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  Las nubes densas y pálidas se alejan rápidamente, dejando a su paso un cielo puro y colmado de astronaves que, en largas y oscuras hileras, salen de los tres nodos de despliegue de la EC y se acercan en una inmensa espiral a las heladas puntas de los rascacielos de la ciudad. Iluminada por el Sol y barrida por un viento gélido, la urbe se muestra limpia y blanca; sus muros de titanio y acero brillan con fuerza tras los escudos de criobinita azul. Los densos e irisados cristales reforzados guardan a los ciudadanos, que con rapidez y pánico bajan hasta lo más hondo de la ciudad, bajo la gran torre blanca erigida en su centro. No tardan en salir al encuentro del invasor cientos de artefactos imponentes y pesados, que inician un fuego cruzado que hace arder el aire pero no daña los austeros edificios.

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