ROL (Amadeus)

  La mesa estaba ahora vacía, junto a la pared. El arca, a medio cerrar, en un rincón. Con gestos lentos y casi ceremoniales, el anciano terminaba de encender las hileras de cirios y velas. Muchas de ellas ya estaban casi consumidas; la cera, formando estalactitas densas y rugosas que colgaban desde los bordes de las piedras y repisas. Ávaron, el anciano, sacó de un pequeño armario tres objetos de hierro negros y los situó en tres puntos alrededor de los glifos que había pintado en el suelo de piedra. Desplegó los objetos, que eran soportes intrincados y firmes. Sobre cada soporte, un cuenco de cobre, otro de plata, otro de oro, todos pulidos y limpiados. Sobre todos ellos echó unas ramitas negras y secas y un polvo blanco y grueso. Añadió, además, de un frasco que colgaba de su cuello, algunas gotas de una sustancia densa y oscura. Al cabo de unos instantes, tras despedir numerosas chispas de un morado intenso, un fuego brillante y azulado prendió en cada cuenco. En tres pequeños recipientes de cerámica vertió unas gotas de mercurio, una pizca de sal y un fragmento de azufre. Colocó los recipientes en otros tres puntos estratégicos y finalmente se sentó frente a la extraña disposición de objetos a esperar. Pasaron varias horas durante las que la rendija de luz que adornaba el marco de la ventana cerrada se iba haciendo más y más debil, hasta confundirse con el oscuro muro. Había caído el Sol, el momento estaba cerca. Una brisa circular empezó a remover los polvos que había echado sobre los glifos blancos.
  Se levantó con calma. El cuerpo decrépito del anciano se resentía de cada movimiento que hacía, pero había algo que iluminaba su rostro, una presencia incierta de bondad alimentaba su tranquilidad y le infundía cierta vitalidad. Con algo más de prisa, dio la vuelta y salió de la habitación. El frío aire del pasillo atravesó el ropaje negro ceremonial y caló hasta los huesos. Tras un escalofrío, Ávaron se volvió a la izquierda y se dirigió a la habitación del fondo del pasillo. La puerta abrió sin chirriar ni oponerse a su avance. Inmediatamente, una llama azul apareció en el corazón de una esfera de hierro que colgaba desde el techo por una cadena. Debajo de ella, un altar de madera de un metro de alto. Sobre el altar, un bulto envuelto en terciopelo rojo. Desenvolvió el baúl de oro y lo abrió. La vacía oscuridad le sonrió desde el interior frío. Un estremecimiento le recorrió desde los pies hasta la cabeza. El Artefacto no estaba. No perdió ni un solo segundo en buscarlo en algún lugar que no fuese el interior de aquel baúl, no tenía sentido hacerlo. Si no estaba ahí, debía estar lo suficientemente lejos como para no poder hacer nada. Helado, paralizado, permaneció escrutando la negrura del interior del pequeño baúl hasta que el ruido de la habitación contigua le devolvió a la realidad. Era demasiado tarde. Lentamente, dejó el baúl, abierto, sobre el altar. Se volvió y cerró la puerta tras de sí. Entró en la sala de nuevo. Una poderosa luz azulada iluminaba toda la estancia y un viento huracanado destrozaba los muebles y los soportes metálicos. Las tres llamas seguían intactas, flotando a más de un metro sobre el suelo, suspendidas en el vacío. En el centro del triángulo, sobre los glifos que brillaban ahora con la intensidad del sol, un ente de dos metros, destellante y aterrador, se volvió hacia el nigromante. Al moverse, la larga y etérea túnica que llevaba encima cobró vida y se desplegó por todo el espacio. Unos ojos negros en el corazón de un rostro luminoso y vaporoso incrustaron su mirada en la faz de Ávaron.
  -¿Dónde está? -preguntó el Ser, sin mover la boca.
  -No está -contestó Ávaron con un hilo de voz.
  Sin perder más tiempo, sin derrochar los preciados segundos que constituían su eternidad y la base de sus inescrutables planes, el Ente se acercó a Ávaron y clavó en su corazón una mano gélida, de dedos agudos y esqueléticos. Cuando sacó la mano, llevaba en ella un corazón transparente, azulado, que despedía un brillo inmaterial y profundo. Con fuerza, el espectro apretó la mano y destruyó el corazón. En medio de un remolino de luces y fuego azul el Ente desapareció en un instante, dejando atrás las tres llamas azules y vibrantes. Inmediatamente, Ávaron perdió la consciencia. Los espíritus que había invocado para alargar su vida se apoderaron de su cuerpo y se nutrieron de su poder, aunándose para convertirlo en una marioneta antinatural. El decrépito cuerpo se convirtió, tras una serie de violentas convulsiones y alaridos, en una bestia oscura y escuálida, que salió de la casa entre quejidos roncos y alaridos helados.

  Al fin apareció ante él el claro de un bosque, amplio y al amparo de la luz de la Luna creciente. Allí, se sentó y sacó de su macuto el pesado y compacto objeto. Lo observó bajo la pálida luz plateada y lo volvió a esconder. Tranquilo y seguro, Amadeus se echó sobre la hierba fresca y durmió, soñando con lo que el nuevo día le traería.

3 comentarios »

  1. Skarakol Said:

    magnífico, de nuevo.y esl nombre de amadeus es *_____________*

  2. Lina Said:

    ooh… es gnial, puedo ver cada escena y cada detalle como si lo tuviese delante; incluso con más fidelidad que si lo estuviese viendo. Genial

  3. Lina Said:

    Amadeus, por supuesto.


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