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Apología [Libro III]

Realmente jodido, pero decidir si evadirse en descripciones (referencias a descripciones pasadas) o el suceso.

  Pasados ya varios minutos, el crecimiento exponencial de la colonia era evidente. Larguísimas hebras de hongos al viento, que acababan aferrándose a algún otro edificio, donde comenzaba a implantar grandes cantidades de huevos. El núcleo pulsante y viviente de la colonia iba adquiriendo una tonalidad violeta cada vez más intensa, hasta arrancarle a los muros de cristal del rascacielos bellos destellos que se veían desde cualquier punto de la ciudad. Un último pulso y el núcleo se convirtió en un potente y estable portal al Otro Mundo. Instantáneamente la colonia duplicó su tamaño y después lo quintuplicó. Del portal surgían decenas de criaturas flotantes del tamaño de buques, más tarde cargueros alien, que desplegaban por toda la ciudad su tripulación letal. Máquinas de guerra, de tentáculos metálicos segmentados, de cuchillas sanguinolentas, de ojos rojos y garras negras, tenían como único objetivo los humanos, todos y cada uno de ellos. La matanza se extendió por todo el centro de la ciudad durante varios minutos hasta que, en un solo segundo, diez millones de astronaves de la Coalición aparecieron a varios kilómetros sobre el suelo, provocando un estruendo de trueno al aparecer y de fuego al arrojar sobre el enemigo su soberbia potencia de ataque. Pocos segundos después, la colonia quedó reducida a ceniza y humo, arrastrados por el viento y aún ardiendo…

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Invasión

  Rodeado de un caos tangente, cáustico y fatal, el artefacto avanzaba con rapidez y determinación, en el seno de una nube de llamas y sombras. Su estructura hostil y retorcida guardaba con celo, en su corazón apenas visible, un núcleo pulsante, ígneo. Con cada pulso afirmaba su poder nulificador, limitando cada vez más las capacidades de las flotas humanas. Pero cada pulso de aquel engendro ardiente se correspondía con uno más profundo, oscuro y poderoso de su amo. Ak, El Arcano, El […]. Sus inmensos ejércitos habían ignorado por completo toda galaxia, todo astro, todo mundo que no hubiese recibido la atención de la humanidad. Los mismos Entes del Multiverso, supuestamente libres de voluntad y de albedrío, se mostraban ahora como lo que eran, sumándose a la masa de herramientas y armas que se acumulaba alrededor del negro corazón pulsante y pensante, el absoluto elemento negativo, el perfecto aniquilador de todo lo humano. Decidido a no ceder ni un solo metro, decidido a no decelerar en su grandioso y nefasto avance, no hubo estrategia en la invasión del Arcano, no hubo intelecto real tras las continuas salvas de destrucción, tras el continuo flujo de fuego y muerte.
  Quemando las nubes, quebrando el firmamento y arrasando los campos con su ira ciega, los ejércitos llegaron a la atmósfera terrestre. Una lluvia de acero fundido asoló la tierra y las más oscuras sombras recorrieron los océanos. En el centro del universo, la distancia entre El Arcano y la copa del Árbol era cada vez menor.

Llegada

  Una sombra mayor que la que caía sobre el Árbol penetró en los ojos y corazones de aquellos que lo adoraban, a sus pies. Ahogando un grito, los expectantes contemplaron cómo el antes formidable ente palidecía primero, luego entraba en un sombrío estado de espera. En apenas un instante, sus hojas se oscurecieron y sus ramas dejaron de mecerse al viento, que había dejado de soplar, y se habían agarrotado y cuarteado como los brazos de una momia. El Árbol entero crujió y se quejó como si en un segundo hubiese envejecido mil años. Aún formidable, aún robusto, aún, al fin, vivo, pero penoso y mustio, el titán se estremeció a la vez que las masas humanas que se amontonaban bajo él.
  Por un momento no ocurrió nada. Una quietud que atenazaba los sentidos, un silencio que martilleaba los tímpanos, un frío que calaba hasta los recónditos más primitivos de la mente. Pronto se le añadió la antinatural penumbra del eclipse. El último eclipse. El disco solar, ahogado por el monstruoso y frío astro, mostraba aún una corona flamígera. Muchos sabían que eso era cuanto podrían ver del Sol hasta el mismo fin de los tiempos; los Entes les habían robado la capacidad de ver la faz de su astro rey al menos durante sus últimos momentos de existencia.
  Primero el leve, casi imperceptible, rumor de las hojas, luego el inconfundible y nefasto crujir de las ramas, quejas de la madera medio muerta, el aire entró en movimiento y el caótico viento arreció hasta contorsionar violentamente el Árbol. Allá, en las alturas, decenas de puntos de luz, miles de ellos más tarde, millones varios minutos después, aparecieron en el seno de la oscuridad estelar. Fueron agrandándose los focos de luz hasta convertirse en verdaderos meteoros, masas incandescentes de ira surgida del corazón vacío de los Entes. Segundos antes del impacto, la absoluta totalidad de las flotas estelares de la humanidad se alzaron desde el suelo, elevándose hacia las alturas con la solemne y adusta gracia del cortejo funerario de un emperador o de una gran y orgullosa raza. Sus metales negros, blancos, rojos, grises, relucieron débilmente ante la luz artificial antes de desaparecer en el manto de penumbra.

La matanza infinita

  Alzaron la mirada con un incierto presentimiento. Sobre ellos, una mole negra alargada y fulgurante se alejaba a gran velocidad. Bajo ella, una sombra, una silueta. Apenas un segundo después, la guerrera, la máquina de muerte, cayó sobre el cadáver, quebrando sus huesos. Inmediatamente, las decenas de seres que la rodeaban volvieron hacia ella sus armas. Con una rapidez y frialdad letal, Danae arrancaba miembros esqueléticos, desgarraba músculos del color del papiro o de las nubes tormentosas, aplastaba huesos y quebraba armas. Conformando una bestial introducción a una bella danza de la muerte, Danae sacaba un arma de su pequeño arsenal, la utilizaba en el momento adecuado y la volvía a guardar. Destrozaba con sus propias manos a los muertos que se le aproximaban demasiado y acribillaba a los que venían desde lejos. Cuando los cadáveres de los cadáveres comenzaron a acumularse, sus miembros epilépticos intentando agarrar sus piernas, decidió irse apartando del lugar a medida que aniquilaba las oscuras masas de humanos con armas cada vez más potentes.
  Su decisión de utilizar armas tan potentes costó que, al fin, llamase la atención de un Ángel Negro, que elevó su alarido inhumano hacia el cielo brillante antes de echar a correr hacia ella. Danae apuntó sus dos armas más poderosas hacia la bestia y disparó ambas a la vez cuando se encontró a menos de cien metros. Sin ningún problema, el monstruo atravesó la nube de humo y vísceras que provocaron las máquinas y en pocos saltos llegó hasta ella. Un agudo pitido extraordinariamente molesto avisó a Danae de la llegada de un pulso. Un segundo después, su traje se desactivó. Acto seguido, las olas de luz multicolor y el golpe propinado por el brazo del Ángel llegaron a la vez a su consciencia. Su pesado cuerpo dio contra el suelo arenoso y cansado, provocando un leve crujido metálico. El sistema despertó y de nuevo se hizo la luz.Sobre ella, el Ángel se disponía a atravesarla con un largo fragmento de metal de algún tanque o avión estrellado. Con una ágil voltereta, Danae se apartó del recorrido de la lanza y se alejó del Ángel a toda velocidad, subió por los restos de un buque de condensación mientras destrozaba los cuerpos de tres cadáveres que intentaron cortarle el paso y saltó finalmente sobre la espalda del Ángel, donde trató de disparar a su nuca un denso caudal de proyectiles. Con los primeros espasmos de dolor, el monstruoso ser la arrojó al suelo. Una vez allí, un contundente golpe con su arma desgarró el chaleco de protección de Danae, provocando una lluvia de chispas y de sangre. Sintiendo cómo el dolor le penetraba las vísceras y llegaba hasta su espalda, Danae se encogió y retrocedió unos pasos, dejando caer la última arma que había usado. Un gorjeo grave y estertóreo atravesó sus tímpanos. El Ángel estaba riendo.
  Danae trató de sobreponerse al dolor y irguió, haciendo gala de toda la elegancia y decisión que podían traspasar la silueta de la armadura. El Ángel dejó de reir y la miró con una mezcla de odio y curiosidad asaltando su rostro deforme. Ese rostro se acercó a la máscara de Danae con lentitud, mientras repasaba con la vista su armadura y las armas colgadas a los hombros…

Fragmento [Apéndices] (Muere Capitalismo, Nace Monstruo)

  La lluvía caía, pesada y gris, sobre las aceras tóxicas y el asfalto agrietado. El viento que el huracán mandaba arrancaba las grandes planchas de hierro con las que los tenderos habían intentado proteger los escaparates vacíos. Los seis coches negros y blindados se adentraron en la seguridad del recibidor de Titán, la sede de Enertech. El recio portón de hierro se cerró tras ellos, devolviendo el silencio al lugar. Un joven oficial salió al encuentro de la treintena de hombres trajeados que salió de los automóviles y los condujo al interior del edificio. Entre ellos estaba el Intendente de Recursos de la Administración, el General Heinrich. Con una gabardina negra y larga, señalaba diferentes departamentos o plantas y mandaba allí a los soldados que esperaban sus órdenes en el colosal vestíbulo de Titán. Cuando se quedaron solos sus veinticuatro guardaespaldas y una docena de soldados, los mandó a todos a acompañarle al nivel más profundo de la torre, donde les esperaba el Presidente.
  Aquel hombre dolido, gacho y vulnerable, que espasmódicamente se recolocaba las finas gafas y apartaba los débiles mechones de pelo gris del rostro cansado no paraba de increparles y de disculparse a la vez. El Presidente, les intentaba explicar mientras se recolocaba con angustia la bata sobre sus hombros, no había dicho a nadie adónde había ido, a nadie. Heinrich se mostraba indiferente, si el Presidente se había ido, sabía ya a ciencia cierta que Enertech se había hundido en la sombra, que sus secretos iban a ser expoliados y que arrastraría a todo el sistema capitalista consigo. El Presidente no pretendería levantar de nuevo la empresa, no llevaría consigo un par de artefactos extraños ni secretos financieros importantes, porque para recuperar su poder tendría que levantar de nuevo todo el sistema. Ya no importaba el Presidente, se decía Heinrich mientras sus pasos firmes le llevaban a la más profunda cámara acorazada, mientras la voz rota del científico y sus ojos llorosos se iban alejando más y más, a sus espaldas. Dejó a los soldados registrando las cámaras contiguas a la central y a los guardaespaldas custiodando la entrada a la cámara. Todas las barreras de seguridad levantadas, todos los permisos confirmados, todos los accesos permitidos, todos los sistemas activados y la seguridad muerta. El portón de medio metro de espesor se abrió con un intenso rugido, poniendo ante Heinrich un espacio cúbico pequeño, de superficies pulidas y potente luz blanca. En el centro, una estructura, un altar, una estrecha columna de hormigón y titanio, sustentaba en lo alto un pequeño cilindro que despedía intensos destellos metálicos. Heinrich lo cogió con cuidado y lo desenroscó. Con extraños sonidos, despidiendo pequeñas brumas de vapor blanco, surgieron tres cápsulas iguales, de cristal y acero. Las abrió de una en una ampujando de una palanca en miniatura, dentro del cilindro. Las boquillas de las cápsulas se abrieron con un tintineo. Por último, giró el cilindro, vertiendo el contenido de las cápsulas en su mango enguantada. Sólo salió de una de ellas, una irrisoria gota. La sustancia, acomodada entre las rugosidades del cuero, despedía un brillo irisado y pulsante, que iluminaba el guante, sus ojos y su alma. No se dejó llevar por la sensación de bienestar que la gota, no más que una gota formada por el rocío, le estaba infundiendo. Como pudo, la hizo regresar a su cápsula, volvió a cerrarlas todas y después el cilindro. Se guardó el artefacto en un bolsillo interior de la gabardinay salió de la cámara acorazada.
  De la misma forma en que debía sentirse el Presidente al huir de Enertech, Heinrich volvió a su automóvil. Calmado, pero completamente convencido de que una sóla gota no salvaría al Pacto de la destrucción total. Por un segundo, llegó a dudar que, de haber encontrado las tres gotas, o incluso diez gotas, pudiese el Pacto sobrevivir al embate que sus numerosos enemigos planeaban.

Fragmento [Libro II] (Despertar)

  Vacío. El vacío se extendía hacia el infinito, hacia la inconmensurable nada como un manto infinito que cubriera todas las dimensiones que se puedieran concebir. No sabía, no conocía, no sentía. Era mentira. En el seno de su inconsciencia absoluta algo brotó de pronto. La semilla de la consciencia se dijo que algo había cambiado. La nada se abría rápida y lentamente dejando ver un universo frío, oscuro, dominado por la sombra, pero lleno, colmado. Se sentía bien, era lo primero que pensó. Con un cuentagotas metafísico, el conocimiento, el sentimiento, la memoria, fueron llenando a un ritmo difuso su pensamiento. A medida que su intelecto volvía de aquel lugar vacío y a la vez lleno, el mundo real y verdaderose iba abriendo ante él, cegándolo con su materia y su energía y su vida y su muerte. Con la fuerza de un rayo, la plena consciencia del paso del tiempo regresó, portando consigo la angustia de la memoria y la ira absoluta. De los más recónditos rincones del universo le llegó un grito de angustia infinita, de ira ígnea. Abrió los ojos. La luz golpeó el fondo de sus cuencas y el polvo suspendido en el aire volvió a descender a sus sucios huesos. Un puñado de huesos alzado sobre el suelo. Un brazo tendido hacia él, unos huesos que no reconocía como los de su esposa, pero que lo eran sin duda, se le acercaron con elegancia. Inconscientemente alzó su propio brazo para rozar esa mano a la que tanto había amado su anterior yo. Sus huesos se rozaron, provocando apenas un leve sonido. Veía y oía y sentía más que en vida a aquella mujer. Adivinaba las formas de su cadáver a través del ajado vestido, oía con satisfacción cómo sus costillas se movían, quejándose, siguiendo los movimientos de unos pulmones que aún no tenían. De los restos de su cuello oscuro y seco surgió un ronroneo ronco y terrible. Levántate, es la hora, le había susurrado la suave voz de su esposa. Gracias a la fuerza de unos músculos que no eran más que finas y quebradizas tiras de carne seca y polvorienta, se alzó de su propia tumba y sin dudarlo abrazó a su amada. Se separaron lentamente y salieron del pequeño panteón. Fuera le esperaba el mundo, la realidad, que les había separado para la eternidad. Ahora que estaban juntos, lo sabía, debían luchar para conseguir algo. Conseguir algo. No sabía qué. Ella tampoco, pero qué importaba. Había que luchar para conseguirlo.

[Libro Primero] (Bosque)

   De la densa calma de la oscuridad y el silencio comenzó a surgir
una difusa nube de luces y sonidos repartidos en el tiempo de forma
confusa. Sintió el tacto de unos dedos que le tomaban el pulso, también
el tambaleo del mundo a su alrededor cuando varios brazos lo movieron.
Tras la difusa secuencia de sucesos, se hizo de nuevo la oscuridad,
pero esta vez el rumor de su consciencia permaneció constante. Tiempo
después, despertó al fin.
  La reducida porción de realidad que veía y oía desde su estado de aturdimiento inicial dio un vuelco. Una ráfaga de luz roja y otra y otra. Una luz roja intermitente avisaba a los tripulantes del vehículo en que se encontraba de algún peligro. Olor a humo. Pronto lo vio. El humo, denso y gris, surgió de la nada e inundó sus pulmones con exagerada rabia. Momentos antes le había despertado una sacudida bestial. Era eso. Habían chocado con algo. La cuestión era quién había chocado con algo. Haciendo un gran esfuerzo, alzó su cabeza y recuperó la sensibilidad en sus miembros. Un extraño y ligero dispositivo unía sus muñecas con fuerza. Sus pies estaban libres. Se encontraba en el suelo de metal, en el rincón de un compartimento separado del resto del vehículo por una reja de acero. Junto a él, Jumiko se despertó de pronto, sobresaltada. Intentó decirle algo pero la confusión del momento le impidió formular palabra. Un hombre fornido y grave se acercó a la reja. Inconscientemente, Dominic relacionó todo su aspecto con la marcialidad del más modélico soldado que nunca hubiese podido ver en su vida anterior. El soldado, agobiado y con una sombra de miedo en su enjuto rostro, abrió deprisa la reja y estiró sus brazos hacia los prisioneros, instándoles a que salieran. Sin perder un sólo segundo, ambos se agarraron a sus gruesos brazos y salieron del lugar, tosiendo y trastabillando. Desde la cabina le llegó una voz clara y estridente, el piloto mencionaba una mina que había explotado por el camino desde la playa. Sorprendido al descubrir que estaban muy cerca de la playa en la que seguramente el módulo había acabado varando, Dominic no pudo evitar notar el extraño acento que usaba el piloto. Por cada diez palabras, Dominic desconocía una por completo. Atónito, intentando desgranar ese extraño nuevo dialecto, olvidó la urgencia de la situación.
  Otro soldado menos generoso, ataviado con un pesado traje de protección y una máscara antigas, se lo quitó de enmedio con una poderosa patada en el pecho. De repente, se vio fuera del vehículo, que había parado en algún momento anterior. Ninguna rueda, ninguna oruga, ningún mecanismo aparente arrastraba o deslizaba el vehículo por la tierra, pero no le dio importancia. El sonido de un extintor automático y el de un disparo se solaparon extrañamente. Dominic no supo lo que estaba pasando hasta que vio a los guerrilleros saliendo del denso bosque ante el que se encontraban. Portando variadas armas, pequeñas, grandes, rápidas o lentas, los bravos guerreros pronto rodearon el vehículo agonizante.

Hummmmmm arrggggg

(Otra Perspectiva)

  Pasado menos de un segundo, el eco de su propio grito le pareció por completo ajeno a él. Sobre sus cabezas, la aguda montaña señalaba el oscuro cielo cambiante. Elegantes y casi eterno, el mundo les contemplaba y esperaba. Teniam no podía esperar más. Como si la misma ira que emitió el grito volviese con el eco, reforzada por le negrura de las nubes, por la aspereza de la roca. Teniam se volvió hacia el General, con calma. Después, con el mismo silencio con el que las profundidades oceánicas masacran a las víctimas de un naufragio, llegó hasta él, con una mano lo arrastró por el cuello hasta una voluminosa roca que había en un rincón y lo estrelló en ella. Tras el crujido de las costillas rotas, tras el aullido de dolor, tras el alarido de ira, la espada se incrustó con facilidad en el cráneo. Una traza recta y roja apareció en el muro de piedra que tenía frente a sí. Creyendo estar ahora calmado, Teniam sacó la espada de la cabeza inerte. Mientras la enfundaba sucedió algo que debió haber previsto. Con un ímpetu monstruoso, con un salto inhumano, el General volvió en sí y se abalanzó sobre el cuello del Danya, arrancando los músculos grises del cuello. De un puñetazo, Teniam lo apartó de sí. El cadáver andante del General se estrelló de nuevo en la roca, acompañado otra vez del crujido de más huesos. Antes de que volviese a levantarse, Teniam se cernió sobre él, machacó su cráneo deforme contra la piedra maciza una y otra vez, arrancó con sus solas manos las costillas del hombre a través de su traje militar, desguazó sus entrañas, esparciéndolas por el suelo o revolviéndolas en sus cavidades. El ojo roto del General giraba violentamente en su órbita, tal vez intentando identificar a su asesino. Sus brazos se movían, erráticos, poseídos por algún patrón demoníaco e incierto; sus manos se aferraban a los huesos de Teniam y sus uñas trataban de deshilachar los músculos.
  Babeando y murmurando oscuros pensamientos, Teniam seguía maldiciendo la voluntad del traidor, imbuyéndole de una fuerza espectral, tan fría como ardiente. Cuando creyó haber terminado o cuando la ira decidió desaparecer de su mente, Teniam decidió separarse instantáneamente del grotesco espectáculo. Ante él, los irreconocibles miembros de lo que antes fue un humano vibraban, convulsos, buscando una realidad a la que aferrarse. En la caja torácida una sombra difusa y densa se arropó con los órganos del difunto, reparando sólo a medias sus tejidos y huesos, recolocando de una forma cruel y macabra las vísceras y la carne. Tras unos segundos, el recién nacido consiguió hacerse con el control de sus miembros y ponerse en pie. Restos del uniforme asomaban aquí y allá, entre fragmentos de piel negra y músculo recio. Con un murmullo ronco y grave, el ser comenzó a respirar el gélido aire del mundo. Aterrorizado a la vez que satisfecho por su obra, Teniam se apartó de ella, recolocó sus ropajes y miró hacia lo alto de la escalinata, desde donde un general lo contemplaba atónito. Despertando de una ensoñación extraña, Teniam advirtió que llevaba ahí cierto tiempo, intentando indicarle que el momento había llegado. Con un gesto, Teniam hizo que se apartara de nuevo. Con otro gesto, esta vez de voluntad, mandó al nuevo Ángel Negro que se marchara hacia el frente. Cuando se vio solo al fin, respiró aliviado.
  Un instante tan sólo, de soledad compartida con la oscuridad. Un instante tan sólo era lo que necesitaba.
  Se volvió hacia la dinámica y caótica masa de nubes que sobrevolaba la montaña. Con cierto esfuerzo, consiguió dejar de ver la enorme y elegante roca negra, la voluminosa forma espectral que llevaba el agua de un lado a otro del cansado mundo. Dirigiendo los ojos más allá, Teniam pudo contemplar al fin la infinita e inmensa oscuridad que dominaba toda la realidad que se extendía entre su pútrido rostro y las más misteriosas regiones al límite del espacio y del tiempo. De nuevo, contactó con aquella titánica presencia, con aquel secreto flujo que ansiaba una pronta victoria. El flujo se le antojó ahora un latido constante, continuo, al que ningún fenómeno conocido por los mortales podría afectar, algo más allá de toda especulación. Firme y poderoso, el latido de pronto calló. Ahora la verdadera oscuridad, no representada en nada sino consecuencia de la ausencia absoluta, se le presentó ante los ojos con una fuerza que le heló la consciencia. Comparada con aquella verdadera oscuridad, nada de lo que había sentido en su larga existencia podía ser denominado terrorífico o terrible. Angustiado, sintiendo que su propia existencia se veía amenazada por aquel vacío que repudiaba incluso la existencia de la oscuridad misma, Teniam huyó al mundo que conocía, el mundo en que se libraba una guerra que debía ganar. Aún sintiendo como un pedazo informe de esa gélida ausencia absoluta había venido con él, congelando el ritmo de sus pensamientos, Teniam recuperó el control de sus miembros y sus sentidos. Durante un segundo de extrema lucidez, se preguntó si acaso esa innegable ausencia total no significaría la liberación, la liberación de toda idea, forma de pensamiento, concepto. Preguntándose si acaso esa ausencia total no significaba la vacuidad que caracterizaban a la oscuridad, a la luz, al bien, al mal, a la perfección, a la vida y a la muerte en realidad.
  Después de ese segundo de duda, Teniam decidió olvidar todo el asunto, olvidar la presencia de la ausencia, olvidar la remota pero ya asumida posibilidad de que ninguna conciencia jamás en ningún universo sea capaz de ostentar el conocimiento último de toda la realidad. Mientras se esforzaba por borrar de su memoria el incidente, por enterrar en su apreciada oscuridad la experiencia recibida por subir demasiado la mirada, Teniam sacó de entre sus ropajes la máscara plateada. Se la colocó con cuidado sobre el rostro consumido y gris, pero ahora más humano. Con gravedad, subió la escalinata y se preparó para dar comienzo a la marcha que decidiría el destino de la Humanidad.

[Libro Primero] (Gusano)

  El absoluto silencio precedió a un ruido cercano y ronco.
  Los latidos lo sacaron de la inconsciencia, su respiración forzada le reveló el dolor de su pecho.
  Lo había conseguido.
  Empleando toda la fuerza de voluntad que su conciencia le permitía reunir consiguió, en primer lugar, situarse en un lugar frío y oscuro, en segundo lugar recobrar la sensibilidad en sus doloridos miembros, que despertaban al mismo ritmo que su consciencia.
  Lo había conseguido.
  Pero no recordaba qué.

  El frío le provocó unos temblores tan terribles que se vio atraído de nuevo al suelo. Rápidamente, se hizo a la idea de su situación. Sin memoria, sin luz que le iluminase camino alguno.
  -Lo he conseguido -fue lo primero que dijo. Lo dijo porque necesitaba escucharse, demostrarse que estaba vivo. Y porque lo había conseguido.
  Tras escuchar su voz modulada y segura, comenzó a escuchar también todos los sonidos que se amontonaban a su alrededor, en capas superpuestas de densa información indescifrable. Incapaz de asimilar la información que recibía, insistió en levantarse de nuevo y tantear los muros que se echaban sobre él cuando les tendía las manos frías. Sus pies desconocidos le mantenían dificilmente en pie, pero decidió también avanzar, confirmando que se encontraba en un pasillo. Estaba en un pasillo, ¿pero qué había conseguido? Sus dedos rozaron toda la superficie de los muros metálicos que pudieron, hasta que el frío se le incrustó en su consciencia. Instintivamente, pretendió darse calor frotándose los brazos y los costados. Entonces advirtió que llevaba puesta una prenda larga abierta por la espalda. Era una bata, seguramente blanca, utilizada por los científicos. Era un gran avance. Ahora sabía que sabía qué era una bata de laboratorio, sabía que sabía qué era un pasillo y cómo era su cuerpo, pero no sabía dónde estaba ni quién era. Ni qué había conseguido.
  Lentamente, con cierta seguridad acerca de lo que iba a encontrar, se pasó una mano temblorosa por la cabeza y notó al instante un tacto húmedo. Acercó los dedos mojados a la nariz e inspiró el agradable olor de la sangre. Era lo único que había sentido desde que había despertado, lo único que había sentido en su vida, en realidad. Ahora firme, avanzó por el pasillo a un paso lento y titubeante. Sus pies temblorosos no se decidían a sucederse uno tras otro en lógico orden. La misma estabilidad del mundo dudaba ahora. Un crujido inmenso cruzó el espectro de sus sentidos y su cuerpo se vino abajo de nuevo. Ahora pudo levantarse de un rápido salto y continuar avanzando de inmediato. El pasillo se había inclinado. Todo cuanto conocía por ahora era inestable, precariamente firme. Al menos la oscuridad, la ignorancia, el frío, el dolor, seguían presentes, eran ya una constante, su constante. Y lo agradecía.
  Una pared. Sus dedos alcanzaron, al fin, una pared. Tardó unos segundos más en constatar que se encontraba en un punto en que tres paredes se encontraban. Era el fondo del pasillo.
  Otro crujido inmenso se sumó a su breve lista de experiencias. De nuevo, el mundo se bamboleó, ahora más intensamente. Una nueva oleada de extraños ruidos, ajenos a su lenguaje, llegó acompañada del brusco cambio de sus constantes particulares. Las paredes, el techo y el suelo se fusionaron en la misma masa caótica de conceptos inservibles, su cuerpo dio a parar a un nuevo suelo, el frío fue reemplazado por el calor y el más intenso dolor que le provocaron los golpes. Después, el vacío.
  Durante un instante, ninguna parte de su cuerpo tocaba materia alguna, aparte de la bata blanca de laboratorio. Pero no era el vacío. No sabía cómo se llamaba, ni dónde estaba, ni qué había conseguido, pero sabía que se encontraba en un entorno en gravedad cero. Un poderoso aluvión de preguntas llenaron su mente. Tenía la esperanza de que hubiese algo, pero lo poco que había visto había desaparecido en un segundo. Tenía la esperanza de saber de dónde venía esa bata impecable que llevaba, quería ver la mancha de sangre que había dejado al golpearse la cabeza, quería saber. Se hizo a la idea, simplemente, de que la vida era eso. Era flotar en un pasillo oscuro, privado de conocimientos, salvo el lejano tacto del metal, sabor del frío, olor de la sangre. Flotando en la negrura, rodeado de insondables oscuridades rellenas de extraños ruidos amortiguados, hasta que una presencia fría y firme rozó su brazo. Esperanzado y casi aterrorizado, tendió sus manos hacia esa presencia. Sus dedos se apoyaron en el metal y lo recorrieron con tanta fuerza que pareciera que fuera a desgarrarse. Un torrente de luz, tan inmenso que ocupaba todo el Universo. Tan denso que atravesó su cuerpo. Con el impulso de un brazo y el corazón golpeando las costillas, se volvió para encararse a lo que seguramente era el Dios Creador de aquel Universo suyo.
  De entre todos los sonidos que habían conformado las lejanas cúpulas de la realidad inmaterial, uno ascendió hasta su conciencia, y creyó con toda la fuerza de su creencia que era la voz del pasillo incrustada en su consciencia, pero al segundo la reconoció como la voz de una mujer a la que conocía desde hacía mucho. Ahora, del mapa inmenso de la realidad, conocía una larga y compleja línea costera tan sólo, pero era lo suficiente para desterrar todo lo irreal e ilusorio que se había apoderado de su mente. Ahora conocía y a la vez desconocía cuál era la naturaleza de todo. Una seguridad afloró a su consciencia con la fuerza de la luz que le había despertado al fin, era un pensamiento que le acompañaría a lo largo de toda su larga vida, fuera lo que fuese que tuviera que recordar, lo abaría recordando. Era ahora un camino cuesta abajo, que debía recorrer con algún que otro esfuerzo, pero que terminaría de recorrer algún día. Tenía la seguridad de ello, al igual que sabía que la mujer que tenía frente a sí era la dueña de la voz y que era la hora de salir de su mundo frío e inerte.
  Se sorprendió recorriendo los ardientes y gélidos, oscuros y fulgurosos, terroríficos pasillos de la nave espacial en la que, no muchas horas antes, se había embarcado esperando permanecer durante casi cuatro años. Jumiko. Así se llamaba la nueva entidad creadora de la realidad que conocía. A medida que Jumiko le fue recordando todo lo imprescindible para que se apagasen los furiosos fuegos de la curiosidad de un amnésico, iba olvidando sus palabras concretas. No sabía ahora cómo le había hablado Jumiko, qué palabras estaba utilizando, o en qué lengua se las transmitía, pero sabía lo que significaban, e imprimía su contenido en la tabula rasa que era su memoria. A la vez, como pudo constatar mucho tiempo después, Jumiko lo fue salvando de los peligros que inundaban la agonizante estructura de metal chirriante. Le contó al menos una vez qué había ocurrido exactamente en aquel lugar, pero su consciencia no pudo descrifrar correctamente los datos, o estos eran inconclusos. Al fin, Jumiko lo había conseguido. Habían llegado al lugar que se había fijado como objetivo.
  Durante un solo instante, se preguntó si más allá de ese punto no se encontraría el final de su vida, pero se sorprendió respondiéndose en voz alta.
  -Huir.
  -Eso haremos -dijo Jumiko-. Tenemos que hacerlo, Dominic. Aquí moriremos.
  Había mencionado su nombre varias veces, pero fue en ese momento cuando caló en su cerebro y se instaló al fin en su endeble memoria. Se encontraban suspendidos en el aire frío de una sala alargada. A ambos lados una serie de artefactos voluminosos abiertos y receptivos. Se subieron al más cercano, ocuparon sus dos asientos y Jumiko cogió los mandos. Tras presionar unos cuantos interruptores y teclear algo en una consola, el aparato cerró la portezuela y se presurizó. Por la expresión de Jumiko, Dominic pudo averiguar que estaba segura de lo que estaba haciendo, pero estaba asustada. Se asustó al comprobar que él no lo estaba. Pocos segundos más tarde, el módulo de escape comenzó a adentrarse en un oscuro tubo que tenía a la espalda. Una escotilla blindada se cerró ante ellos y se hizo la oscuridad, rota tan sólo por el brillo de las luces de la consola. Otra capa blindada, perteneciente al módulo mismo, se cerró dejando tan sólo un pequeño hueco por el que atisbar la oscuridad exterior. Otra corta secuencia de teclas presionadas y una gran aceleración expulsó al módulo y lo introdujo en una oscuridad más inmensa.

  El espectáculo, terrible y hermoso a la vez, ocupaba ahora todo su estrecho campo de visión. La Prometheus se desintegraba a gran velocidad, liberando gases y oleadas de fuego que se expandían por el vacío sin control. Junto a la nave, el experimento fallido de la mayor empresa tecnológica que la Humanidad había visto nacer comenzaba a mutar en una forma más bella y terrible aún. Los restos del Celeritas II fueron los primeros en caer al agujero de luz y oscuridad que dominaba la escena. Un pequeño cúmulo de esferas negras rodeadas de incandescentes gases púrpuras y azulados estaba ahora reclamando la Prometheus para sí. En menos de un minuto, la nave había desaparecido, engullida por el precioso monstruo, que seguía absorviendo materia mientras derramaba aquel gas inmaterial y brillante. Jumiko gritaba palabras o frases que Dominic, maravillado con el espectáculo, no podía escuchar. A pesar de todas las maniobras que Jumiko intentó, el módulo, junto con el resto de módulos que habían salido antes y después de la Prometheus, todos ellos ocupados por personas a las que Dominic no conocería ni conoció jamás, cayó dentro de la informe masa negra que era ahora el monstruo. De nuevo, toda luz desapareció, dejando que la oscuridad ocupara su lugar. Todo rastro de calor se desvaneció, dejando tras de sí el frío que dominaba ya la gran inmensidad del universo. También entonces dijo algo Jumiko, seguramente serio y trascendente. Dominic no lo recordó más tarde, pero sí supo que era ciertamente serio y trascendente, y que fue lo último que olvidaría mientras viviese.

  Olas.
  El sonido reconfortante y cálido de las olas meciendo el mundo. Su mundo. Pasó una eternidad. Pasó un segundo.
  La oscuridad se abrió para dejar paso el profundo azul del fondo marino. La Tierra, desde aquella altura, no era más que eso, azul. La inmensidad azul que ocupaba todo su pensamiento, toda su visión. Fue vagamente consciente del efecto de la gravedad sobre sus doloridos músculos, del dolor que tanta luz reflejada por las limpias nubes cristalinas le causaba en sus ojos. Su visión no cambió. Hasta que se estrellaron en la durísima superficie del agua de algún inmenso océano, todo lo que veía era el azul. Después, la oscuridad, de nuevo.

Fragmento [Libro Cuarto]

  Un viento poderoso e inclemente arrastraba el humo, el polvo y los alaridos de las batallas que sacudían el mundo. La luz solar ya se había perdido entre la densa capa de nubes oscuras que cubrían todo. Un frío penetrante y mortal lo inundaba todo como un mar invisible de desesperanza. Vivos, muertos, máquinas sin alma, extraños espectros, seres de otros universos y poderosos entes se descuartizaban y aniquilaban mutuamente. Desde todos los puntos del espacio surgían y desaparecían, espontáneamente, ingentes cantidades de pequeños seres o máquinas asesinos y siniestros, o titánicas astronaves ardientes y oscuras. A medida que el frío, la oscuridad, la sangre, el polvo, anegaban el mundo, los corazones de los humanos se encogían y se congelaban. Débiles seres conscientes atrapados en el seno de una guerra incomprensible, letal y omnipresente. Tarde, como es su costumbre, comenzaron a caer en la cuenta de cuán patética era toda forma de guerra, por impresionante que fuera su magnitud o puras las razones que la causaran, porque no era ésta una fundada en razones más sólidas que las que causaran cualquiera de las guerras que sacudieran la Humanidad.

  El silencio se le hizo casi tan pesado como la visión que el mundo le ofrecía en ese momento. En el punto álgido de su conciencia, Kana pudo observar cómo la oscuridad engullía todo rastro de luz, cómo el Caos aniquilaba todo rastro de razón u orden. Sus decisiones habían, al fin, culminado en una guerra interuniversal. Al fin, la Humanidad conseguía comprender su propia naturaleza. Ahora todos y cada uno de los hombres y mujeres que no se encontraran en ese universo eran plenamente conscientes de todo lo que eran, de todo lo que les rodeaba. De todo lo que fue y sería. Y siendo ahora conscientes, comprendieron también que la Humanidad agonizaba. Los últimos latidos del corazón de su Conciencia sobrepasaban todas las barreras. Kana podía oír los latidos, los estertores, por encima de los aullidos de los Entes que se acoplaban al alarido del viento, por encima del ruido de las innumerables explosiones, de los desgarramientos de las rocas y del rugido provocado por la ruptura del tejido mismo del universo. Kana era consciente ahora de que lo había conseguido. Se había propuesto llevar a la Humanidad a un estado superior. Se había propuesto aunar los humanos a su Conciencia, alzarlos para que pudiesen ver todo lo que ella podía ver, para que contemplasen la vasta realidad que se había tendido ante ellos.

  Lo había conseguido.

  Con total calma, las palabras de Teniam le advertían de que los caminos que la Humanidad podría seguir pertenecían al azar, que cualquier decisión podría terminar en desastre o en éxito, que en último término no importaba la intencion, ni los caminos, si no el punto final, dependiente de todas las variables que el Multiverso ofrecía. Herón le había comunicado, oscura pero repetidamente, el mismo mensaje. Al Multiverso no le importaba las justificaciones, a la Humanidad tampoco. El fin justifica los medios. Pero para Kana no era así, ella no había podido contemplar el rostro de la Humanidad y a la vez creer que la Voluntad no podría llevarla a hacer lo que se propusiera con los humanos. Se había equivocado.

  Fulgurantes y demasiado brillantes, extraños chorros de algún tipo de materia aparecían momentáneamente en cualquier punto del vacío. El viento, poco a poco, desapareció. Frío, oscuridad, era todo lo que podían sentir. En medio de la última gran Guerra, en el seno de la Guerra, hombres, mujeres, niños, ancianos, asumieron que ninguno de ellos viviría para ver salir el Sol una vez más. El Sol mismo se estaba desintegrando, expulsando violentas emanaciones de plasma candente, que caía inexorablemente en los negros desgarramientos que pululaban a su alrededor. Cientos de entes de este tipo rodeaban el Sol y todos los astros, desintegrando la materia, enguyendo la energía, desgarrando el Tejido y acelerando la Muerte.

  El Árbol, altísimo, elegante y centelleante, se estaba quebrando. Bajo él, el Libro y el Portal eran lo único que permanecían intactos. En todas las ciudades del mundo, los rascacielos, los reactores, y en todos los lugares los árboles, las rocas, los animels, se desintegraban y su polvo se unía a la gran nube dispersa y gris que estaba reemplazando al planeta y a todos los astros. Sobre ellos, a todo lo largo y lo ancho del universo, las hordas de todos los bandos se disputaban la posibilidad de aniquilar las estrellas, las formas de vida, los mundos. Todos los restos de materia, todo ápice de energía, era devorado por una máquina, por un ser de alma negra, por un Ente hambriento y vil.

  Los últimos bastiones de la Humanidad cayeron con facilidad ante la horda carroñera, ante las masas devoradoras de mundos. Estos seres intentaron incluso penetrar en la conciencia de sus víctimas para alimentarse de esa finita pero titánica fuente de energía, en vano. Descuartizaban sus cuerpos, devoraban sus huesos, sus músculos, su piel y sus órganos les servía de momentáneo atuendo de guerra o de arma ante las otras hordas, pero no les bastaba. Siguieron intentando penetrar en la Conciencia mientras escuchaban los penosos y retorcidos latidos últimos. Ak, a cuyo seno iba gran parte de la energía y materia que se devoraba en esos momentos, creció y creció hasta ocupar un espacio inmenso. Su presencia negra y gélida se iba haciendo mayor a medida que grandes cantidades de máquinas se aniquilaban entre sí o a sí mismas y los Entes se dispersaban y desaparecían del agonizante universo. Dejado a su suerte, exhalando débiles pulsos de energía y pequeñas nubes de materia informe, el universo comenzó a desgarrarse sin remedio por todos los puntos. Ak, utilizando su inmenso poder, se contrajo sobre sí mismo y desapareció lentamente. El tiempo se ralentizó hasta que, al fin, se congeló. Todo rastro de materia y todo hado de energía desaparecieron en la inmensidad del vacío, o penetraron en algunas de las innumerables fisuras que surcaban el vacío infinito.

  Kana descansó. Lo había conseguido.

  El último latido de la Conciencia de la Humanidad precedió al absoluto silencio.

 

FIN

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