Invasión

  Rodeado de un caos tangente, cáustico y fatal, el artefacto avanzaba con rapidez y determinación, en el seno de una nube de llamas y sombras. Su estructura hostil y retorcida guardaba con celo, en su corazón apenas visible, un núcleo pulsante, ígneo. Con cada pulso afirmaba su poder nulificador, limitando cada vez más las capacidades de las flotas humanas. Pero cada pulso de aquel engendro ardiente se correspondía con uno más profundo, oscuro y poderoso de su amo. Ak, El Arcano, El […]. Sus inmensos ejércitos habían ignorado por completo toda galaxia, todo astro, todo mundo que no hubiese recibido la atención de la humanidad. Los mismos Entes del Multiverso, supuestamente libres de voluntad y de albedrío, se mostraban ahora como lo que eran, sumándose a la masa de herramientas y armas que se acumulaba alrededor del negro corazón pulsante y pensante, el absoluto elemento negativo, el perfecto aniquilador de todo lo humano. Decidido a no ceder ni un solo metro, decidido a no decelerar en su grandioso y nefasto avance, no hubo estrategia en la invasión del Arcano, no hubo intelecto real tras las continuas salvas de destrucción, tras el continuo flujo de fuego y muerte.
  Quemando las nubes, quebrando el firmamento y arrasando los campos con su ira ciega, los ejércitos llegaron a la atmósfera terrestre. Una lluvia de acero fundido asoló la tierra y las más oscuras sombras recorrieron los océanos. En el centro del universo, la distancia entre El Arcano y la copa del Árbol era cada vez menor.

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