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   En el seno de la bestial matanza, de la magnífica apoteosis cáustica, del irrefrenable holocausto, el poderoso, el elegante, el sabio, el magnánimo Ente Universal; la mirada negra y vacía, posada en el vacío, colmado el vacío de innumerables monstruosidades, colmada la negra frialdad de negras criaturas que engullen la nada y vomitan destrucción. El absoluto silencio ahoga el ensordecedor, el atronador, rugido del saber al colapsarse por el sólo peso de la desesperación. Tras la brillante oscuridad de los ojos del Ente, el significado mismo del ser desaparece como si nunca hubiese existido, la otrora innegable determinación, la recóndita voluntad libre y enfermiza, le abandonan, dejando atrás el brillo de la tenue consciencia, dejando atrás el peso de la materia dejada en manos del Caos, que toma las riendas de la Totalidad, que engorda sus voluntades con el peso de las acciones negadas al Ente, que toma como suya la voluntad robada y hace de su propiedad el vacío que se extiende ante él. Carente de significado, desposeído de su razón y de su ser, el Ente ahuyenta por un segundo, con un solo soplo, con un último pulso de luz cegadora, a las terribles bestias que se arremolinan alrededor de los despojos de un universo agonizante y sumido en la tiniebla. Después, en un único acto de ira titánica y magna violencia, oculta su mirada, apartándola de los oscuros seres. Sin que un solo pensamiento más fluya por su ser, sin que un solo ápice más de su consciencia vibre al unísono con el tejido que se amontona en extensas y desgarradas capas sobre él, el Ente congela el latido, apretando el corazón del universo hasta que su consciencia, anulada, se evapora y se extiende por las dimensiones, conociendo de nuevo la inmensidad incolora, la titánica potencialidad extendida más allá de toda existencia, donde sólo la posible existencia respetará sus latidos, donde sólo la potencia del ser colmará su afán de existir.
  Vacío, el tejido se deshace acaso en un tiempo negativo, rehaciendo la Historia, aniquilando las existencias, van las historias sucediéndose instantánea, caóticamente, unas sobre otras. Van desapareciendo las consciencias y las voluntades y los deseos y las posibilidades, arrastradas todas por el último aliento, por la última acción, por la última de las consecuencias reales.
  El último latido de la consciencia arrastra consigo el último hálito, el último destello de luz, la más ínfima y última cantidad imaginable de todo cuanto existiere.

  Reunido con todo lo que pudo ser, el Ente se regocija. El último latido de su consciencia culmina en el primer latido de su falsa existencia.

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