[Libro I] -Jumiko y la sangre-

  Esto ya está mejor, ostias.

  Demasiado tarde. Los cinco cuerpos cayeron al suelo, inertes, cinco grandes manchas de sangre en el suelo, junto a ellos. Una punzada de dolor sin nombre atravesó su cráneo un instante después. Se cubrió los ojos por instinto, pero cuando cobró consciencia de la magnitud del dolor, éste la arrojó al suelo, donde comenzó a convulsionar. A su alrededor, los cientos de invitados armaron un estruendo, intentando enfrentarse con insultos y gritos de pánico a las dos docenas de soldados que entraron en el salón. Disparos. Más gritos y, pocos minutos después, silencio. Jumiko abrió los ojos cuando logró contener el dolor. Una bala había atravesado su cabeza de lado a lado. Aparte del infinito dolor, no sentía nada particularmente extraño. En medio de espasmos e intentando mantener recta la cabeza, se levantó hasta ponerse prácticamente en pie.
  Una carcajada metálica y áspera rompió el silencio tras ella. No parecía diferente del resto de soldados, pero algo en su disposición, más relajada, indicaba una seguridad en él propia de un oficial o de un psicópata. A diferencia del resto de traidores, él no llevaba puesto su casco, que agarraba con un brazo. Con el otro asía despreocupadamente un gran rifle Gauss cargado. Tenía una expresión jovial y juvenil, acentuada por su pelo corto y blanco, mientras que su risa recordaba a la de un maníaco.
  -Nadie lo dudaba, por supuesto -comenzó a decir, con voz insultante y rígida-, pero no perdíamos nada poniendo a prueba tu inmortalidad, ¿verdad?
  Jumiko no contestó. Se limitó a reconocer el terror en los rostros de los invitados y un frío reflejo en los cascos de los traidores, algunos de los cuales cerraban un círculo alrededor de ella mientras el resto paseaba lentamente entre las mesas sin dejar de apuntar sus armas a funcionarios, empresarios y políticos.
  -Pero eso era sólo una bala. Ni siquiera tú sabes lo que pasaría si fuéramos aún más lejos, ¿verdad?
  Jumiko se le volvió. No pronunció palabra alguna. Mantuvo la misma expresión neutra, estática, casi estúpida.
  -Se supone que tenemos que darte la posibilidad de dejar el cargo y todo eso -dijo con teatral desgana-, pero creo que podremos saltarnos toda esa burocracia, porque no vas a aceptar, ¿verdad?
  Silencio, apenas interrumpido por algún llanto nervioso.
  -No quieres hablar. No es problema, no hace falta que hables.
  Hizo una señal a uno de sus hombres. El más fornido y voluminoso de los soldados llegó hasta Kana de un salto y con una fuerza monstruosa le propinó un golpe en el cuello con la culata del arma. Por simple efecto del impulso, Jumiko calló al suelo de nuevo. El jefe soltó un breve recital de órdenes a unos soldados de la otra punta del salón. De alguna forma, alguien se las había arreglado para arrebatarle un arma a uno de sus hombres. Un instante de forcejeo, un disparo y de nuevo silencio. Más órdenes.
  El resto de soldados que la rodeaban se acercaron y adoptaron distintas posiciones. El que la había golpeado se puso a su espalda, desde donde agarró con una sola mano toda su negra cabellera, para obligarla a permanecer arrodillada y encogida, mientras que con la otra mantenía con fuerza sus brazos sobre la espalda en una posición al borde de la dislocación. Otro de ellos aprovechó el momento para, con otro golpe de culata, golpearle en la cabeza. El grito ahogado de alguna mujer acompañó el crujido de un hueso. Notó cómo un fino hilo de sangre bajaba desde su ojo hasta la barbilla, donde comenzó a gotear hacia el suelo.
  -Nunca me ha gustado entretenerme con discursos y sentencias filosóficas, así que disfruta de estos minutos de silencio, todos tus súbditos y esclavos mortales te lo dedican.
  Alguna clase de ruido provocado por más héroes de entre el público y más silencio.
  Oyó el inconfundible desenvainar de una espada. No sin otra punzada de dolor, giró la cabeza lo suficiente para ver cómo tres altos soldados se le arrimaban, portando largos sables. No pasaría por ahí, no por ahí. Empleando toda la fuerza física que podía invocar, se zafó en un instante de los brazos del gran hombre y, de un salto, hincó una fuerte patada en el pecho de uno de los militares que se disponía a ensartarla. Inmediatamente y totalmente sorprendida, recibió un profundo sablazo que le recorrió la espalda desde el hombro derecho hacia la cadera izquierda. Nadie disparaba. El resto de soldados esperaba que dos o tres espadas solucionasen el problema. ¿Honor? Lo dudaba. Encaró al ejecutor del corte justo en el momento en que otro de ellos dirigió la punta de su espada a su espalda. Logró entrever una larga hoja de metal asomando de entre un oscuro agujero a la altura de su corazón. Un solo segundo de pánico, que el primer soldado aprovechó para atravesar él también su caja torácica. Con la fuerza de los dos y los sables aún atravesándola, la hicieron arrodillarse. Sin suavidad, extrajeron sus armas y esperaron la llegada de su jefe. Éste recogió el arma del hombre cuya cara hubía hundido de una patada. Más profundo que el dolor, más intenso que la pura angustia, la duda carcomió a Jumiko. Podía existir la posibilidad de no ser completamente inmortal. Y podía no. Pero si esos soldados estaban allí, era a favor de la voluntad de Herón. Y Herón sabía ya tanto de la inmortalidad como Dominic y ella. No había pensado en él. Ahora viendo tan cercano el momento en que podría dejar de existir, Dominic se le antojaba lejano en la memoria, un vago y oscuro recuerdo de una vida pasada. No pudo mantener concentrada su atención más tiempo en Dominic, ahora sus ojos tenían ante sí la bella hoja de un sable japonés fabricado a medida. El sable ascendió después a las inmensas alturas del vacío. Mármol. Su mirada cayó, pesada, hacia el mármol, donde un mar de sangre avanzaba anegando la blanca pureza de la roca.
  Ya había acabado. Antes de darse cuenta, el sable ya había caído y atravesado su columna y garganta. No cerró los ojos, esperando que su cabeza rodante terminara enfocando la ígnea mirada del blasfemo traidor. Pero la visión del mundo que sus ojos le concedían no cambió. No vio el suelo ante ella acercarse vertiginosamente, nada por el estilo. Su cabeza seguía allí donde debiera permanecer. Solo unos segundos después, el sable ascendió de nuevo y de nuevo calló, de nuevo atravesó los fuertes tejidos y el cartílago y el músculo y de nuevo cortó el aire y de nuevo la cabeza de Jumiko permanecía en su lugar.
  […]

2 comentarios »

  1. O-Ren Said:

    Pobrecita, tu mente la ha descuartizado sin piedad.

  2. O-Ren Said:

    Has cambiado todo!! Pero ha quedado genial.Quiero tener el pelo largo como ella. Cuánta violencia hay en tu interior resentida. Me encanta.


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