Archive for diciembre, 2009

…y…

  Viene.

  Va.
  Viene.
  Va.
  Negro.
  Blanco.
  El cursor viene y va. Unos cuantos píxeles negros apilados, unos sobre otros, que se vuelven negros, que se vuelven blancos, que se vuelven negros, que se desplazan uniformemente a la derecha, en mi mente, dejando tras de sí dos simples palabras:
  PUTA MIERDA
  En la realidad, el cursor sigue ahí, inmóvil, parpadeante, expectante, el recuadro aún brillante, blanco…
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Invasión

  Rodeado de un caos tangente, cáustico y fatal, el artefacto avanzaba con rapidez y determinación, en el seno de una nube de llamas y sombras. Su estructura hostil y retorcida guardaba con celo, en su corazón apenas visible, un núcleo pulsante, ígneo. Con cada pulso afirmaba su poder nulificador, limitando cada vez más las capacidades de las flotas humanas. Pero cada pulso de aquel engendro ardiente se correspondía con uno más profundo, oscuro y poderoso de su amo. Ak, El Arcano, El […]. Sus inmensos ejércitos habían ignorado por completo toda galaxia, todo astro, todo mundo que no hubiese recibido la atención de la humanidad. Los mismos Entes del Multiverso, supuestamente libres de voluntad y de albedrío, se mostraban ahora como lo que eran, sumándose a la masa de herramientas y armas que se acumulaba alrededor del negro corazón pulsante y pensante, el absoluto elemento negativo, el perfecto aniquilador de todo lo humano. Decidido a no ceder ni un solo metro, decidido a no decelerar en su grandioso y nefasto avance, no hubo estrategia en la invasión del Arcano, no hubo intelecto real tras las continuas salvas de destrucción, tras el continuo flujo de fuego y muerte.
  Quemando las nubes, quebrando el firmamento y arrasando los campos con su ira ciega, los ejércitos llegaron a la atmósfera terrestre. Una lluvia de acero fundido asoló la tierra y las más oscuras sombras recorrieron los océanos. En el centro del universo, la distancia entre El Arcano y la copa del Árbol era cada vez menor.

Llegada

  Una sombra mayor que la que caía sobre el Árbol penetró en los ojos y corazones de aquellos que lo adoraban, a sus pies. Ahogando un grito, los expectantes contemplaron cómo el antes formidable ente palidecía primero, luego entraba en un sombrío estado de espera. En apenas un instante, sus hojas se oscurecieron y sus ramas dejaron de mecerse al viento, que había dejado de soplar, y se habían agarrotado y cuarteado como los brazos de una momia. El Árbol entero crujió y se quejó como si en un segundo hubiese envejecido mil años. Aún formidable, aún robusto, aún, al fin, vivo, pero penoso y mustio, el titán se estremeció a la vez que las masas humanas que se amontonaban bajo él.
  Por un momento no ocurrió nada. Una quietud que atenazaba los sentidos, un silencio que martilleaba los tímpanos, un frío que calaba hasta los recónditos más primitivos de la mente. Pronto se le añadió la antinatural penumbra del eclipse. El último eclipse. El disco solar, ahogado por el monstruoso y frío astro, mostraba aún una corona flamígera. Muchos sabían que eso era cuanto podrían ver del Sol hasta el mismo fin de los tiempos; los Entes les habían robado la capacidad de ver la faz de su astro rey al menos durante sus últimos momentos de existencia.
  Primero el leve, casi imperceptible, rumor de las hojas, luego el inconfundible y nefasto crujir de las ramas, quejas de la madera medio muerta, el aire entró en movimiento y el caótico viento arreció hasta contorsionar violentamente el Árbol. Allá, en las alturas, decenas de puntos de luz, miles de ellos más tarde, millones varios minutos después, aparecieron en el seno de la oscuridad estelar. Fueron agrandándose los focos de luz hasta convertirse en verdaderos meteoros, masas incandescentes de ira surgida del corazón vacío de los Entes. Segundos antes del impacto, la absoluta totalidad de las flotas estelares de la humanidad se alzaron desde el suelo, elevándose hacia las alturas con la solemne y adusta gracia del cortejo funerario de un emperador o de una gran y orgullosa raza. Sus metales negros, blancos, rojos, grises, relucieron débilmente ante la luz artificial antes de desaparecer en el manto de penumbra.