Archive for mayo, 2009

02

  Las nubes densas y pálidas se alejan rápidamente, dejando a su paso un cielo puro y colmado de astronaves que, en largas y oscuras hileras, salen de los tres nodos de despliegue de la EC y se acercan en una inmensa espiral a las heladas puntas de los rascacielos de la ciudad. Iluminada por el Sol y barrida por un viento gélido, la urbe se muestra limpia y blanca; sus muros de titanio y acero brillan con fuerza tras los escudos de criobinita azul. Los densos e irisados cristales reforzados guardan a los ciudadanos, que con rapidez y pánico bajan hasta lo más hondo de la ciudad, bajo la gran torre blanca erigida en su centro. No tardan en salir al encuentro del invasor cientos de artefactos imponentes y pesados, que inician un fuego cruzado que hace arder el aire pero no daña los austeros edificios.
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   En el seno de la bestial matanza, de la magnífica apoteosis cáustica, del irrefrenable holocausto, el poderoso, el elegante, el sabio, el magnánimo Ente Universal; la mirada negra y vacía, posada en el vacío, colmado el vacío de innumerables monstruosidades, colmada la negra frialdad de negras criaturas que engullen la nada y vomitan destrucción. El absoluto silencio ahoga el ensordecedor, el atronador, rugido del saber al colapsarse por el sólo peso de la desesperación. Tras la brillante oscuridad de los ojos del Ente, el significado mismo del ser desaparece como si nunca hubiese existido, la otrora innegable determinación, la recóndita voluntad libre y enfermiza, le abandonan, dejando atrás el brillo de la tenue consciencia, dejando atrás el peso de la materia dejada en manos del Caos, que toma las riendas de la Totalidad, que engorda sus voluntades con el peso de las acciones negadas al Ente, que toma como suya la voluntad robada y hace de su propiedad el vacío que se extiende ante él. Carente de significado, desposeído de su razón y de su ser, el Ente ahuyenta por un segundo, con un solo soplo, con un último pulso de luz cegadora, a las terribles bestias que se arremolinan alrededor de los despojos de un universo agonizante y sumido en la tiniebla. Después, en un único acto de ira titánica y magna violencia, oculta su mirada, apartándola de los oscuros seres. Sin que un solo pensamiento más fluya por su ser, sin que un solo ápice más de su consciencia vibre al unísono con el tejido que se amontona en extensas y desgarradas capas sobre él, el Ente congela el latido, apretando el corazón del universo hasta que su consciencia, anulada, se evapora y se extiende por las dimensiones, conociendo de nuevo la inmensidad incolora, la titánica potencialidad extendida más allá de toda existencia, donde sólo la posible existencia respetará sus latidos, donde sólo la potencia del ser colmará su afán de existir.
  Vacío, el tejido se deshace acaso en un tiempo negativo, rehaciendo la Historia, aniquilando las existencias, van las historias sucediéndose instantánea, caóticamente, unas sobre otras. Van desapareciendo las consciencias y las voluntades y los deseos y las posibilidades, arrastradas todas por el último aliento, por la última acción, por la última de las consecuencias reales.
  El último latido de la consciencia arrastra consigo el último hálito, el último destello de luz, la más ínfima y última cantidad imaginable de todo cuanto existiere.

  Reunido con todo lo que pudo ser, el Ente se regocija. El último latido de su consciencia culmina en el primer latido de su falsa existencia.

NIHIL PLUS ULTRA

   Arrancad las entrañas del prójimo, despojadles de su piel mustia y flácida, desgarrad el tejido del todo con vuestras infamias y herejías, destruid lo construido, aniquilad a las bestias y a las hadas, asesinad a los ancianos, coméos a los jóvenes, arrasad los campos, anegad las llanuras, consumid las estrellas, […]

  …de tanto oírlo en su cabeza, en lo más profundo de su subconsciente, al pobre señor Prometeo le fue arrancado el corazón. Su voluntad hacía que creciera otra vez, y de nuevo era arrancado…

  Las linternas apenas conseguían arrancar la luz de la densa oscuridad que, aferrada a los fríos rincones, dominaba la tumba. Un sonido apenas audible alertó al Celador, que encabezaba el grupo. Fijó sus botas a la roca amarillenta y sucia y les susurró unas breves palabras a sus soldados. Callaron todos y sólo una linterna permaneció encendida, proporcionando un pequeño círculo pálido y vibrante de visión, que oscilaba lentamente entre un lado y otro, entre el muro a la izquierda y el muro a la derecha, entre la estrecha puerta a la izquierda y la apertura de un corredor a la derecha. Otro sonido atrajo el haz de luz hacia la boca de ese mismo corredor, donde iluminó claramente una pequeña y oscura figura. El bebé avanzaba, erguido sobre sus dos piernecitas débiles y delgadas, a punto de caer al suelo, apoyando sus manitas en el muro mientras producía una serie de gorjeos agonizantes y gárgaras roncas, que lo hacían estremecer. La mano libre recorría espasmódicamente el rostro deformado y seco, arrancándose tiras de piel oscura y quebradiza. Los leves rugidos y gorjeos se fortalecieron hasta convertirse en un alarido agudo, ronco y desesperado que hizo que alguno de los Guardianes retrocediese un par de pasos. De la entrada a la izquierda a una cámara surgió de repente una figura humana, alta y de movimientos erráticos, que se acercaba al bebé con pasos decididos y lentos, haciendo oscilar todo su cuerpo hacia adelante y atrás.
  Uno de los Guardianes, arma al hombro, avanzó a toda prisa y recogió a la pequeña criatura y regresó al fondo del grupo. El resto se adelantó y apuntó sus armas al ser alto y delgado que ahora les amenazaba con una vara de madera y metal que había cogido del suelo. Antes de comenzar a desplomar sobre él sus disparos rápidos y cercenantes, le oyeron entonar alguna clase de alarido disonante y ronco, que elevó al techo del corredor tiñéndolo de una ira incontrolada e irracional. Los proyectiles traspasaban con facilidad sus tejidos secos y fracturaban sus débiles huesos, pero la criatura, suspendida y sostenida por una voluntad alimentada por el dolor y el odio, continuó en pie. Aún seguía intentando hacer algún daño a sus atacantes con sus propios huesos y dientes, que simplemente rebotaban en sus firmes blindajes, hasta que no quedaba de él más que un rastro de ceniza negra y algunos trozos dispersos de tejido mezclado con las vendas con que le momificaron. Calientes y aún con mucha munición disponible, las armas fueron colgadas de nuevo a los hombros, mientras el grupo abandonaba el sepulcro, apartando de su oscuridad los alaridos terribles y agudos de la pequeña criatura.

NIHIL PLUS ULTRA

Fragmento [Apéndices] (Muere Capitalismo, Nace Monstruo)

  La lluvía caía, pesada y gris, sobre las aceras tóxicas y el asfalto agrietado. El viento que el huracán mandaba arrancaba las grandes planchas de hierro con las que los tenderos habían intentado proteger los escaparates vacíos. Los seis coches negros y blindados se adentraron en la seguridad del recibidor de Titán, la sede de Enertech. El recio portón de hierro se cerró tras ellos, devolviendo el silencio al lugar. Un joven oficial salió al encuentro de la treintena de hombres trajeados que salió de los automóviles y los condujo al interior del edificio. Entre ellos estaba el Intendente de Recursos de la Administración, el General Heinrich. Con una gabardina negra y larga, señalaba diferentes departamentos o plantas y mandaba allí a los soldados que esperaban sus órdenes en el colosal vestíbulo de Titán. Cuando se quedaron solos sus veinticuatro guardaespaldas y una docena de soldados, los mandó a todos a acompañarle al nivel más profundo de la torre, donde les esperaba el Presidente.
  Aquel hombre dolido, gacho y vulnerable, que espasmódicamente se recolocaba las finas gafas y apartaba los débiles mechones de pelo gris del rostro cansado no paraba de increparles y de disculparse a la vez. El Presidente, les intentaba explicar mientras se recolocaba con angustia la bata sobre sus hombros, no había dicho a nadie adónde había ido, a nadie. Heinrich se mostraba indiferente, si el Presidente se había ido, sabía ya a ciencia cierta que Enertech se había hundido en la sombra, que sus secretos iban a ser expoliados y que arrastraría a todo el sistema capitalista consigo. El Presidente no pretendería levantar de nuevo la empresa, no llevaría consigo un par de artefactos extraños ni secretos financieros importantes, porque para recuperar su poder tendría que levantar de nuevo todo el sistema. Ya no importaba el Presidente, se decía Heinrich mientras sus pasos firmes le llevaban a la más profunda cámara acorazada, mientras la voz rota del científico y sus ojos llorosos se iban alejando más y más, a sus espaldas. Dejó a los soldados registrando las cámaras contiguas a la central y a los guardaespaldas custiodando la entrada a la cámara. Todas las barreras de seguridad levantadas, todos los permisos confirmados, todos los accesos permitidos, todos los sistemas activados y la seguridad muerta. El portón de medio metro de espesor se abrió con un intenso rugido, poniendo ante Heinrich un espacio cúbico pequeño, de superficies pulidas y potente luz blanca. En el centro, una estructura, un altar, una estrecha columna de hormigón y titanio, sustentaba en lo alto un pequeño cilindro que despedía intensos destellos metálicos. Heinrich lo cogió con cuidado y lo desenroscó. Con extraños sonidos, despidiendo pequeñas brumas de vapor blanco, surgieron tres cápsulas iguales, de cristal y acero. Las abrió de una en una ampujando de una palanca en miniatura, dentro del cilindro. Las boquillas de las cápsulas se abrieron con un tintineo. Por último, giró el cilindro, vertiendo el contenido de las cápsulas en su mango enguantada. Sólo salió de una de ellas, una irrisoria gota. La sustancia, acomodada entre las rugosidades del cuero, despedía un brillo irisado y pulsante, que iluminaba el guante, sus ojos y su alma. No se dejó llevar por la sensación de bienestar que la gota, no más que una gota formada por el rocío, le estaba infundiendo. Como pudo, la hizo regresar a su cápsula, volvió a cerrarlas todas y después el cilindro. Se guardó el artefacto en un bolsillo interior de la gabardinay salió de la cámara acorazada.
  De la misma forma en que debía sentirse el Presidente al huir de Enertech, Heinrich volvió a su automóvil. Calmado, pero completamente convencido de que una sóla gota no salvaría al Pacto de la destrucción total. Por un segundo, llegó a dudar que, de haber encontrado las tres gotas, o incluso diez gotas, pudiese el Pacto sobrevivir al embate que sus numerosos enemigos planeaban.