Amadeus

   Los inmensos muros de la Última Necrópolis rugían y hacían temblar la tierra con cada movimiento. Las rendijas de luz azul y las intensas corrientes de aire acompañaban el lento y vibrante giro de los fragmentos de piedra a todo lo largo del muro. La cámara era un cono hueco, titánico, con una estructura también cónica encayada en su interior. Una gruesa columna construida en piedra que se dividía en siete pilares de más de doscientos metros de diámetro. De arriba abajo, finas hebras de luz atravesaban la tallada superficie, imitando la enervadura de un tronco. En el corazón de la estructura, una pirámide escalonada, alta y elegante. Cuatro escalinatas conducían a un altar coronado por un techo sobre el que ondeaban cuatro largos pendones negros. De entre las juntas de los diferentes bloques de piedra de la pirámide llegaba la misma luz antinatural azulada y polvorienta, formando intrincados diseños. Por una de las escalinatas asciende una mujer alta, esbelta, de rasgos asiáticos, pelo negro largo, acompañada de otra mujer más baja, de pelo rojo intenso. La morena asciende apoyándose en una lanza de más de dos metros, transparente, que despide extraños destellos. Por cada una de las otras escalinatas suben tres figuras humanas recubiertas por pesadas armaduras y livianas túnicas negras.
  No median palabra cuando llegan los once, a la vez, a la cúspide de la pirámide, al amparo de las losas de piedra que soportan en sus esquinas las astas de los pendones negros. En ritual silencio, permanecieron inmóviles hasta que las rocas de los muros se congelaron y la luz azul desapareció engullida por la sombra. Después de varios minutos de sobrecogedores rugidos pétreos y profundos ruidos mecánicos, cayó sobre el lugar un silencio más profundo aún que la total negrura que también les abrazó.
  Una brisa leve y casi imperceptible revolvió las túnicas y vestimentas. Prendió un punto de luz azul sobre el altar. Se elevó lentamente un metro sobre la fría piedra y comenzó a hacerse más grande y brillante. La brisa tornó en un viento poderoso que rugía hacia el interior de aquella forma de luz gas que crecía y extendía sus tentáculos gaseosos hasta el suelo y hasta el techo. Lanzando bucles etéreos de tejidos blancos y vaporosos, la nube de luz blanquecina creció hasta ocupar toda la parte alta de la pirámide y empezar a iluminar las pesadas piedras que conformaban los siete pilares.
  La piel negra, brillante, de apariencia líquida, reflejaba destellos y ocultaba el irregular flujo de extrañas sustancias internas. Desde los hombros hasta los estrechos escalones, ondeaba grácil y lentamente una larga capa turquesa con detalles plateados en los bordes. Ómicron llegaba a lo alto de la pirámide con paso uniforme y lento. Cuando llegó, el viento cesó y la nube de luz y gas se comprimió sobre sí misma y desapareció, dejando en los presentes aún la sensación de la luz cegadora.
  Una voz se alzó desde todos y cada uno de los puntos del inmenso espacio que llenaba la necrópolis, desde todos y cada uno de los puntos de la imperecedera oscuridad que la dominaba y desde todos y cada uno de los bloques de piedra con que se habían recubiertos los toscos muros de roca viva. La voz pronunció palabras en una lengua que ninguno de los doce presentes conocía, mediante un sonido que era a la vez grave y agudo, uno y muchos, ronco y suave. Kana sintió cómo la Lanza de Cristal y el Libro le eran arrebatados, sin poder ella hacer nada. Antes de poder hacer nada, advirtió que de nuevo una luz surgió a mitad de la distancia que separaba el altar del techo. Ómicron alzó sendos objetos y los acercó a la luz, que brilló aún más.
  -¿De qué nos sirven, Amadeus? -preguntó el Emperador.
  La respuesta llegó inmediata y clara, como una consecuencia lógica derivada de la más inevitable ley física.
  -No hacen nada.
  -¿Qué son?
  -Son herramientas, que no hacen nada sin el uso de los que las crearon.
  -¿No podemos usarlas contra los Entes?
  -Ninguna herramienta os sirve contra los Entes.
  El silencio que siguió a aquel rápido cruce de preguntas y respuestas duró un par de minutos, durante los cuales el peso del mundo pareció caer encima de los protectores de la Humanidad.
  -Entonces, sólo podemos utilizarnos a nosotros mismos -se atrevió Kana-. ¿Qué son los Entes? -preguntó después de una pequeña pausa.
  -Los Entes no existen. Los Entes no Son. Los Entes son una potencia, una capacidad cualitativa, un potencial que, de por sí, no significa nada. Los Entes son una expresión de todo lo paradójico, de todo lo imposible, de las infinitas posibilidades que el Caos ofrece pero que no acaban dando fruto. Si Dios nunca ha existido, los Entes son hijos de Dios.
  -¿Los Entes no existen? ¿Qué es, entonces, lo que hemos visto todos estos años? -interrumpió uno de los Celadores.
  -Habéis visto la solución a las paradojas irresolvibles, la expresión última de lo imposible y de lo que es posible pero no seguro. Habéis estado tratando con los Entes del Multiverso. Sabéis que son Entes del Multiverso, pero no sabéis qué significa eso.
  La voz dejó de venir de toda la Necrópolis y empezó a concentrar su foco en el ser que se estaba materializando sobre el altar de piedra. Una máscara azul eléctrico y una blanca que le cubría todo el cuerpo.
  -Cada Ente es la representación de todo lo que un universo puede representar de forma potencial. Toda la energía y toda la materia que podría existir y evolucionar pero no ha podido ver la luz de la existencia por culpa de una cantidad infinita de factores imprevisibles. Un Ente tiene la capacidad de trastocar a voluntad las leyes físicas, el espaciotiempo, todos los ámbitos de la realidad.
  -¿Por qué hasta ahora no lo han hecho aquí? -preguntó Kana.
  -¿Cómo sabes que no lo han hecho antes? Pueden haberlo hecho, pero la acción de uno sólo de ellos puede no ser perceptible para la consciencia humana. Podría ser que, dado un punto de la Historia de la Humanidad, justo un segundo antes un Ente decidiera deconstruir y reconstruir ésta galaxia. ¿Con qué fin? No tienen ninguna clase de objetivo ni meta ni fin. Los Entes no persiguen, no buscan, ni encuentran. No sienten placer, ni dolor. Pueden aparentarlo. ¿Con qué fin un Ente del Multiverso destruye una colonia humana en Andrómeda y estalla en carcajadas que atraviesan todos los medios de comunicación humanos? Con ninguno en absoluto. Lo hace porque queréis que lo haga.
  De nuevo un silencio tan pesado como la oscuridad que los abrigaba. Incómodos, los Protectores hablaron entre ellos. Dánae se dirigió a Amadeus y lo miró a las negras rendijas de su máscara.
  -¿Podrías explicarnos eso último?
  Los otros once callaron al instante y pusieron atención a la respuesta. Ómicron, finalmente, dejó la Lanza y el Libro en el suelo, desde donde reflejaron la poderosa luz proveniente de Amadeus.
  -La acción de un Ente no se orienta hacia la destrucción de algo, o la construcción en ninguna de sus formas. Tampoco intentan transformarla realidad. Por esto mismo, si hacen algo de esto, lo deshacen de inmediato. Sin embargo, en la Guerra Universal que se está librando existe un conflicto de consciencias. Inmediatamente pensaréis que se trata de la guerra entre las consciencias de los Entes del Multiverso, por tanto la Humanidad es un elemento sobrante que se ha visto incluído en el conflicto de manera accidental. Pensaréis también que el desencadenante es el Arcano, por traer a este universo a todos estos seres. Estáis equivocados. La consciencia de la Humanidad es la que mueve a todos los Entes del Multiverso que han entrado aquí a librar esta guerra extrema. Los Entes del Multiverso no tienen consciencia ni voluntad, porque son seres paradójicos. Cuando la aniquilación del Sector Omega provocó que la consciencia colectiva de los seres extinguidos pasara a un estado superior de existencia, pudo acceder a otros planos de la realidad, pudo acceder a otros universos, al Multiverso. Eso lo sabéis. También créeis saber que lo que pasó después es que el Arcano hizo extraños negocios con diferentes Entes y que contrató sus servicios. Lo que en realidad pasó es que el Arcano arrastró al Multiverso a la consciencia que lo creó y que lo destruyó, la vuestra. La consciencia de la Humandiad infectó a muchos Entes del Multiverso y ahora el Arcano ha regresado con estos seres llenos de maldad, de bondad, de desesperación, de esperanza, de locura, de sabiduría, de toda una gama de sentimientos humanos profundos y viscerales. Los seres corpóreos que se pasean ahora por este unvierso construyendo mundos y destruyendo estrellas y batallando entre vuestras colonias, son representaciones físicas del alma de universos diferentes al vuestro, con la capacidad de destruir éste o crear tres iguales en cuanto se pongan de acuerdo. Éstos seres tan vastamente poderosos están controlados, además, por la misma enfermiza y pusilánime consciencia y voluntad que domina a la Humanidad.
  Amadeus se volvió, recorriendo con su mirada fría a cada uno de los protectores de la Humanidad a la que años atrás pertenecía. Después de unos segundos de silencio, continuó.
  -Lo intuíais. Todos lo intuíais en el fondo de vuestros corazones desde el momento en que el Arcano apareció en el espacio profundo, arrastrando consigo a los primeros Entes. Ahora lo podéis confirmar. La esperada guerra de los hombres contra los Dioses es, en realidad, la guerra de los hombres contra sus mentes.

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