ROL (Amadeus II)

  Dejó, de pronto, de maldecir y murmurar; le había parecido oir el crujir de una rama. Pronto desvió la atención al cliente, de nuevo. Desde el mismo momento en que comenzó a disuadirlo con aquellos grandes, perfectos, fragmentos circulares de oro, sabía que terminaría aceptando el trabajo, pero bien merecía la pena perderle si así tuviera que ser. Noche cerrada en el camino a Drieder, pero no por el puerto de Galeçon sino campo través por las llanuras y bosques. Un viaje duro mas breve comparado con el que le llevaría por las montañas. El cliente fue… insistente. Decidió, tras unos instantes deliberando, atravesar los cenagales por su propia cuenta una vez llegado a ese punto, habida cuenta de la imposibilidad de que el carruaje fuese más allá de la Atalaya Norte, justo frente al comienzo de la ciénaga. Noche cerrada, bosque, mal tiempo y un camino que en más de un tramo aparecía más desvahído que el campo de estrellas visto desde la Capital. Con mucha suerte, llegarían a la Atalaya antes de la tercera noche, permitiéndole ir desde allí hasta el Galeçon para aprovisionarse y descansar, aparte de revisar el montante del carruaje, que en los últimas semanas…
  El relincho de los caballos, los cascos y el chirriar del metal del vehículo mientras frenaba fueron preludio de un silencio y un frío atenazantes y oscuros. Aquel no era un aullido, ni aun un rugido o berrido. El alarido antinatural hizo al cliente asomarse al exterior. El aire frío y húmedo le golpeó en la cara con una furia parecida a la que destilaba el grito. Se volvió al candil que el cochero alzaba y acercaba a las sombras más allá del camino.
  -¿Qué ha sido eso?
  La niebla, que se estaba levantando, dejaba atrás un ejército de árboles de corteza mojada y ramas peladas. Más allá de los pocos árboles a los que la titilante luz alcanzaba a iluminar, la completa oscuridad de la noche sin luna ocultaba el origen del sonido, dejando suficiente espacio a la duda incluso como para hacerles pensar que no hubo tal alarido.
  -¡Cochero! -gritó Amadeus, irritado-. ¿Qué bestia ha sido esa?
  -Lo ignoro, señor -contestó, escrutando las sombras. Se volvió a los caballos y añadió, antes de continuar la marcha con un latigazo-: Tal vez un maldito, un alma en pena.

  "¡NO! ¡No sabéis a qué os enfrentáis! Ignoráis por completo las repercusiones que tendría el usarlo." Un silencio burlón, que invitaba a seguir con la discusión. "¿No os dáis cuenta? Él mismo no es capaz de mirarlo, ahora. Es portador de un poder demasiado grande. Demasiado grande. Ignoradlo, volved la mirada, desviad la atención." Los demonios, los espíritus, rieron al unísono, provocando una cacofónica armonía de metal y rayos. "¡Olvidadlo por completo! Olvidad su existencia." Volvieron a invocar su recuerdo, con más fuerza aún. Dorado, cubierto en la superficie de sus barras y aros de pequeños y profundos glifos. El Artefacto seguía pareciéndole la más bella de sus creaciones, la más alta, la más grandiosa. "Olvidad su existencia, por tanto os aferréis a vuestra patética existencia…"
  La débil consciencia de Ávaron se sumió de nuevo en la bruma, dejando vía libre a los ya de por sí soberanos demonios a hacer completo uso de su monstruoso y deforme cuerpo.

[…]

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