Fragmento [Libro II] (Despertar)

  Vacío. El vacío se extendía hacia el infinito, hacia la inconmensurable nada como un manto infinito que cubriera todas las dimensiones que se puedieran concebir. No sabía, no conocía, no sentía. Era mentira. En el seno de su inconsciencia absoluta algo brotó de pronto. La semilla de la consciencia se dijo que algo había cambiado. La nada se abría rápida y lentamente dejando ver un universo frío, oscuro, dominado por la sombra, pero lleno, colmado. Se sentía bien, era lo primero que pensó. Con un cuentagotas metafísico, el conocimiento, el sentimiento, la memoria, fueron llenando a un ritmo difuso su pensamiento. A medida que su intelecto volvía de aquel lugar vacío y a la vez lleno, el mundo real y verdaderose iba abriendo ante él, cegándolo con su materia y su energía y su vida y su muerte. Con la fuerza de un rayo, la plena consciencia del paso del tiempo regresó, portando consigo la angustia de la memoria y la ira absoluta. De los más recónditos rincones del universo le llegó un grito de angustia infinita, de ira ígnea. Abrió los ojos. La luz golpeó el fondo de sus cuencas y el polvo suspendido en el aire volvió a descender a sus sucios huesos. Un puñado de huesos alzado sobre el suelo. Un brazo tendido hacia él, unos huesos que no reconocía como los de su esposa, pero que lo eran sin duda, se le acercaron con elegancia. Inconscientemente alzó su propio brazo para rozar esa mano a la que tanto había amado su anterior yo. Sus huesos se rozaron, provocando apenas un leve sonido. Veía y oía y sentía más que en vida a aquella mujer. Adivinaba las formas de su cadáver a través del ajado vestido, oía con satisfacción cómo sus costillas se movían, quejándose, siguiendo los movimientos de unos pulmones que aún no tenían. De los restos de su cuello oscuro y seco surgió un ronroneo ronco y terrible. Levántate, es la hora, le había susurrado la suave voz de su esposa. Gracias a la fuerza de unos músculos que no eran más que finas y quebradizas tiras de carne seca y polvorienta, se alzó de su propia tumba y sin dudarlo abrazó a su amada. Se separaron lentamente y salieron del pequeño panteón. Fuera le esperaba el mundo, la realidad, que les había separado para la eternidad. Ahora que estaban juntos, lo sabía, debían luchar para conseguir algo. Conseguir algo. No sabía qué. Ella tampoco, pero qué importaba. Había que luchar para conseguirlo.

1 comentario »

  1. Skarakol Said:

    Es muy bueno señorr.


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