Los ojos…

   Con toda la fuerza de la oscuridad y del fuego, los párpados se abrieron como se abre el negro firmamento para abrir paso al ígneo reinado del sol mortal. Teniam no vio los ojos. Los suyos propios estaban fijos en la masa de músculo y sangre que sostenía entre dedos firmes y bellos. El corazón de Danae se paró, al tiempo que la última detonación en la superficie inauguraba un periodo de silencio frío y tenso. Sin más reparo, concentró su voluntad y su fuerza en aquel órgano hasta que desapareció consumido en medio de una nube de humo negro. Con serena lentitud, con extrema confianza y macabra determinación el alto y elegante y venerable Emperador recogió la lanza de cristal, que brillaba con puros destellos estelares y, en pie sobre Kana, la hundió en el espeso manto de aire gélido. Vestido, piel, pecho, costilla, corazón, fueron desgarrados con limpieza. El suelo de piedra paró el avance de la lanza provocando un apenas perceptible sonido metálico.
  Teniam alzó la mirada al techo de la cámara, donde centenares de símbolos y figuras grabadas en la piedra se entretejían simulando la complejidad del cosmos. Frente a él tenía los cadáveres de Kana y de Danae. Más allá, sobre su altar, el destellante y magnético objeto de macizo metal, manchado por algunas trazas de sangre. Teniam soltó la lanza, que se mantuvo vertical sobre el cuerpo pálido del enemigo caído. Agachándose, agarró las dos mitades de corazón con sendas manos y los separó sin dificultad, vertiendo su contenido sobre el pecho del cadáver. Sintiendo que obedecía a un impulso irracional pero incontenible, tan arcano como oscuro, se acercó una de las dos partes y la mordió, arrancando un pequeño trozo de músculo duro y sanguinolento. Cerró los ojos y, sin masticarlo, tragó el fragmento y arrojó el corazón al suelo. Sintió cómo un fuego cuya visión le había sido vedada por milenios se alzaba frente a él y le rodeaba y le abrazaba sin abrasarle, se introducía en él y alimentaba la llama de su voluntad. Apenas comenzaba a percibir la magnitud del incremento de poder que estaba experimentando cuando percibió que el esperado, trivial, húmedo sonido provocado por el músculo al dar contra el suelo no había llegado. Sabiendo de antemano lo que iba a ver, Teniam abrió los ojos y contempló la mano de Kana, frente a él, alzada desde el suelo sobre un brazo erecto, tenso, níveo. Entre los delgados y ensangrentados dedos, la mujer apretaba un corazón palpitante y herido. Donde faltaba el fragmento arrancado por Teniam había crecido un tejido pulsante, negro, brillante.
  Con lentitud, con seguridad, sin parpadear, atravesando la conciencia de Teniam aquellos ojos negros y abismales, Kana desincrustó con facilidad la lanza de cristal con la mano libre, en un gesto orgásmico y vibrante.

[…]

1 comentario »

  1. Lina Said:

    ohohoh ohhhhme corrí (L)insuperable, señorr🙂


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