Archive for abril, 2009

Nada (Gott Ist Tot)

   Veo la luz, veo la luz igual que veo la oscuridad. Me abraza el
manto del vacío y la negrura igual que mi consciencia se sustenta sobre
la sólida base de lo material y el color. Pero la grieta se abre. La
grieta se abre y aparece la nada y desaparece el todo. Caigo en la
cuenta de que la ausencia existe de por sí igual que lo que ya está
lleno; caigo en la cuenta… de qué. De nada, por supuesto. De
absolutamente nada. No hay nada. Hay nada.
  Ése es el problema. No
podemos aceptarlo. No podemos aceptar a la nada porque no podemos
aceptar ni asumir ni conocer ni comprender algo que, por su propia
definición, no existe. ¿Qué hay después de la muerte? Nada. La
consciencia desaparece. Se esfuma. Todo lo que somos, todo lo que
creemos, todo lo que sabemos, queremos, odiamos, desaparece con los
últimos impulsos neuronales. La persona que comenzó a escribir este
texto ha muerto, ha dejado paso a la persona que está ahora escribiendo
esta frase. La persona que está ahora escribiendo esta frase morirá
antes aún de terminarla para después dejar paso a la que terminará el
texto. Si asumimos esto, si lo aceptamos, aceptaremos que, cuando
dejemos de aprender de la realidad que rodea nuestra consciencia,
dejaremos de cambiar. Aceptándolo, aceptaremos también la consciencia
es febrilmente vaporosa, leve, se aniquila a sí misma y vuelve a
renacer continuamente, hasta que, en efecto, deja de hacerlo.
¡Asumidlo, joder! Cuando vuestros cuerpos dejen de transformar unas
formas de energía y materia en otras, cuando vuestros sistemas dejen de
luchar contra la entropía, vuestras consciencias se desgarrarán en
cuestión de segundos y no quedarán neuronas que, a partir del
sentimiento y el recuerdo, la restauren.
  ¿Vida después de la
muerte? Lo máximo que podemos esperar de la perfección es que dure un
instante, dijo Tyler Durden. Pues igualmente, lo máximo que podemos
esperar de la inmortalidad es que sea mentira, lo máximo que podemos
esperar de la vida es que termine después de empezar. Creer en la vida
después de la muerte es muy bello, es un recurso metafórico muy bello,
pero es tan absurdo como creer en Dios.
  ¿La existencia de Dios?
Por fin llegamos aquí. Creer en la existencia del Dios antropomorfo
judeo-cristiano-musulmán, osease, al que conocemos por las principales
religiones monoteístas, es tan absurdo como creer en que la cuadratura
del círculo es posible, en que el problema de los puentes de Königsberg
se puede resolver… Dios en sí mismo es más absurdo que la nada que
tanto nos atormenta. Es algo que, por su definición, es una paradoja,
la mayor de las paradojas, algo que por tan absurdo no está a una
altura mayor ni menor que el unicornio rosa invisible, los gnomos, los
calcetines parlantes o el monstruo del armario.

  Pero claro,
como siempre, está el miedo a la nada. Si Dios desaparece del
pensamiento de la muchedumbre, no quedará NADA que sustente sus
consciencias. La gente prefiere a Dios antes que al nihilismo, qué se
le va a hacer, Nietzsche, otro eón será.

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Fragmento [Libro II] (Despertar)

  Vacío. El vacío se extendía hacia el infinito, hacia la inconmensurable nada como un manto infinito que cubriera todas las dimensiones que se puedieran concebir. No sabía, no conocía, no sentía. Era mentira. En el seno de su inconsciencia absoluta algo brotó de pronto. La semilla de la consciencia se dijo que algo había cambiado. La nada se abría rápida y lentamente dejando ver un universo frío, oscuro, dominado por la sombra, pero lleno, colmado. Se sentía bien, era lo primero que pensó. Con un cuentagotas metafísico, el conocimiento, el sentimiento, la memoria, fueron llenando a un ritmo difuso su pensamiento. A medida que su intelecto volvía de aquel lugar vacío y a la vez lleno, el mundo real y verdaderose iba abriendo ante él, cegándolo con su materia y su energía y su vida y su muerte. Con la fuerza de un rayo, la plena consciencia del paso del tiempo regresó, portando consigo la angustia de la memoria y la ira absoluta. De los más recónditos rincones del universo le llegó un grito de angustia infinita, de ira ígnea. Abrió los ojos. La luz golpeó el fondo de sus cuencas y el polvo suspendido en el aire volvió a descender a sus sucios huesos. Un puñado de huesos alzado sobre el suelo. Un brazo tendido hacia él, unos huesos que no reconocía como los de su esposa, pero que lo eran sin duda, se le acercaron con elegancia. Inconscientemente alzó su propio brazo para rozar esa mano a la que tanto había amado su anterior yo. Sus huesos se rozaron, provocando apenas un leve sonido. Veía y oía y sentía más que en vida a aquella mujer. Adivinaba las formas de su cadáver a través del ajado vestido, oía con satisfacción cómo sus costillas se movían, quejándose, siguiendo los movimientos de unos pulmones que aún no tenían. De los restos de su cuello oscuro y seco surgió un ronroneo ronco y terrible. Levántate, es la hora, le había susurrado la suave voz de su esposa. Gracias a la fuerza de unos músculos que no eran más que finas y quebradizas tiras de carne seca y polvorienta, se alzó de su propia tumba y sin dudarlo abrazó a su amada. Se separaron lentamente y salieron del pequeño panteón. Fuera le esperaba el mundo, la realidad, que les había separado para la eternidad. Ahora que estaban juntos, lo sabía, debían luchar para conseguir algo. Conseguir algo. No sabía qué. Ella tampoco, pero qué importaba. Había que luchar para conseguirlo.