Archive for agosto, 2009

Νεκρόπολις

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Amadeus

   Los inmensos muros de la Última Necrópolis rugían y hacían temblar la tierra con cada movimiento. Las rendijas de luz azul y las intensas corrientes de aire acompañaban el lento y vibrante giro de los fragmentos de piedra a todo lo largo del muro. La cámara era un cono hueco, titánico, con una estructura también cónica encayada en su interior. Una gruesa columna construida en piedra que se dividía en siete pilares de más de doscientos metros de diámetro. De arriba abajo, finas hebras de luz atravesaban la tallada superficie, imitando la enervadura de un tronco. En el corazón de la estructura, una pirámide escalonada, alta y elegante. Cuatro escalinatas conducían a un altar coronado por un techo sobre el que ondeaban cuatro largos pendones negros. De entre las juntas de los diferentes bloques de piedra de la pirámide llegaba la misma luz antinatural azulada y polvorienta, formando intrincados diseños. Por una de las escalinatas asciende una mujer alta, esbelta, de rasgos asiáticos, pelo negro largo, acompañada de otra mujer más baja, de pelo rojo intenso. La morena asciende apoyándose en una lanza de más de dos metros, transparente, que despide extraños destellos. Por cada una de las otras escalinatas suben tres figuras humanas recubiertas por pesadas armaduras y livianas túnicas negras.
  No median palabra cuando llegan los once, a la vez, a la cúspide de la pirámide, al amparo de las losas de piedra que soportan en sus esquinas las astas de los pendones negros. En ritual silencio, permanecieron inmóviles hasta que las rocas de los muros se congelaron y la luz azul desapareció engullida por la sombra. Después de varios minutos de sobrecogedores rugidos pétreos y profundos ruidos mecánicos, cayó sobre el lugar un silencio más profundo aún que la total negrura que también les abrazó.
  Una brisa leve y casi imperceptible revolvió las túnicas y vestimentas. Prendió un punto de luz azul sobre el altar. Se elevó lentamente un metro sobre la fría piedra y comenzó a hacerse más grande y brillante. La brisa tornó en un viento poderoso que rugía hacia el interior de aquella forma de luz gas que crecía y extendía sus tentáculos gaseosos hasta el suelo y hasta el techo. Lanzando bucles etéreos de tejidos blancos y vaporosos, la nube de luz blanquecina creció hasta ocupar toda la parte alta de la pirámide y empezar a iluminar las pesadas piedras que conformaban los siete pilares.
  La piel negra, brillante, de apariencia líquida, reflejaba destellos y ocultaba el irregular flujo de extrañas sustancias internas. Desde los hombros hasta los estrechos escalones, ondeaba grácil y lentamente una larga capa turquesa con detalles plateados en los bordes. Ómicron llegaba a lo alto de la pirámide con paso uniforme y lento. Cuando llegó, el viento cesó y la nube de luz y gas se comprimió sobre sí misma y desapareció, dejando en los presentes aún la sensación de la luz cegadora.
  Una voz se alzó desde todos y cada uno de los puntos del inmenso espacio que llenaba la necrópolis, desde todos y cada uno de los puntos de la imperecedera oscuridad que la dominaba y desde todos y cada uno de los bloques de piedra con que se habían recubiertos los toscos muros de roca viva. La voz pronunció palabras en una lengua que ninguno de los doce presentes conocía, mediante un sonido que era a la vez grave y agudo, uno y muchos, ronco y suave. Kana sintió cómo la Lanza de Cristal y el Libro le eran arrebatados, sin poder ella hacer nada. Antes de poder hacer nada, advirtió que de nuevo una luz surgió a mitad de la distancia que separaba el altar del techo. Ómicron alzó sendos objetos y los acercó a la luz, que brilló aún más.
  -¿De qué nos sirven, Amadeus? -preguntó el Emperador.
  La respuesta llegó inmediata y clara, como una consecuencia lógica derivada de la más inevitable ley física.
  -No hacen nada.
  -¿Qué son?
  -Son herramientas, que no hacen nada sin el uso de los que las crearon.
  -¿No podemos usarlas contra los Entes?
  -Ninguna herramienta os sirve contra los Entes.
  El silencio que siguió a aquel rápido cruce de preguntas y respuestas duró un par de minutos, durante los cuales el peso del mundo pareció caer encima de los protectores de la Humanidad.
  -Entonces, sólo podemos utilizarnos a nosotros mismos -se atrevió Kana-. ¿Qué son los Entes? -preguntó después de una pequeña pausa.
  -Los Entes no existen. Los Entes no Son. Los Entes son una potencia, una capacidad cualitativa, un potencial que, de por sí, no significa nada. Los Entes son una expresión de todo lo paradójico, de todo lo imposible, de las infinitas posibilidades que el Caos ofrece pero que no acaban dando fruto. Si Dios nunca ha existido, los Entes son hijos de Dios.
  -¿Los Entes no existen? ¿Qué es, entonces, lo que hemos visto todos estos años? -interrumpió uno de los Celadores.
  -Habéis visto la solución a las paradojas irresolvibles, la expresión última de lo imposible y de lo que es posible pero no seguro. Habéis estado tratando con los Entes del Multiverso. Sabéis que son Entes del Multiverso, pero no sabéis qué significa eso.
  La voz dejó de venir de toda la Necrópolis y empezó a concentrar su foco en el ser que se estaba materializando sobre el altar de piedra. Una máscara azul eléctrico y una blanca que le cubría todo el cuerpo.
  -Cada Ente es la representación de todo lo que un universo puede representar de forma potencial. Toda la energía y toda la materia que podría existir y evolucionar pero no ha podido ver la luz de la existencia por culpa de una cantidad infinita de factores imprevisibles. Un Ente tiene la capacidad de trastocar a voluntad las leyes físicas, el espaciotiempo, todos los ámbitos de la realidad.
  -¿Por qué hasta ahora no lo han hecho aquí? -preguntó Kana.
  -¿Cómo sabes que no lo han hecho antes? Pueden haberlo hecho, pero la acción de uno sólo de ellos puede no ser perceptible para la consciencia humana. Podría ser que, dado un punto de la Historia de la Humanidad, justo un segundo antes un Ente decidiera deconstruir y reconstruir ésta galaxia. ¿Con qué fin? No tienen ninguna clase de objetivo ni meta ni fin. Los Entes no persiguen, no buscan, ni encuentran. No sienten placer, ni dolor. Pueden aparentarlo. ¿Con qué fin un Ente del Multiverso destruye una colonia humana en Andrómeda y estalla en carcajadas que atraviesan todos los medios de comunicación humanos? Con ninguno en absoluto. Lo hace porque queréis que lo haga.
  De nuevo un silencio tan pesado como la oscuridad que los abrigaba. Incómodos, los Protectores hablaron entre ellos. Dánae se dirigió a Amadeus y lo miró a las negras rendijas de su máscara.
  -¿Podrías explicarnos eso último?
  Los otros once callaron al instante y pusieron atención a la respuesta. Ómicron, finalmente, dejó la Lanza y el Libro en el suelo, desde donde reflejaron la poderosa luz proveniente de Amadeus.
  -La acción de un Ente no se orienta hacia la destrucción de algo, o la construcción en ninguna de sus formas. Tampoco intentan transformarla realidad. Por esto mismo, si hacen algo de esto, lo deshacen de inmediato. Sin embargo, en la Guerra Universal que se está librando existe un conflicto de consciencias. Inmediatamente pensaréis que se trata de la guerra entre las consciencias de los Entes del Multiverso, por tanto la Humanidad es un elemento sobrante que se ha visto incluído en el conflicto de manera accidental. Pensaréis también que el desencadenante es el Arcano, por traer a este universo a todos estos seres. Estáis equivocados. La consciencia de la Humanidad es la que mueve a todos los Entes del Multiverso que han entrado aquí a librar esta guerra extrema. Los Entes del Multiverso no tienen consciencia ni voluntad, porque son seres paradójicos. Cuando la aniquilación del Sector Omega provocó que la consciencia colectiva de los seres extinguidos pasara a un estado superior de existencia, pudo acceder a otros planos de la realidad, pudo acceder a otros universos, al Multiverso. Eso lo sabéis. También créeis saber que lo que pasó después es que el Arcano hizo extraños negocios con diferentes Entes y que contrató sus servicios. Lo que en realidad pasó es que el Arcano arrastró al Multiverso a la consciencia que lo creó y que lo destruyó, la vuestra. La consciencia de la Humandiad infectó a muchos Entes del Multiverso y ahora el Arcano ha regresado con estos seres llenos de maldad, de bondad, de desesperación, de esperanza, de locura, de sabiduría, de toda una gama de sentimientos humanos profundos y viscerales. Los seres corpóreos que se pasean ahora por este unvierso construyendo mundos y destruyendo estrellas y batallando entre vuestras colonias, son representaciones físicas del alma de universos diferentes al vuestro, con la capacidad de destruir éste o crear tres iguales en cuanto se pongan de acuerdo. Éstos seres tan vastamente poderosos están controlados, además, por la misma enfermiza y pusilánime consciencia y voluntad que domina a la Humanidad.
  Amadeus se volvió, recorriendo con su mirada fría a cada uno de los protectores de la Humanidad a la que años atrás pertenecía. Después de unos segundos de silencio, continuó.
  -Lo intuíais. Todos lo intuíais en el fondo de vuestros corazones desde el momento en que el Arcano apareció en el espacio profundo, arrastrando consigo a los primeros Entes. Ahora lo podéis confirmar. La esperada guerra de los hombres contra los Dioses es, en realidad, la guerra de los hombres contra sus mentes.

ROL (Amadeus)

  La mesa estaba ahora vacía, junto a la pared. El arca, a medio cerrar, en un rincón. Con gestos lentos y casi ceremoniales, el anciano terminaba de encender las hileras de cirios y velas. Muchas de ellas ya estaban casi consumidas; la cera, formando estalactitas densas y rugosas que colgaban desde los bordes de las piedras y repisas. Ávaron, el anciano, sacó de un pequeño armario tres objetos de hierro negros y los situó en tres puntos alrededor de los glifos que había pintado en el suelo de piedra. Desplegó los objetos, que eran soportes intrincados y firmes. Sobre cada soporte, un cuenco de cobre, otro de plata, otro de oro, todos pulidos y limpiados. Sobre todos ellos echó unas ramitas negras y secas y un polvo blanco y grueso. Añadió, además, de un frasco que colgaba de su cuello, algunas gotas de una sustancia densa y oscura. Al cabo de unos instantes, tras despedir numerosas chispas de un morado intenso, un fuego brillante y azulado prendió en cada cuenco. En tres pequeños recipientes de cerámica vertió unas gotas de mercurio, una pizca de sal y un fragmento de azufre. Colocó los recipientes en otros tres puntos estratégicos y finalmente se sentó frente a la extraña disposición de objetos a esperar. Pasaron varias horas durante las que la rendija de luz que adornaba el marco de la ventana cerrada se iba haciendo más y más debil, hasta confundirse con el oscuro muro. Había caído el Sol, el momento estaba cerca. Una brisa circular empezó a remover los polvos que había echado sobre los glifos blancos.
  Se levantó con calma. El cuerpo decrépito del anciano se resentía de cada movimiento que hacía, pero había algo que iluminaba su rostro, una presencia incierta de bondad alimentaba su tranquilidad y le infundía cierta vitalidad. Con algo más de prisa, dio la vuelta y salió de la habitación. El frío aire del pasillo atravesó el ropaje negro ceremonial y caló hasta los huesos. Tras un escalofrío, Ávaron se volvió a la izquierda y se dirigió a la habitación del fondo del pasillo. La puerta abrió sin chirriar ni oponerse a su avance. Inmediatamente, una llama azul apareció en el corazón de una esfera de hierro que colgaba desde el techo por una cadena. Debajo de ella, un altar de madera de un metro de alto. Sobre el altar, un bulto envuelto en terciopelo rojo. Desenvolvió el baúl de oro y lo abrió. La vacía oscuridad le sonrió desde el interior frío. Un estremecimiento le recorrió desde los pies hasta la cabeza. El Artefacto no estaba. No perdió ni un solo segundo en buscarlo en algún lugar que no fuese el interior de aquel baúl, no tenía sentido hacerlo. Si no estaba ahí, debía estar lo suficientemente lejos como para no poder hacer nada. Helado, paralizado, permaneció escrutando la negrura del interior del pequeño baúl hasta que el ruido de la habitación contigua le devolvió a la realidad. Era demasiado tarde. Lentamente, dejó el baúl, abierto, sobre el altar. Se volvió y cerró la puerta tras de sí. Entró en la sala de nuevo. Una poderosa luz azulada iluminaba toda la estancia y un viento huracanado destrozaba los muebles y los soportes metálicos. Las tres llamas seguían intactas, flotando a más de un metro sobre el suelo, suspendidas en el vacío. En el centro del triángulo, sobre los glifos que brillaban ahora con la intensidad del sol, un ente de dos metros, destellante y aterrador, se volvió hacia el nigromante. Al moverse, la larga y etérea túnica que llevaba encima cobró vida y se desplegó por todo el espacio. Unos ojos negros en el corazón de un rostro luminoso y vaporoso incrustaron su mirada en la faz de Ávaron.
  -¿Dónde está? -preguntó el Ser, sin mover la boca.
  -No está -contestó Ávaron con un hilo de voz.
  Sin perder más tiempo, sin derrochar los preciados segundos que constituían su eternidad y la base de sus inescrutables planes, el Ente se acercó a Ávaron y clavó en su corazón una mano gélida, de dedos agudos y esqueléticos. Cuando sacó la mano, llevaba en ella un corazón transparente, azulado, que despedía un brillo inmaterial y profundo. Con fuerza, el espectro apretó la mano y destruyó el corazón. En medio de un remolino de luces y fuego azul el Ente desapareció en un instante, dejando atrás las tres llamas azules y vibrantes. Inmediatamente, Ávaron perdió la consciencia. Los espíritus que había invocado para alargar su vida se apoderaron de su cuerpo y se nutrieron de su poder, aunándose para convertirlo en una marioneta antinatural. El decrépito cuerpo se convirtió, tras una serie de violentas convulsiones y alaridos, en una bestia oscura y escuálida, que salió de la casa entre quejidos roncos y alaridos helados.

  Al fin apareció ante él el claro de un bosque, amplio y al amparo de la luz de la Luna creciente. Allí, se sentó y sacó de su macuto el pesado y compacto objeto. Lo observó bajo la pálida luz plateada y lo volvió a esconder. Tranquilo y seguro, Amadeus se echó sobre la hierba fresca y durmió, soñando con lo que el nuevo día le traería.

Tú…

  Existen partículas más pequeñas que cualquier átomo o incluso un protón, son partículas volubles, irrisorias, Materia reducida a su mínima y más absurda expresión. Hay unas partículas entre todas ellas de las que difícilmente se puede llegar a decir que, de hecho, existen. Nacen y se extinguen en intervalos de tiempo a los que nuestra consciencia no puede operar. La existencia de estas partículas es siempre de una pareja, dos partículas opuestas, contrarias, que nacen juntas en cualquier punto del vasto universo y después de una fracción de tiempo casi nula, se aniquilan mutuamente. Nada alteran el nacimiento y muerte de estas partículas, porque gastan la misma energía en nacer que la que reponen al destruirse, y el universo debería seguir su rumbo en paz…
  Pero como descubrió Hawking, en los confines de aquel monstruo informe y terrible que es el agujero negro, estos pares de partícula-antipartícula aparecen como pueden aparecer en cualquier otro punto de la realidad. Sólo que, en el borde del pozo, una partícula cae al abismo y la otra sale despedida del lugar, alejándose y adentrándose en el vacío, llevándose una porción ínfima y ridícula de energía y masa del agujero para equilibrar la balanza karmática universal…
  A veces pasa así con estos estúpidos primates que levantan torres kilométricas y envían ondas retransmitiendo patéticos debates televisivos a través del vacío.
  Ocurre que yo no era nadie, no existía. Tal vez hubiese en este cuerpo una realidad vital, una consciencia autoconsciente… pero aquel no soy yo, no soy yo porque el yo que ahora conozco, el yo del que emana este texto ha nacido junto a otra entidad mortal pero real, a la que me veo ligado irremisiblemente, por la fuerza de mil leyes naturales. Sé que si esto acaba, el que escribe esto también estará muerto. Tal vez este cuerpo siga vagabundeando por ahí, trabajando, cobrando una pensión, qué sé yo. Tal vez incluso pueda conocer otro tipo de felicidad, otro amor, no me importa. Pero sí sé que no sería yo, sería un extraño, sería alguien a quien no quiero conocer, a quien quiero mantener en otro plano, en un universo paralelo, en aquel universo paralelo en que todo sale mal o por lo menos no tan bien como querría.
  Y sí, no sé a qué viene exactamente lo de las partículas, la verdad. Pero sí sé que me he quedado agusto expresando mi sentir de que hay un Yo que ha ido creciendo y desarrollándose no desde el 1-5-91, sino desde otra fecha un poco más cercana… y que ese Yo está ligado a una única Tú.

Te Quiero.

Los ojos…

   Con toda la fuerza de la oscuridad y del fuego, los párpados se abrieron como se abre el negro firmamento para abrir paso al ígneo reinado del sol mortal. Teniam no vio los ojos. Los suyos propios estaban fijos en la masa de músculo y sangre que sostenía entre dedos firmes y bellos. El corazón de Danae se paró, al tiempo que la última detonación en la superficie inauguraba un periodo de silencio frío y tenso. Sin más reparo, concentró su voluntad y su fuerza en aquel órgano hasta que desapareció consumido en medio de una nube de humo negro. Con serena lentitud, con extrema confianza y macabra determinación el alto y elegante y venerable Emperador recogió la lanza de cristal, que brillaba con puros destellos estelares y, en pie sobre Kana, la hundió en el espeso manto de aire gélido. Vestido, piel, pecho, costilla, corazón, fueron desgarrados con limpieza. El suelo de piedra paró el avance de la lanza provocando un apenas perceptible sonido metálico.
  Teniam alzó la mirada al techo de la cámara, donde centenares de símbolos y figuras grabadas en la piedra se entretejían simulando la complejidad del cosmos. Frente a él tenía los cadáveres de Kana y de Danae. Más allá, sobre su altar, el destellante y magnético objeto de macizo metal, manchado por algunas trazas de sangre. Teniam soltó la lanza, que se mantuvo vertical sobre el cuerpo pálido del enemigo caído. Agachándose, agarró las dos mitades de corazón con sendas manos y los separó sin dificultad, vertiendo su contenido sobre el pecho del cadáver. Sintiendo que obedecía a un impulso irracional pero incontenible, tan arcano como oscuro, se acercó una de las dos partes y la mordió, arrancando un pequeño trozo de músculo duro y sanguinolento. Cerró los ojos y, sin masticarlo, tragó el fragmento y arrojó el corazón al suelo. Sintió cómo un fuego cuya visión le había sido vedada por milenios se alzaba frente a él y le rodeaba y le abrazaba sin abrasarle, se introducía en él y alimentaba la llama de su voluntad. Apenas comenzaba a percibir la magnitud del incremento de poder que estaba experimentando cuando percibió que el esperado, trivial, húmedo sonido provocado por el músculo al dar contra el suelo no había llegado. Sabiendo de antemano lo que iba a ver, Teniam abrió los ojos y contempló la mano de Kana, frente a él, alzada desde el suelo sobre un brazo erecto, tenso, níveo. Entre los delgados y ensangrentados dedos, la mujer apretaba un corazón palpitante y herido. Donde faltaba el fragmento arrancado por Teniam había crecido un tejido pulsante, negro, brillante.
  Con lentitud, con seguridad, sin parpadear, atravesando la conciencia de Teniam aquellos ojos negros y abismales, Kana desincrustó con facilidad la lanza de cristal con la mano libre, en un gesto orgásmico y vibrante.

[…]