Archive for junio, 2009

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Pasa un segundo y después otro y las puertas se cierran a mis espaldas y su ruido espanta las aves negras, que se alejan de mí arrastrando telas y mantos de oscuridad y me dejan ver una oscuridad más fría y negra y terrible. Pasa un segundo y después otro y veo que te alejas y veo que mis pasos me alejan de ti y tengo miedo pero sigo avanzando y me odio pero sigo avanzando y te amo tanto como me odio y más aún pero sigo avanzando y deseo con toda la rabia y toda la ira y toda la desesperación no oir esa última puerta cerrarse a mis espaldas, negándome la luz que me arrojas, sin tener que recibir nada a cambio. Claro que no, no sé lo que quiero, igual que no lo saben los ancianos sabios y experimentados que, por no saber a dónde les llevan sus pasos, no saben nada, ya no se deprimen, no tienen nada que perder. Yo sí. Tengo miedo de perderte, tengo miedo de que la puerta se cierre así, de improviso, porque la voluntad de las telarañas lo dicta, pero más miedo aún tengo de ser yo el maldito bastardo que cierre la puerta, condenándome al suicidio y a la fría negra oscuridad que se cierne sobre mi futuro en tiempo negativo.
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Fragmento [Libro II] Acercándose el final…

  Máscaras blancas y alargadas, surcadas por grietas negras y adornadas con cintas y cuentas que ondeaban al ritmo de sus pasos, la Guardia Blanca avanzaba con pasos firmes y ligeros. Portaban largas lanzas que eran también rifles de criobinita y a la espalda y colgando de la cintura tenían una gran variedad de pertrechos y armas de diferentes tamaños. El grupo, que marchaba en una columna de dos en fondo, se acercaba a su destino. Una astronave reluciente, de un metal surcado por franjas blancas y rojas que se desplazaban por su superficie, pasó por encima de sus cabezas, dejando caer una figura alta y elegante, que se alzó sobre el suelo con extrema gracia. Portando una reluciente capa negra y roja que llegaba hasta el suelo y que cubría todo su cuerpo, el ser esperó, encarado al grupo de soldados hasta que el Celador llegó hasta él y dio la orden de parar. La Guardia apoyó sus armas en el suelo y descansaron mientras el Celador y Ómicro conversaban. Después de algunas pocas palabras, Ómicron se hizo a un lado y la Guardia reanudó el paso; pesados trajes de metal y extraños materiales, resplandecientes y blancos, que iluminaban con su luz pálida y azulada una tierra desolada y gris. Dejando atrás el cuartel que Ómicron y Los Suyos habían levantado, la Guardia marchó durante varias horas hasta llegar a un enorme bloque cilíndrico de piedra maciza, de tres metros de altura, que taponaba un profundo pozo de un par de docenas de metros de diámetro. Por un estrecho agujero excavado en la roca, de uno en uno, la Guardia se adentró en el Pozo, que era uno de los tres accesos a la titánica ciudad que los antiguos habían erigido bajo tierra. Portando la más alta tecnología que la Humanidad había creado y los más puros ideales que había generado, la Guardia se adentró en la inmensa oscuridad de las innumerables Necrópolis de la Ciudad Dormida, donde las almas negras de decenas de miles de cadáveres animados alimentaba el lento y frío pulso del corazón de la ciudad.