duda, Teniam decidió olvidar todo el asunto, olvidar la presencia de la ausencia, olvidar la remota pero ya asumida posibilidad de que ninguna conciencia jamás en ningún universo sea capaz de ostentar el conocimiento último de toda la realidad. Mientras se esforzaba por borrar de su memoria el incidente, por enterrar en su apreciada oscuridad la experiencia recibida por subir demasiado la mirada, Teniam sacó de entre sus ropajes la máscara plateada. Se la colocó con cuidado sobre el rostro consumido y gris, pero ahora más humano. Con gravedad, subió la escalinata y se preparó para dar comienzo a la marcha que decidiría el destino de la Humanidad.

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