Llegada

  Una sombra mayor que la que caía sobre el Árbol penetró en los ojos y corazones de aquellos que lo adoraban, a sus pies. Ahogando un grito, los expectantes contemplaron cómo el antes formidable ente palidecía primero, luego entraba en un sombrío estado de espera. En apenas un instante, sus hojas se oscurecieron y sus ramas dejaron de mecerse al viento, que había dejado de soplar, y se habían agarrotado y cuarteado como los brazos de una momia. El Árbol entero crujió y se quejó como si en un segundo hubiese envejecido mil años. Aún formidable, aún robusto, aún, al fin, vivo, pero penoso y mustio, el titán se estremeció a la vez que las masas humanas que se amontonaban bajo él.
  Por un momento no ocurrió nada. Una quietud que atenazaba los sentidos, un silencio que martilleaba los tímpanos, un frío que calaba hasta los recónditos más primitivos de la mente. Pronto se le añadió la antinatural penumbra del eclipse. El último eclipse. El disco solar, ahogado por el monstruoso y frío astro, mostraba aún una corona flamígera. Muchos sabían que eso era cuanto podrían ver del Sol hasta el mismo fin de los tiempos; los Entes les habían robado la capacidad de ver la faz de su astro rey al menos durante sus últimos momentos de existencia.
  Primero el leve, casi imperceptible, rumor de las hojas, luego el inconfundible y nefasto crujir de las ramas, quejas de la madera medio muerta, el aire entró en movimiento y el caótico viento arreció hasta contorsionar violentamente el Árbol. Allá, en las alturas, decenas de puntos de luz, miles de ellos más tarde, millones varios minutos después, aparecieron en el seno de la oscuridad estelar. Fueron agrandándose los focos de luz hasta convertirse en verdaderos meteoros, masas incandescentes de ira surgida del corazón vacío de los Entes. Segundos antes del impacto, la absoluta totalidad de las flotas estelares de la humanidad se alzaron desde el suelo, elevándose hacia las alturas con la solemne y adusta gracia del cortejo funerario de un emperador o de una gran y orgullosa raza. Sus metales negros, blancos, rojos, grises, relucieron débilmente ante la luz artificial antes de desaparecer en el manto de penumbra.

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